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Con una camarita. La libertad de la lente

Guadalajara.- De lo que sucedió en Guadalajara el otro día, solamente recuerdo haber visto algo similar en la Argentina de los militares, en el Chile de Pinochet, en la España de Franco, en la Nicaragua de Somoza, en el Haití de Papa Doc.

Por José M. Murià 

Resulta que en plena calle, un fotógrafo profesional, debidamente acreditado al servicio de uno de los más importantes periódicos de la localidad, fue esposado y detenido con todo lujo de violencia por un guardia de seguridad del Tribunal Administrativo —que seguramente guarda información vital para la seguridad de la nación— por el grave delito de haber retratado su fachada.

Lamentablemente para el esbirro de marras, el conductor del vehículo, propiedad de la misma empresa, también traía su camarita y, ¡chas!, con la pena de que retrató al retratista en el momento mismo en que, con las manos bien “enmanilladas” en la espalda, como si se tratara del peor delincuente, era llevado a lugar seguro por el altivo uniformado.

Si lo que hizo el señor fotógrafo es un delito, cuanto más delincuente es el chofer que osó inmortalizar la detención del delincuente, máxime que la fotografía del hecho apareció en la primera página del periódico en cuestión al día siguiente, con el agravante de que el dicho chofer resultó también buen fotógrafo y ya se debería estar pensando en darle una oportunidad para hacerse periodista gráfico, si es que lo quiere.

Coincidimos en que algunos de estos fotógrafos son unos impertinentes y, con frecuencia, gracias a los poderosos lentes de que disponen, cometen verdaderos allanamientos de morada. Pero este pobre hombre de que se trata fue enviado a sacar la imagen de un edificio público que se halla en una esquina de enorme tránsito vehicular y peatonal, simplemente para respaldar una noticia; por cierto de muy poca monta, relacionada con dicha dependencia.

Suponemos que el cancerbero en cuestión recibirá su merecida sanción, pero la pregunta es si el paranoico cobarde que le dio las instrucciones también será objeto de castigo. Tal vez sea éste uno de los casos evidentes de que “no tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre”, pero será el indio quien pague las consecuencias y el que lo hizo compadre seguirá tan tranquilo cobrando su pingüe salario y hasta protegido de los lentes fotográficos.

Pero igualmente resulta grave que, sin más y con el mayor descaro, un ciudadano pueda ser detenido de manera tan humillante, sin que medie causa justificada.

¿Es ésta la definición del bien común?
 

Arroz con huevo. Fuente: Revista Siempe!