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Árbol Mágico

 

 

 

Por: Luis DE LA TEJA

 

     Abrió el libro, de autoría que de momento es mejor que no venga a cuento, dejó resbalar las hojas, consintiendo en que se formase ese vientecito suave y lleno de frescor, que tan sólo el papel húmedo es capaz de encerrar dentro de sí, e inmediamente sospechó que no se iba, precisamente, a poder alabar de haber dejado libre aquel olor, no por esperado menos inoportuno; no por sabido menos sorprendente. 
 

     A pesar de la llovizna el atardecer era ameno, incluso tibio, y con una diafanidad impropia de los días que vienen preñados de agua y de los atardeceres grises y llenos de presagios. Y él como si nada. Se recostó en el sofá, de espaldas a la ventana por la que estaba entrando la tamizada luz diáfana, tan impropia, dejó el libro en el regazo y admitió la soñera que, dulce y muy tibiamente, es cierto, estaba anegándolo, prendiéndolo en el fondo gris de agua gris cautivada. 
 

     Le volvió en sí el olor del libro, que lo estaba llamando desde la otra ribera del sueño. ¿Qué estaría soñando que regresó no sin desazón? Además sentía hambre. Frecuentemente le sucedía que si estaba traspuesto, apenas comenzaba la lectura de un libro, a poco que fuese gris el día, tan sólo con que el verde de los campos, brillantes por el agua de la lluvia, había aparecido desvanecido por la niebla densa y lejos de cualquier otra certeza. Sentía hambre. Algo le bullía dentro exigiéndole la ingestión inmediata de algo sólido y, a ser posible, dotado de un sabor áspero y fuerte, que le ablandara el que tenía duramente asentado en la glotis. Una pena quita otra, un clavo quita otro clavo. Sentía hambre, también frío. El calor viene a uno, después de la ingestión de alimentos, en el momento de la digestión, cuando el oxigeno se quema y su ardiente fuego se extiende por todo el cuerpo como una bendición, una endotermia a veces alienante, a veces liberadora. Tan sólo eso somos, tanto y tan poco. Y él lo sabía. 
 

     Apartó el libro de sí y se levantó dirigiéndose hacia el frigorífico. Revolvió en sus entrañas y desechó la posibilidad de distraer de ellas los alimentos que necesitaba calientes, templados como mucho, pero que allí se encontraban fríos. Concluyó por echar mano al jamón para desprenderle unas lonchas, exentas de tocino, magras ellas, rojas o púrpuras según les diese la luz. Después lo volvió a dejar colgado de un clavo, profundamente espetado en la pared de la despensa, y regresó al sofá en el que dormitaban sus anhelos. 

 

Sosteniendo las lonchas con una mano, afrontó el riesgo de pasar las hojas del libro con la otra, mientras lo colocaba al lado de las rodillas y sentía creciente la preocupación ante la posibilidad de dejar notable, excesiva huella de sus dedos, suciamente engrasados, en unas hojas que, aunque húmedas, estaban inmaculadas, vírgenes de mirada humana alguna, libres de lo que no fuera el aliento primero y único del que habían cobrado vida, llenándolas de ella. Comenzó a leer y mantuvo entera toda su atención al tiempo que las lonchas de jamón iban siendo masticadas cautelosamente para que, una vez consumidas éstas, el sueño ruin volviera a prender en sus párpados perezosos, demasiado suaves como para ser enteramente humanos. 
 

     Y fue entonces cuando un papel se desprendió del libro recién abierto y dejó, nueva y definitivamente, libre el olor que lo hizo regresar a antes del sueño aperitivo y contumaz que lo había anegado. Recorrió las sensaciones ya aprendidas y supo, otra vez, de la oportunidad y también de la sorpresa, del ácido olor que lo había enervado tanto. 
 

     Recogió el papel del suelo en donde había caído: se trataba de una «cuartilla», mustia ya por el tiempo y tan descolorida que tanto se podía sospechar sepia como amarilla y que, doblada en dos mitades, en su parte inferior y en sentido longitudinal, mostraba una corta, breve inscripción hecha, en una letra que le resultaba desconocida y turbia, revuelta y poco uniforme, con seguridad muchos años atrás por mano que no llegaría nunca a sospechar a quién podría pertenecer. 
 

     Y dejó, no sin temor, que sus ojos recorrieran aquellas líneas que habrían de incrementárselo dentro de muy poco: «Rodolfito Creucer —leyó—, conocido también por Rabirio el del Pico de Oro, era gente muy bien vista por los alrededores de la Limia, de la Alta y de la Baja, e incluso en la inundada ciudad de Antioquía, la de las campanadas dulces como azotes de rama de abedul o de la tibia brisa del otoño, que lo mismo da. Rodolfito Creucer, conocido también por Rabirio el del Pico de Oro, tenía una pena: nunca había sido capaz de subir a todos los árboles que amaba; por lo demás era un escéptico de los de carné.» 
 

     En ese momento Rodolfito Creucer respingó en el sofá, sintió bullir el jamón en la andorga, como sí fuera un cerdo entero, y se supo anegado no sólo por la íntima certeza de saber que eran muchos los árboles a los que jamás subiría, sino también por el olor entero que, del libro, había salido libre ya para siempre.