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Lo que faltaba: un gobierno aturdido

 

La crisis financiera norteamericana ha significado la gran derrota de los dogmas económicos prevalecientes en los últimos treinta años. Todos los gobiernos habrán de hacer grandes rectificaciones en sus criterios económicos.

Editorial Revista Siempre!

 

Hace casi ochenta años, los ajustes del New Deal de Franklin D. Roosevelt salvaron al mercado financiero de sus excesos y sus errores. Y durante casi setenta años estuvieron vigentes reglas que le mantuvieron rigurosa supervisión de las transacciones en los mercados financieros, contuvieron la codicia de los especuladores y sortearon algunas de las crisis sufridas por muy distintas causas.

Pero hace treinta años se impusieron los dogmas de los fundamentalistas del libre mercado. Se impusieron los dogmas irracionales de que los mercados son capaces de autorregularse y de controlar su propia codicia. Se decía —y se ha dicho hasta hace poco— que se evitarían desórdenes y crisis financieras en la medida que hubiera menos intervención del Estado en los mercados.

A partir de esos dogmas del llamado “neoliberalismo” se vino un cambio de paradigmas en casi todas las naciones. Nadie quiso quedarse fuera de la moda de las privatizaciones, de la eliminación de regulación gubernamental y muchos, demasiados, se convirtieron en fanáticos del fundamentalismo neoliberal. Ni las sucesivas crisis de los años setenta y ochenta, ni siquiera el llamado “efecto tequila” de la crisis mexicana de 1994 y 1995 hizo que los fundamentalistas cambiaran su doctrina.

El clímax del neoliberalismo llegó cuando se intensificó la desregulación, se eliminaron reglas del juego en los mercados financieros y, en consecuencia, se relajó la supervisión de las instituciones y se abrió la puerta a la especulación.
 

Se crearon nuevos y complicados instrumentos financieros, los cuales fueron utilizados con singular eficacia para disimular los riesgos irracionales que prohibían las viejas reglas, pero que significaron enormes ganancias para los especuladores.

Y, para colmo, se dejó al mercado y a los especuladores la tarea de regular esa especulación que a poco tiempo se convirtió en una suerte de casino, donde se apostó el dinero de los pueblos, siempre ajenos a toda supervisión de las autoridades financieras del Estado.

Como todas las burbujas, aun las financieras, la burbuja de la especulación estalló. Y el mundo está hundido en una grave crisis de confianza.
 

Ahora, Estados Unidos tendrá que invertir 700 mil millones de dólares en un intento por romper el estancamiento del crédito, pues una sociedad de consumo, como la norteamericana, no puede sobrevivir sin créditos. Sin crédito no pueden operar las empresas ni vivir los ciudadanos. Así diseñaron su sistema. Ahora enfrentan los estadounidenses la cruda realidad.
 

En Europa no están mejor, pues con sus matices también han seguido el modelo del fundamentalismo del libre mercado. Ya sus gobiernos han creado gabinetes de crisis para enfrentar la emergencia financiera.
 

En México, donde decían que somos una isla en el espacio, lejos de los mundanales escándalos, todavía no sabemos qué planes de contingencia ha preparado el gobierno del presidente Felipe Calderón. No sabemos cómo se podrá enfrentar la descarnada realidad de las comunidades que ya no recibirán las remesas de sus familiares en Estados Unidos. No sabemos cómo se compensará la reducción de las exportaciones, ni tampoco cómo enfrentar la baja en la afluencia de turistas. Sabemos, eso sí, que nos dicen que las instituciones financieras que operan en México —sería un absurdo llamarles “banca mexicana”— están bien capitalizadas, que aún están en condiciones de enfrentar la crisis y hasta de solventar cualquier aumento de cartera vencida, resultante del bajo crecimiento y la pérdida de fuentes de trabajo. Pero no sabemos cuánto invirtieron las Afore de los fondos de los trabajadores en algunas de las financieras que han quebrado en Wall Street.
 

No lo sabemos, porque el gobierno calderonista parece aturdido. Cierto, todos los gobiernos del mundo están aturdidos, pero los otros gobiernos ya están tomando medidas. Aquí no. Al menos, hasta ahora, el gobierno del presidente Calderón no ha considerado importante informarnos qué hará México para impedir que esta crisis profundice la desigualdad y la pobreza. No lo consideran importante, porque, como otras veces, se piensa que los ciudadanos somos menores de edad. Sin información no se puede aspirar a que haya respaldo para las recetas amargas que habrán de aplicar.
 

Cuidado, es muy fina, casi invisible, la línea que separa a las crisis económicas de las crisis políticas.

Lo que nos faltaba.