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El Oscar en su 80 aniversario

Los Oscares que año con año entregan los miembros de la Academia de Ciencias Cinematográficas de Hollywood a lo mejor de séptimo arte mundial, sobre todo en lengua anglosajona, alcanzan su décimo octavo aniversario en las condiciones de credibilidad propias de un certamen que a lo largo de su historia ha brillado más por sus omisiones que por sus aciertos.

Por Mario Saavedra

De todos es sabido que en el recorrido de esta gran parafernalia del espectáculo, apuntada sobre todo en el enorme aparato de una industria cuyos crecientes dividendos retroalimentan un mercado de cada vez más estratosféricas inversiones, no suelen estar todos los que son, ni tampoco son todos los que suelen estar.

Colofón anual de una industria cinematográfica que más bien ha acostumbrado ser reflejo de la personalidad del imperio que la cobija, imagen fidedigna de un país donde las leyes del libre mercado establecen la única autoridad, sin embargo no deja de llamar la atención que este enorme pulpo de grandes tentáculos termine siempre por atraer y devorar cuanto pasa a su alrededor. Si bien parte sustancial de la descripción de este esquema se entiende precisamente a partir de tal coqueteo —Fausto vendiendo su alma al Diablo—, no deja de sorprender que todas aquellas manifestaciones a contracorriente, otrora al margen del establishment, surgidas y violentadas en la periferia, terminen por acceder al centro y así perder buena parte de su antigua virulencia.

De ser marginales y sufrir los embates del exilio económico, artistas en otro tiempo críticos han terminado por ceder a los galanteos de una industria de asegurados financiamientos, de notables y notorios reflectores, donde la antes incólume voluntad de Odiseo acaba irremediablemente por sucumbir ante los sortilegios de Sirse y los cantos encantadores de las sirenas. Y en este paulatino estira y afloje se cuentan los que han hecho su rabieta y no han asistido, quienes no han hecho la fiesta y han dejado a la novia vestida y alborotada; o los que, también a contracorriente, se han manifestado con mayor o menor dureza en contra de los tantos vicios de un imperialismo que las más de las veces ha tenido en el cine —al menos en el más comercial— uno de sus más acérrimos vehículos de propaganda. En fin, como anuncia el proverbio popular, hay de todo en la viña del Señor…


Artistas de otro origen

En este 2008, de cara a la celebración de su décimo octavo aniversario, la entrega de los Oscares volvió a estar signada por la presencia de un nutrido contingente de artistas y creativos de otras ascendencias distintas a la anglosajona, si bien toda la industria cinematográfica norteamericana y el mismo Estados Unidos se han construido a partir de las aportaciones de inmigrantes provenientes de las latitudes más diversas. Y si el número de éstos a lo mejor resultó menor que el año pasado, por ejemplo, cuando volvieron a quedarse en la línea trabajos que parecían tenerlas todas de sí para ganar, ahora sí triunfaron en categorías de las más importantes, de frente a un proceso electoral donde los votos de los inmigrantes van a ser decisivos.

Pero al margen de estas suspicacias, dichas decisiones le han conferido a esta pasada 80 entrega de los Oscares un rango de variabilidad y de apertura por demás interesante y enriquecedor, sobre todo porque se trata de propuestas y lenguajes novedosos, de otras alternativas temáticas y de sensibilidad que dentro un mercado tan complejo y diverso como el estadounidense encuentran de igual modo una amplia opción de resonancia. Es más, de unos años a la fecha ha dado cabida a filmes de aliento introspectivo por el estilo de Belleza americana de Sam Mendes o Crash de Paul Haggis, por sólo citar dos claros ejemplos de películas que en principio parecían remar contracorriente y acabaron por convertirse en filmes referenciales de una nueva cinematografía que apuesta por la autocrítica y la revisión exhaustiva de toda clase de estructuras y esquemas establecidas.

La película más premiada en este 2008, por ejemplo, Sin lugar para los débiles (No country for old men, Estados Unidos, 2007), de los hermanos Joel y Ethan Coen, reafirma una vez más esta nueva tendencia de los miembros de la Academia a reconocer la obra de realizadores antes marginales.

Presentes en el circuito comercial desde su no menos agrio e incisivo Fargo, el primer título de estos dos talentosos guionistas y directores que les dio franca entrada a la cadena internacional de festivales y certámenes, Joel y Ethan Coen confirman con su nueva cinta (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor de Reparto, Mejor Guión Adaptado) que su natural espacio de expresión se encuentra en un afortunado entrecruce de caminos donde ellos y otros propositivos creadores de su misma generación (Tarantino, por ejemplo) han hecho coincidir con acierto el thriller sangriento con la comedia ácida.

Adaptación impecable de la exitosa novela homónima de Cormac McCarthy que les valió a los Coen uno de los cuatro galardones arriba mencionados, quizá valga la pena darle especial énfasis aquí al premio obtenido por el español Javier Bardem, como Mejor Actor de Reparto, por su magistral trabajo en una cinta donde no está demás decir que sostiene —él solo— buena parte del peso de la acción y del desarrollo dramático.


La gran perdedora

Con un número más o menos igual de nominaciones, Petróleo sangriento (There will be blod, Estados Unidos 2007), de Paul Thomas Anderson, se puede decir que fue la gran perdedora de la noche, pues esta película sólo se hizo acreedora al premio de Mejor Actor que obtuvo el británico Daniel Day-Lewis por su memorable protagónico un magnate enloquecido. Varias veces nominado y su segundo galardón en la categoría, después de su estremecedor y casi debutante primera parte en Mi pie izquierdo, Day-Lewis ha vuelto a poner en claro por qué es uno de los más poderosos y rentables actores de su generación; casi siempre una garantía, este premio retribuye en parte el que no se le haya otorgado recientemente por la que muchos creíamos era la mejor interpretación de su carrera, en Pandillas de Nueva York de Martin Scorsese, eterno ausente este último al que tampoco se le había hecho justicia porque ese año había otros compromisos políticos de por medio y en cambio se le otorgó poco después por la mucho menos redonda cinta Los infiltrados. Así suelen gastárselas en la Academia, y estos vaivenes y reacomodos dejan mucho que desear…

En otras categorías, la presea de Primera Actriz fue para la también no anglosajona Marion Cotillard por su reencarnación de la diva de la canción francesa Edith Piaf en La vie en rose, nombre de la melodía que la inmortalizó y que en su versión cinematográfica ha sido llevada a la pantalla Oliver Dahan; ganó además el Oscar a Mejor Maquillaje. En otras categorías, la Mejor Actriz de Reparto fue la también inglesa Tilda Swinton (sí, la misma de Orlando, la formidable versión fílmica de Sally Potter de la novela homónima de Virginia Woolf) por su trabajo en Michael Clayton del debutante Tony Gilroy, y la de igual modo principiante Diablo Cody por su Guión Original para Juno de Jason Reitman.


Campanas al vuelo por la UNAM

En lo que a nosotros respecta, habría que echar campanas al vuelo porque fue reconocido un proyecto en el cual intervino un talento mexicano (Luis Gabriel Vázquez) de TV UNAM, en la versión de Cortometraje Animado de la siempre ilustrativa partitura Pedro y el lobo del ruso Sergei Prokofiev que coprodujo la misma TV UNAM con una firma británica. En este mismo terreno, y porque se trata de otro creador de origen no anglosajón dentro de una edición de los Oscares donde extraordinariamente brillaron creativos de otras procedencias, quizá valga de igual modo la atención reconocer la partitura original del italiano Dario Marianelli para la típica producción preciosista de época Atonement del británico Joe Wright.

Fuente: Revista Siempre!