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Factores Transitorios y Estructurales en la Explosion de Precios

SANTIAGO DE CHILE,  (IPS) .-   El deterioro de los términos de intercambio es uno de los dientes del engranaje histórico del subdesarrollo, fenómeno que no caracteriza una etapa del desarrollo, sino una forma específica y distorsionada de inserción de las economías periféricas en el sistema capitalista mundial.

Por José Graziano da Silva (*)

Relaciones coloniales fuertemente estructuradas en torno a la exportación de productos primarios modelaron originalmente ese rasgo característico de la mayoría de las economías surgidas en la periferia del sistema internacional. En el siglo XXI, algunas de ellas exhiben un margen de mayor control gracias a la expansión de la base industrial en evolución. Algunas excepciones sólo reafirman la regla latinoamericana y caribeña en la cual predominan patrones internos de difusión de la riqueza mayoritariamente circunscritos a núcleos exportadores minerales o agrícolas. Se trata de un corolario de concentración de renta en sistemas productivos que se mantienen vinculados a los humores pendulares del comercio mundial de materias primas.
 
La trayectoria de América Latina y el Caribe está marcada por ciclos tan intensos cuanto efímeros, como aquellos de la plata, del oro, del azúcar y del café, para citar algunos ejemplos del pasado, al lado de los actuales de la soya, del mineral de hierro y del cobre. La naturaleza cíclica es el hilo conductor que los persigue, dejando en evidencia la persistencia de patrones de intercambio que transfieren al exterior las capacidades de tomar decisiones relativas al desarrollo.
 
La repetición de las pérdidas resultantes de ese patrón comercial fue analizada originalmente en la década de los 50, en los inicios de la Comisión Económica para América Latina (Cepal), por el argentino Raúl Prebisch, y posteriormente estudiadas por el brasileño Celso Furtado, quien explicó detalladamente las limitaciones estructurales reproducidas por ese modelo que perpetúa condiciones de subordinación económica y política a lo largo de la historia latinoamericana y caribeña.
 
En los últimos cinco años, la explosión de los precios de las materias primas abrió una tendencia al alza en uno de los dientes de ese engranaje, sin embargo aún insuficiente para alterar la lógica del conjunto dado a conocer por Furtado.
 
Desde 2003, según el índice del Commodity Research Bureau (CRB), el promedio de los precios de 24 productos primarios agrícolas registró un alza de 50% de sus cotizaciones mundiales. Sin embargo, al ampliar el campo de observación a un intervalo mayor, entre 1974 y 2004, la revista The Economist constató un retroceso acumulado de un 75% para esos productos. O sea, apenas una parte de las pérdidas fue recuperada.
 
Es importante evaluar año a año los factores que impulsaron el alza reciente de los precios, de modo que se pueda distinguir aquellos de naturaleza estructural de otros de corte especulativo. En ese ejercicio podemos identificar tres momentos distintos.
 
Entre 2002 y 2004 hubo un aumento en el consumo de alimentos de más valor proteico – principalmente carne y lácteos – por parte de poblaciones pobres en países en desarrollo, entre ellos, China, India y Brasil. Prácticamente en el mismo momento, los Estados Unidos aumentaron, de forma explosiva, su previsión de consumo de etanol, influenciando así la demanda del maíz.
 
Si ese período fue marcado por el crecimiento de la demanda, el siguiente reflejó una cierta escasez en la oferta. Entre 2004 y 2006 ocurrieron significativas pérdidas en la producción mundial de cereales debido a fenómenos climáticos, como sequías en China y Australia y huracanes en América Central y el Caribe. Eso comprimió las reservas mundiales de cereales en un momento de crecimiento del consumo.
 
A partir del 2007 es básicamente el componente especulativo el que influye en el alza continuada de los precios: enfrentados con las incertidumbres económicas, muchos inversionistas buscaron refugio rentable en los fondos de commodities – agrícolas y no agrícolas.
 
Por lo tanto, dos elementos caracterizan el actual ciclo de flotación de precios: el peso del componente financiero y la naturaleza inédita de una demanda que resulta de la expansión de consumo en países pobres. La primera característica es transitoria, mientras la segunda puede resultar en un cambio estructural en el flujo y en la intensidad del comercio de los alimentos y de las materias primas.
 
Son dinámicas en curso, pero algunas lecciones ya pueden ser extraídas de esos movimientos. La primera reafirma los riesgos implícitos en la dependencia de las exportaciones de bienes primarios, como ya advertían Prebisch y Furtado hace décadas. La segunda destaca la necesidad de contrapesos de política económica para ampliar el abanico de productores beneficiados por ciclos de aumento de la demanda de alimentos. El fortalecimiento de los pequeños agricultores y de asentamientos organizados en cooperativas, por ejemplo, ampliaría el circuito de la riqueza proporcionando una mayor posibilidad de crecimiento sustentable.
 
En ese sentido, es oportuno recordar que la mitad de los más de 70 millones de indigentes de América Latina y el Caribe viven en áreas rurales. Para ellos, el alza de los precios es una oportunidad de superar la pobreza, siempre que, más allá de las tradicionales políticas de crédito y asistencia técnica, tengan garantías de mercado para sus productos. Eso se puede hacer, por ejemplo, a través de la compra por parte del gobierno de su producción para formar reservas y para alimentación escolar.
 
El balance preliminar de la actual crisis recomienda una autocrítica de las tesis neomalthusianas que atribuyeron a la agroenergía la principal responsabilidad por los saltos en las cotizaciones de las commodities, de esa manera minimizando el componente fuertemente especulativo – reconocido ahora el por propio gobierno estadounidense al proponer una actuación conjunta de la Commodity Futures Trading Commission (que fiscaliza los mercados futuros de esos productos) con la Security Exchange Commission (que regula los activos financieros).

La agroenergía, al contrario, emerge de la actual crisis financiera como un puerto seguro de consistencia real y de continuidad estratégica. Por más que la demanda mundial por commodities decline en el corto plazo, el desafío de reconstruir la matriz energética del siglo XXI está apenas empezando. La agroenergía puede ayudar a sustentar la expansión de los países pobres inaugurando una nueva dinámica de independencia comercial – con la industrialización de las plantaciones para la producción de combustibles y así crear puentes entre la agricultura familiar y un sector de punta de la economía mundial que vino para quedarse. (FIN/COPYRIGHT IPS)
 
 (*) José Graziano da Silva, Representante Regional de la FAO para América Latina y el Caribe.