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El dinero del Diablo

 

 

 

 

 

 Adriana Cortés Koloffon / Revista Siempre!

 

En El dinero del Diablo (finalista del Premio Iberoamericano Planeta-Casa de América de Narrativa, 2009), una serie de asesinatos perpetrados en las recámaras del Vaticano, sin aparente vinculación, oculta sus razones en un lejano pasado. Las respuestas podrían esconderse en las intrigas palaciegas de 1929 cuando crece el poder de la Santa Sede a la sombra de Mussolini y Hitler, y en las extrañas circunstancias del final de Pío XI y su sucesión por Pío XII. En esta novela, Pedro Ángel Palou se vale de las técnicas cinematográficas de Godard y de Vitorio de Sica para lograr un efecto de agilidad en la prosa que avanza con un ritmo vertiginoso. Los diálogos entre los personajes se intercalan con la voz de un narrador omnisciente que arroja luz sobre ellos cuando refiere los hechos sucedidos en 1929, cuando finalizaba una época de carencia y privación para el papado. Mussolini había decidido pactar con el Vaticano.

Actualmente 20 archivistas trabajan en más de 15 mil lotes referentes al Papado de Pío XII con la finalidad de que en cinco años se abran los archivos vinculados con Eugenio Pacelli (Pío XII); se pretende, así, exonerarlo del silencio que guardó ante el Holocausto. Muchos libros abordan su relación con Mussolini y Hitler. Esta novela de Palou es uno de ellos.

—Usted ha tratado el tema del poder en sus libros anteriores. ¿Por qué, en esta novela, el tema del poder del Estado y la Iglesia?

—El poder fascina a los narradores porque en él y en sus fastos se conjugan sentimientos terribles: la ambición, la traición, el dinero. La Iglesia debería ser el administrador del “bien” y aquí se muestran sus alianzas con el mal. No es cualquier Iglesia, es la Iglesia más poderosa recuperando, gracias a un pragmático como Pacelli [Pío XII] su esplendor. Los hombres, en el Vaticano, dedican buena parte del tiempo a conspirar. Por eso un Pacelli espía fascina doblemente.

—Acabo de leer una nota periodística sobre los Archivos secretos del Vaticano que se abrirán en cinco años para mostrar que Pío XII, uno de los protagonistas en su novela, fue inocente ante el Holocausto. ¿Qué archivos y fuentes consultó para escribir la novela? 

—Empecé en la Biblioteca Apostólica, en el Archivo Vaticano y en Columbia, en Nueva York. También en el Instituto para los crímenes de Guerra de Haifa. A la mitad de mi investigación se clausuraron los archivos. Yo creo que fue por un libro de Susan Zucotti, Under his very windows. Se trata de ocultar el verdadero rostro de Pío XII y beatificarlo antes del año 2014.

—¿Qué tan difícil fue construir el personaje de Eugenio Pacelli (Pío XII)?

—Tuve que investigar mucho, por supuesto. Pero algo fundamental porque se trata de un asunto técnico es el tema de los diálogos: hacer creíble a Pacelli y que no parezca un villano, mostrarlo en sus contradicciones y en sus ambigüedades. En su frialdad, en su asco por el contacto humano.

—Creo que es una novela muy ágil, parecida a un guión cinematográfico, ¿piensa llevarla al cine? ¿Qué cineastas han influido en su obra narrativa?

—Me encantaría. En esta novela, en particular está Godard y el jump cut. Pero también la atmósfera opresiva de Passolini, es como si las escenas históricas las hubiera escrito pensando en un guión del neorrealismo italiano. Un Vitorio de Sica.

—¿Reconoce coincidencias con La paz de los sepulcros de Jorge Volpi, en cuanto al género policiaco?

—No, para nada. Son novelas absolutamente distintas. En La paz de los sepulcros Jorge intentó un apocalipsis futuro —en ese momento— que fue un buen diagnóstico de la violencia actual de México, yo me sumerjo en el pasado infernal con otras técnicas que vienen más de la novela de espionaje y de Umberto Eco.

—¿Hasta qué punto abrevan algunos de sus libros en Morirás lejos de José Emilio Pacheco?

—Siempre he homenajeado esa novela que es un portento de la literatura mexicana. Siempre he dicho que José Emilio Pacheco y la generación del medio siglo son los antecedentes de nuestro interés en el nazismo. Elizondo, García Ponce, también.

—¿Por qué su interés por el tema del mal?

—Como decía al principio: el mal es consustancial al hombre, lo negamos pero está allí. No es la otra cara de nada: es nuestra naturaleza. Explorarlo es vernos.

—¿Realmente existió el laboratorio de reproducción de seres humanos, de la máquina de hacer personas al gusto, del que habla en El dinero del diablo?

—Sí, aunque parezca incredible. Ya había investigado sobre él para Malheridos.

—¿Consultó información por Internet? Para escribir Malheridos recuerdo que hizo un ciberviaje para escribir la novela. ¿Qué tanto utiliza las nuevas tecnologías para narrar una historia?

—Poco en Internet, porque aquí poca información en la red es confiable y, además, no lleva a otras pistas. Es mejor preguntar. Lo oral fue tan fundamental como el archivo aquí.

—¿Qué posibilidades narrativas le ofrecen los textos bíblicos de los profetas que incorpora en algunos momentos de El dinero del Diablo?

—Aquí sólo son claves policiacas. En la que estoy escribiendo, sobre todo los evangelios apócrifos y los rollos del mar muerto serán centrales.

—¿Quién eligió el título y la portada del libro? ¿Se pretende, mediante ella, dar un golpe comercial?

—El título lo tenía desde el principio, es la frase que pronuncia Achille Ratti al ver la calva de Mussolini. La portada en España para todas las ediciones simultáneas. Había tres propuestas y la que más le gustó al escritor no fue la que más le gustó al editor, ni hablar.