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El novelista airado

por Ricardo Venegas / revista Siemprre!

 

Entre 1995 y 1998 realicé una serie de entrevistas al escritor Ricardo Garibay que conformaron el volumen Escribir para seguir viviendo (UAEM, 2000). El motivo: la experiencia literaria y su conocimiento vital del tejido de la realidad. En mayo de este 2009 se cumple una década de su ausencia; se le ha leído poco y mucho se le ha criticado. Su personalidad huraña ganó a pulso la apatía de sus contemporáneos y de muchos escritores y críticos; su obra, la admiración y respeto de quienes vieron en él al amigo generoso con el comentario y la sugerencia. La moneda y el hombre suelen coincidir por sus facetas.
—Iniciemos con la figura del novelista, ¿qué tan crítico debe ser con su obra?
—Cada renglón se escribe con lo que uno sabe, con todo lo que se ha logrado almacenar en el curso de los años. Uno debe tener la pretensión de que cada renglón, cada párrafo, sea perfecto. Si se logra o no es otra cosa, hablamos de la pretensión del escritor; de esta manera el escritor es un crítico constante o incesante de lo que hace: de cada línea, de cada renglón, casi de cada palabra hasta comprender la obra entera, la novela íntegra, digamos, en el caso de un novelista. Y si uno entrega el libro es que, críticamente, según el propio criterio, es lo mejor que uno ha podido hacer. Uno como crítico se pone el visto bueno y entrega la obra al editor. Desde este punto de vista el escritor es un crítico constante de él mismo. La validez de esta crítica está en razón directa de los conocimientos de valores que tenga de literatura el escritor y de la buena fe, de la humildad que tenga al acometer el trabajo al entregarse a escribir. Si hay vanidad, si hay pretensión, si hay arrogancia, su criterio, la crítica de lo que él mismo hace no aparecerá, no se dará, precisamente por la arrogancia, por la petulancia de suponer que está haciendo las cosas inmejorablemente.
La humildad es el paso principal que debe dar un escritor al comenzar a escribir. Debe quedar muy claro que el idioma es mucho más que él, que lo rebasa enteramente y que él tendrá que ir agrupando las palabras bajo la especie de la belleza (eso es la literatura), con una profunda humildad, esperando hacerlo del mejor modo posible a su alcance.
—Hay quienes aseguran que la literatura es imitación de la realidad.
—La literatura no imita a la realidad, la literatura es el revés de la trama de la realidad, es como el revés de un tejido, cuando uno voltea el tejido se da uno cuenta de cómo están tramados los hilos, se da cuenta cómo se hizo ese tejido. Cuando uno lee una buena obra advierte cómo está hecha la vida, cómo se compone la vida, cómo se hizo el tejido de la vida que muestra el novelista.
—La figura importante de su obra Triste Domingo es Alejandra, un ser perseverante que, al final de la novela, se suicida, ¿cómo dio vida a este personaje?
—La joven pelea a solas con la vida que tiene en las manos; primero se divorcia, queda sola y conoce a un hombre superior, se echa ciegamente en manos del hombre superior que la mejora con mucho, que la supera con mucho (en años y en vida vivida); ahí Alejandra navega bien, tranquila, elevándose de modo constante en compañía de ese hombre. Pero un día conoce a un joven y se enamora. Está sola y no puede pedir ayuda a nadie para poder organizar su vida; entonces, se echa, digamos, al mar, a un mar duro, tempestuoso, que es la adhesión al hombre superior y el amor irrefrenable al joven, vive ambas cosas. No consigue definirse, no sabe definir en estricto sentido su vida. Al tropezar con esta ceguera, con esta indefinición, con esta incapacidad para definirse a ella misma en la vida, se la quita. El resultado final de la novela algunas mujeres lo han visto casi desde el arranque, al comenzar a leer el libro me han dicho “ella se mata al final, a fuerza”, —¡caramba, sí, es cierto! ¿cómo lo sabes?, me han dicho: “soy mujer, sé a dónde va”. A mí me costó mucho trabajo saber qué tendría que hacer ella, a qué grado de conflicto interior tendría que llegar para quitarse la vida. Parece que la conduje bien; nunca estaré seguro, pero parece que sí. Pongamos que yo me decido a ser un gran jugador de billar, me pongo en eso y lo consigo, o no lo consigo pero ese es mi afán, bueno, hay algo que me está definiendo en la vida, que me está poniendo delante de los demás como un ser existente con un propósito qué cumplir. Si no consigo definirme seré una indefinición acá, allá, por cualquier parte. Seré el fracaso, por supuesto. ¿Seré por esto un hombre abocado al suicidio?, quién sabe porque la mayoría de los hombres que usted conoce ahora y conocerá son fracasados, no han encontrado la línea de su vocación vital… ¿todos tendrían que ser suicidas?, sí, pero no lo son. La mayoría de los hombres se conforman con el fracaso, con la indefinición; ni siquiera figura eso como problema en sus existencias. Usted mismo al alcance de la mano verá hombres que se definen como nada, navegan en el infortunio y no acaban de ser infortunados enteramente y nunca son definibles, nunca se ostentan con una manera de ser precisa, esta es la mayoría de los hombres. Algunos no soportan eso y se quitan la vida, nada más.
—Escribir exige diversos sacrificios, ¿a qué ha renunciado?
—Casi a todo, se renuncia prácticamente a todo, inclusive a vivir para escribir; se vive para escribir y se escribe para poder seguir viviendo. El sentido de la vida es escribir, de este modo renuncia usted a todo lo que la vida normalmente entrega; a ganar dinero, a ser rico, famoso, a ser un triunfador en todas las peripecias que va presentando la vida. Uno renuncia a eso para poder escribir. Vale más, siente uno, escribir una gran historia de amor que vivir una gran historia de amor; esta es una deformación muy indecente, y lo es, lo es: una vida entregada mucho más a imaginar que a vivir, esto es el escritor.
—¿Habla de sí mismo cuando escribe?
—Sí, muchas veces. Si hay cuarenta personajes, en dos o tres de ellos está la vida del autor; si no la vida que ha vivido, sí la vida que anhela o la que habría anhelado. Pondré un ejemplo. En mi caso, para que se entienda con claridad, Par de reyes es una novela muy ambiciosa que trata de dos pistoleros del norte del país. Es evidente que nunca he sido un pistolero, que nunca pude haberlo sido, y que hoy tampoco sería un pistolero, claro, pero también es evidente que uno de mis grandes afanes, acaso de la niñez, fue ser un gran pistolero; en mis personajes está puesto mi afán, una secreta autobiografía, que nunca viví ni cumplí, pero que me habría gustado mucho llevar a cabo, cumplir.
—¿Se considera un escritor costumbrista por los temas que ha abordado?
—Lo invito a que nunca más use ese tipo de palabras para definir una manera de hacer literatura. Esas son cosas de los profesores, ellos explican la literatura y son los únicos que no la entienden. Quién sabe qué sea eso de ser escritor costumbrista; si abre usted un libro, un buen libro, una buena novela, fatalmente es costumbrista porque todos los hombres tienen costumbres; y si usted los va a describir, tiene que describir sus costumbres a fuerza. No sé a qué se refieran estos necios cuando hablan de literatura “costumbrista”. Se toma un personaje, se le sigue la huella y se va contando lo que hace el personaje, ¿esto es costumbrismo? Si usted quiere sí, esto es lo que menos importa. Obviamente, si usted lee una obra de Balzac, es costumbrista. Y ahí conoce lo que sucedió en Francia en ese tiempo mejor que en las obras de Historia; ¿es costumbrista, eso lo define?, sí. Probablemente no. En la verdadera literatura, detrás de lo que se llama costumbrismo, hay el peso específico del arte, del profundo conocimiento de la vida; y la vida es un conjunto de costumbres, nada más. Si usted de repente hace un acto insensato, usted está rompiendo las costumbres, se está haciendo ver como un loco. Hay que actuar como actúan los demás, conforme a costumbres. Que no tiene talento y lo que escribe es un mero registro de hábitos, como si fuera un periodista, entonces digamos que es “costumbrista”; realmente son frases que ayudan a no entender lo que es la literatura.
—Hay algo qué aprender en gran parte de su obra, ¿lo escribe con esa intención?
—El hombre es anecdotario, el hombre es, a lo largo de su vida, un conjunto de anécdotas y nada más. Depende de un hombre reflexivo que cada una de esas anécdotas aporten el conocimiento del hombre. No es lo mismo encontrarse con un borracho en la cantina que cuenta lo que vio, lo que oyó, lo que sabe, a encontrarse en la misma cantina con Lope de Vega, que oye al beodo y de ahí extrae una obra donde está la anécdota que contó. Está el conocimiento del mundo, de los seres humanos, sentido del misterio; por alguna razón se cuentan las anécdotas en lo que se escribe. Se puebla de anécdotas la escritura porque cada anécdota aporta un sentido de la vida.
Le voy a contar una cosa muy veloz que ya escribí en algún libro. Yo vi, cuando tenía doce años, un pleito en un tapanco. Estaba yo de visita en mi pueblo y subimos al tapanco. Se bebía aguardiente y comenzaron a pelear dos de los jóvenes que estaban allí; uno de ellos le dio una puñalada al otro y el que dio la puñalada lo empujaba para tirarlo del tapanco (eran como ocho metros de altura), pero el herido se agarró a los pies del que lo estaba empujando, lo hizo caer y le hundió el puñal en el vientre diciendo la siguiente frase, que es una de las más dramáticas que he oído en todo lo que he vivido: “vente conmigo al infierno hijo de la chingada”, y le hundió el puñal hasta el mango; cayeron los dos y los dos se murieron. Entonces ésta, Ricardo, es una anécdota como tantas y millones que hay. Se cuenta la anécdota, si quiere usted la explica y si no la deja para que toque al lector, para que el lector entienda el sentido dramático de la vida. Esto es un ejemplo… qué frase tan tremenda, tan terrible.