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Felicidades a los privilegiados

 

 

 

 

 

 

Carlos Jiménez Macías / Revista Siempre!

 

 

Ya pueden felicitarse los privilegiados del país. Ellos sí han ganado su lucha contra la pobreza: exenciones de impuestos por aquí, prebendas por allá, tráfico de influencias más allá. Han prosperado al amparo de un enorme favoritismo que les permitió navegar sin riesgo en un mar de pobreza. 

¿Cuál es entonces el sentido del paquete fiscal que se entregó a la Cámara de Diputados en días pasados? Pasemos por alto la descortesía de entregarlo majestuosamente en un solo ejemplar. ¿Pero de quién fue la absurda idea de titular el más evidente de los nuevos impuestos como Contribución para el combate a la pobreza? Si su intención era hacer burla con un sarcasmo, lo ha logrado plenamente. 

El presidente Felipe Calderón, que no hace mucho aseguraba en Los Pinos su convicción de emprender un “cambio substancial en el manejo de las finanzas públicas con los costos y los riesgos que esto implica”, ha hecho llegar al Congreso una propuesta que es según sus palabras “un ajuste drástico y sin precedentes en el ejercicio del gasto público”. 

Nada de eso. Tomó el camino fácil de golpear a los causantes cautivos, de imponer un impuesto, un IVA mal disfrazado a la mayoría por desgracia creciente, de una población que se debate en el sector de la pobreza, la marginación y la injusticia. Absurda paradoja, los pobres tendrán que pagar para escapar de la pobreza; deberán afrontar aumentos en todo, incluidos alimentos, medicinas y alguna pequeña distracción que les permita escapar temporalmente al triste destino en que se ven confinados. Las puertas grandes de la inflación están, en consecuencia, abiertas; mientras, se verá restringido severamente el consumo y, por lo tanto, la producción.

En cambio, no encontramos referencia alguna a medidas serias y contundentes para combatir la evasión fiscal; ninguna medida sensata para paliar en lo posible la lacra del contrabando; vacío absoluto en lo referente a la eliminación de los privilegios a las clases acomodadas, a las que ven con tranquilidad la tempestad que se avecina.

No vemos siquiera recorte substancial a los gastos estratosféricos de la alta burocracia; mucho menos al gasto fiscal estimado en 500 mil millones de pesos que se escurren en exenciones y prebendas. Vaya, quedan intactos los beneficios fiscales y vicios, en este caso no ocultos, del aparato tributario.

No quisiera pensar que se trata de una acción deliberada para esconder la ineficacia de la política hacendaria en una iniciativa a todas luces absurda e impopular, que seguramente será rechazada por todos los grupos parlamentarios, incluidos algunos legisladores de pensamiento libre en el PAN. El Ejecutivo culpará al Congreso de obstaculizar sus acciones de gobierno, de poner trabas a una política descalificada de antemano por el repudio generalizado de la opinión pública.

Es cierto que un documento tan importante, impreso en un enorme volumen de muchas páginas, debe ser objeto de una revisión detallada y madura. No queremos parecer una fuerza política que se opone al rescate de la nación, sino una fracción partidista que promueva la recuperación del país. Pero no será a costa de seguir lastimando a la de por sí muy deteriorada economía mexicana. No será aplicando medidas sin ningún criterio social, ni obligando a los eternos sacrificados a nuevos sacrificios. Estaremos sin duda en contra de todo aquello que lesione a la equidad, la justicia y el sentido común. 

En suma, urge una gran reforma hacendaria que fortalezca la base gravable, que combata una serie de vicios que persisten y entraban cualquier avance en la materia; que logre al fin consolidar un sistema tributario que permita establecer una política eficaz de lucha contra la pobreza y, por qué no, una acción deliberada hacia una economía de bienestar…

 

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