MyCityLinked

Browse By

MyCityLinked

Cautiva

 

Por CLARA ROJAS / Revista Proceso

 Durante los seis años en que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) mantuvieron secuestrada a Clara Rojas en la selva de ese país, ella se distanció de Ingrid Betancourt, su amiga y compañera de lides políticas. Clara intentó fugarse en tres ocasiones y –en condiciones de aislamiento, indigencia y peligro de muerte– dio a luz a un niño al que llamó Emmanuel y del cual fue separada. En su libro de memorias Cautiva, que el Grupo Editorial Norma pondrá en circulación esta semana en México, relata su experiencia. Con autorización de la oficina de la editorial en Bogotá, Proceso reproduce fragmentos de la obra. 

 

Las primeras pruebas de supervivencia se grabaron en mayo de 2002, en lo más profundo de las selvas del sur de Colombia donde nos tenían retenidas. Luego supimos que fueron transmitidas por televisión en julio de ese mismo año. Sólo entonces se enteró mi familia de que yo seguía viva, porque una vez liberada supe que la familia de Ingrid no le entregó a los míos, hasta meses después, el mensaje que escribí junto a ella apenas fuimos secuestradas. Al parecer tenían un celo excesivo por preservar su protagonismo en detrimento del derecho a la información que tenía mi propia familia.

Creo que entonces empezó a cambiar mi actitud hacia Ingrid. Me irritaba que en el segundo intento de fuga se hubiese descontrolado frente a un avispero en pleno día. Recuerdo nítidamente cómo ocurrió: estábamos cruzando el cauce de un riachuelo seco, agachadas debajo de un puente que no tendría ni metro y medio de altura. Como ella iba adelante, se topó con el avispero y salió corriendo y gritando. Yo iba un metro atrás y subí hasta el camino donde ella estaba tratando de librarse del enjambre que tenía encima, con todo tipo de aspavientos, a pesar de que era pleno día y podía pasar alguien por el camino y vernos. Le pedí que se calmara y dejara de gritar y hacer movimientos bruscos, pues con eso sólo lograba enfurecer aún más a las avispas. 

Nuestro estado de ánimo empeoró día a día, hasta que ambas llegamos a sentirnos completamente hundidas en un pozo de desesperación y tristeza del que no veíamos la salida. Como en todas las situaciones humanas, hay maneras diferentes de afrontar los problemas. Nosotras, sin pensarlo mucho, escogimos el silencio.

Imagino que cada una culpaba a la otra de que hubieran fracasado los intentos de fuga, pero nunca lo dijimos; ni siquiera comentamos qué había fallado y menos aún tratamos de hacer nuevos planes. Todo aquel dolor mal digerido creó entre nosotras una barrera de silencio y nos sucedió lo que le pasa a muchas parejas que, cuando falla la comunicación, acaban convirtiéndose en unos desconocidos, en dos extraños sin nada en común (…) 

Estaba francamente enfadada conmigo misma por haberla seguido en aquel viaje tan arriesgado a San Vicente del Caguán (cuando ambas fueron secuestradas por las FARC el 22 de febrero de 2002). Pero no le quería reclamar nada. Al mismo tiempo, me costaba trabajo asimilar su dolor. Siempre la había visto fuerte y decidida, y me desconcertaba observar cómo se estaba desmoronando hasta el punto de que, yo considero, llegó a perder las ganas de vivir. De ser para mí el modelo que había encarnado hasta entonces, pasó a representar la muerte. Se tornó demasiado apática y bastante agria. No logramos ni siquiera entablar una conversación sobre aquel infierno que estábamos viviendo. A mi parecer, todo aquello generó entre nosotras unas barreras que todavía no hemos logrado superar y que aún hoy persisten (…) 

Creo que en aquella situación extrema, sin nada alrededor que nos uniera o pudiéramos compartir, se pusieron mucho más de manifiesto nuestras diferencias de carácter. Pienso que Ingrid, en cierto sentido, tiene un temperamento más político: se está con ella o contra ella. Mientras que yo puedo no estar de acuerdo con alguien, pero eso no quiere decir que sea mi enemigo.

La convivencia entre nosotras se había vuelto prácticamente imposible. El comandante que nos vigilaba decidió separarnos y ponernos en caletas diferentes. No traté de hacer ningún acercamiento, porque temía que me recibiera con cajas destempladas, así que esperaba que ella buenamente quisiera venir a verme, lo que normalmente hacía una vez al mes, para rezar juntas el rosario por su papá (…) 

En una ocasión se me ocurrió pedirle a los guerrilleros que me proporcionaran un diccionario para entretener los días. Cuál no sería mi sorpresa cuando me lo trajeron, pero Ingrid no me lo dejó usar. También me hizo sufrir que me expulsara de las clases de francés que daba de vez en cuando a los demás cautivos, cuando nos agruparon a todos. Era como si le molestase que yo empleara el tiempo de una manera constructiva, algo increíble en ella. A los guerrilleros también le extrañaba su comportamiento y empezaron a entregarnos las cosas por separado, para que no me despojara de todo. Esto me hizo aprender mucho sobre las relaciones humanas. Con el paso del tiempo, y en especial cuando nos reunieron con los demás rehenes, sus actitudes empezaron a tener mucha menos importancia para mí (…) 

 

Los intentos de fuga

 

No llevábamos ni tres días de secuestro cuando empezamos a pensar en huir y nos hicimos la promesa de escapar juntas tan pronto tuviéramos la oportunidad, algo que bien pensado era una verdadera locura porque los guardias que nos vigilaban estaban armados hasta los dientes y no nos quitaban los ojos de encima ni un solo instante. 

Un día, como a la semana de haber sido secuestradas, llegamos a un lugar que estaba relativamente cerca de una carretera que habíamos visto al pasar. Serían como las seis y media de la tarde. Estaba empezando a hacerse de noche y decidimos emprender la huida. Pero justo cuando estábamos saliendo del campamento nos encontramos con un guardia y no tuvimos el coraje de seguir adelante. Nos limitamos a preguntarle donde estaba el chonto (un hueco hecho en la tierra para hacer las necesidades fisiológicas) y allí nos dirigimos. Regresamos a la caleta y decidimos planear todos los detalles de la siguiente fuga. Era primordial ingeniar una manera de no extraviarnos y mantenernos unidas, pues tendríamos que caminar en total silencio en la oscuridad. 

(…) Después de un mes en cautiverio nos consideramos por fin listas para el gran momento. Nos habíamos aprovisionado con una cuerda, una linterna, pilas de recambio, tres bocadillos para cada una e incluso un queso que nos había llegado, bolsas plásticas para guardar una muda de ropa interior, medias, una camiseta que podría servir de toalla, unos cordelitos para atar las bolsas y dos botellas de plástico vacías para irlas llenando de agua durante la marcha.

Disfrutando una espléndida luna llena, que iluminaba toda la selva, fijamos nuestra huida para la noche siguiente. Durante el día actuamos con total normalidad y al oscurecer fuimos a acostarnos en cuanto pudimos. Lo más difícil era atravesar el primer anillo de seguridad de los guardias sin ser vistas. Salimos por la parte de atrás de la caleta, arrastrándonos por el suelo hasta el chonto, a donde logramos llegar sin prender la linterna ni hacer ruido.

Nos pusimos de pie y nos internamos con sigilo en la espesura de la selva. No teníamos manera de orientarnos ni seguir ninguna dirección. Por todas partes había árboles y maleza. Estaba a punto de amanecer y teníamos que encontrar un sitio para escondernos. De pronto escuchamos el motor de una lancha; era obvio que nos estaban buscando.

Permanecimos quietas un buen rato, casi paralizadas, sin parpadear, antes de seguir caminando. Cuando amaneció me llevé una gran sorpresa al ver dónde nos encontrábamos. El suelo estaba completamente cubierto de agua embarrada y por una tupida capa de maleza que se enredaba como un nudo en torno al cuerpo cuando intentábamos avanzar. Estábamos exhaustas y debilitadas por el enorme esfuerzo emocional que habíamos hecho para salir del campamento. 

El motor de la lancha se seguía oyendo cerca y por más que lo intentábamos no conseguíamos avanzar. Efectivamente a los pocos minutos apareció una lancha cargada con plátanos verdes y un guerrillero que nos dijo “el comandante está muerto de la piedra” (está furioso).

No nos dimos por derrotadas y prometimos volver a intentarlo, como lo hicimos pocas semanas después. En esa ocasión logramos permanecer en la selva tres días enteros, pero la segunda noche casi nos costó la vida. En esa ocasión levantamos una especie de choza, poniendo el plástico negro a manera de techo para protegernos de la lluvia. Nos acostamos en el suelo y enseguida nos quedamos dormidas porque estábamos agotadas. Al poco tiempo nos despertó el sonido del agua, no sólo de la lluvia, sino de la que estaba inundando el suelo. El nivel del agua subía con velocidad y en pocos minutos la sentimos a la altura del pecho. A pesar de la desesperación y la oscuridad logramos hallar una especie de sendero hasta que llegamos a una zona seca donde permanecimos hasta que amaneció. 

Tras haber superado esta dura prueba, en la que pudimos haber muerto, la espesura de la selva y el cansancio pudieron con nosotras y nos hicieron rendirnos de nuevo. Esta vez, cuando los guerrilleros nos encontraron, no tuvieron ninguna conmiseración y fueron muy rudos. Nos cambiaron de comandante y de guardianes. Los nuevos llegaron muy predispuestos en contra nuestra y decidieron castigarnos, encadenándonos durante un mes.

 

Emmanuel

 

Me corresponde decidir qué se hace público sobre mi historia y qué no. Este episodio es algo que pertenece exclusivamente a mi esfera privada. Es algo reservado a mi hijo Emmanuel, cuando pregunte por ello. Aún no es el momento. Lo único que quiero decir es que durante el secuestro viví una experiencia que me dejó embarazada. Pero mi verdadera historia de amor comienza cuando descubro que espero un hijo y decido salvarle la vida.

(…) Una mañana los prisioneros me hicieron una especie de encerrona. Me invitaron a sentarme en la mesa y empezaron a preguntarme de manera inquisidora quién era el padre de mi hijo. Soltaron frases como: “Si no nos dice, nuestras familias pueden salir afectadas”, o “usted es una irresponsable”. Me parecieron patéticos. Los escuché, manteniéndome calmada, como suele ser usual en mí, y les devolví la pregunta: “¿Alguno de ustedes es el padre?”. Ellos empezaron a responder uno tras otro que no. Así que les dije: “de qué se preocupan. Déjenme tranquila que yo respondo por mi bebé” (…) 

El ambiente en el campamento era extremadamente tenso porque el acoso del ejército se había intensificado. Pasaban aviones mañana y tarde y cada día su vuelo era más rasante. Todo el mundo estaba muy asustado, porque no sabíamos si la guerrilla tendría órdenes de salir corriendo o de matarnos en caso de que el ejército llegara hasta nosotros. Los guerrilleros estaban muy nerviosos y se mantenían alerta, con las armas cargadas. La tensión se respiraba en el aire. A eso se unía el hacinamiento en el que estábamos confinados. A diferencia del lugar donde habíamos tenido retirada, en el que se podía caminar, mis compañeros seguían encerrados en esa gran jaula alambrada, de donde no los sacaban nunca, ni siquiera para ir al baño, porque habían construido uno allí dentro. El lugar era tan estrecho que no permitía realizar desplazamientos. Habían tenido que establecer turnos para poder dar pasos, pues era imposible hacerlo todos al mismo tiempo. Mi regreso a aquel lugar terrible, con un bebé de pocos meses, no hizo más que aumentar la tensión y generar nuevas rencillas. Emmanuel se comportaba como cualquier recién nacido: lloraba cuando tenía hambre o cuando estaba molesto, pero sus llantos resonaban en aquel lugar sobre todo cuando había silencio.

Una mañana me desperté temprano porque el niño lloraba; le trajeron su tetero, se calmó y aproveché para ir a lavar algo de ropa. Cuando estaba terminando, lo oí llorar de nuevo. Salí corriendo para ver qué le pasaba. Lo calmé y, al regresar, me encontré con algunos de mis compañeros molestos, quejándose porque no había recogido la ropa ni dejado libre el lavadero para que pasase otro. En general, se comportaban como si fuera una extraña para ellos.

El comandante estaba harto de estas discusiones, que a veces eran un tanto infantiles, y dijo: “Miren, nosotros trajimos a Clara y al niño con ustedes porque pensamos que aquí estaría mejor. Ustedes no la han ayudado ni parece que la quieran ayudar. Déjenme, nosotros veremos cómo lo resolveremos”. 

En consecuencia, vino el enfermero a decirme que se llevaría al niño durante un mes para curarle el brazo, que iban a tratar de pegárselo y para eso necesitaba total quietud y tranquilidad. Lo cuidaría la guerrillera que lo había atendido antes. Quedé destrozada al oír que iban a separarme de mi bebé. Estaba segura de que la verdadera razón eran las disputas que habíamos tenido. 

Así fue: el enfermero se lo llevó y casi enloquecí al ver que me arrebataban a mi hijo (…) 

Después de un mes de separación, volví a ver a mi bebé a finales de julio. Yo aún estaba débil y me sentía como si estuviera luchando sola contra el mundo. 

A mediados de enero de 2005 a Emmanuel le apareció una herida en la cara, en su mejilla izquierda, causada al parecer por la picadura de un zancudo. La limpiaron y la cubrieron con gasa para que cicatrizara. Pero pasaban los días y no sólo no se curaba, sino que se extendía y empeoraba. Además debía arderle porque lloraba y trataba de rascarse la gasa que le poníamos después del baño. Empecé a preocuparme y le comenté al enfermero nuevo que teníamos, que era un muchacho joven, con buena voluntad pero, en mi opinión, bastante inexperto. Tampoco tenía muchos recursos: no contaba siquiera con esparadrapo o curitas.

Como el niño no mejoraba, fui a comentárselo al comandante Jerónimo, quien me dijo que quizá se trataba de leishmaniasis. Le pregunté si disponían de la medicina adecuada para manejarla, ya que puede ser mortal si no se atiende oportunamente, y aproveché para quejarme porque su bracito seguía sin recibir atención adecuada. Me respondió que necesitaba Glucantime pediátrico porque no podía dársele la medicina de adultos, pero que no lo tenían y habría que conseguirlo, algo que iba ser difícil debido a la cercanía del ejército. 

Al escuchar eso, me puse nerviosa y le pregunté: “¿Cuándo va a llegar esa medicina? ¡Mi hijo no puede esperar! ¿Por qué no lo entregan a la Cruz Roja Internacional para que ellos lo atiendan y lo lleven con mi mamá? Usted sabe bien que este no es el lugar para un bebé. ¡Necesito salvar su vida! Usted mismo acaba de decir que el ejército está cerca y no quiero imaginarme en medio de un operativo militar con el niño. Van a quedar ustedes como una guerrilla de bárbaros por someter a un niño a esto. Ya hemos logrado sacarlo adelante en los momentos más difíciles y ahora ustedes no pueden dejarlo morir”.

A los pocos días, una mañana en que estaba con Emmanuel mirando los pollitos, se acercó el comandante y me dijo: “Definitivamente, su hijo tiene leishmaniasis. Nos lo vamos a llevar por 15 días para que le suministren la medicina y después se lo devolvemos. ¿Usted acepta?”. Sin pensarlo mucho, le respondí de inmediato: “Claro, ¡me encantaría poder llevarlo yo misma!”. Pero él me replicó: “Eso es imposible y usted lo sabe. Nadie puede verla porque nos joden a todos. Prepárese para despedirse. El 23 de enero que hay luna llena, esa noche sacamos a su hijo”. 

Le rogué que por lo menos lo llevara la guerrillera que lo había cuidado desde su nacimiento. Eso lo molestó: “Pero qué vieja tan terca, ¡carajo! Nadie puede ser visto, ni una retenida como usted y menos alguien de la guerrilla. El lanchero vendrá por él”.

Así llegó el 23 de enero. A las 10 de la mañana lo enviaron bañado, vestido con una muda nueva: un bluyin y una camiseta. Venía descalzo y no tenía zapatos para ponerle. Pasamos juntos todo el día hasta el atardecer, cuando uno de los guardias vino a recogerlo. Me había despedido a solas de él. Ahora lo hice nuevamente, con tranquilidad, como si fuera un día normal, para evitar que se diera cuenta de que esto sí era una verdadera despedida.

Esa noche llegó la lancha. Sólo alcancé a escuchar el ruido del motor que se alejaba. Allí iba mi hijo Emmanuel de apenas ocho meses, hacia un destino desconocido, al menos para mí.