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El respeto al “Había una vez…”

En el principio fue el verbo. Aunque tal vez el artículo llegó antes, o incluso más puntual un nombre propio, el caso es que el inicio de una historia se ve enmarcada por la batalla que enfrenta el escritor delante de su hoja en blanco (¿deberíamos decir la pantalla en blanco en la modernidad computarizada?), esa otra parte de la literatura donde la lista de participantes es reducida: “Solo yo y el vació y la desesperación”.

Por Rafael G. Vargas Pasaye.   A Beto Buzali

“Una página en blanco es en realidad una pared encalada sin ninguna puerta ni ventana. Empezar a contar una historia es como tontear con una persona totalmente desconocida en un restaurante”, dice Amos Oz (Jerusalén, 1934) en La historia comienza. Ensayos sobre literatura, y si seguimos sus líneas entenderemos que un coqueteo es enfrentar no nada más a la página en blanco sino a lo que venga después. Un juego de seducción por ejemplo donde conviven al menos dos partícipes: uno, quien escribe y trata de seducir, y dos, quien lee y que será —o al menos esa es la idea— seducido.
Pero qué pasa con ese primer movimiento de seducción, con ese flirteo gratuito aunque con todas las intenciones del mundo, esa impresión y línea inaugural, aquel “Había una vez” que tantas veces fue citado, y hoy toma forma de análisis en La historia comienza, un libro formado con breves ensayos de puntuales lecturas.

Esta obra muestra a Amos Oz en su faceta de lector puntilloso, al escritor desde la academia, el estudioso que no se cansa en reparar sobre cuestiones que para lectores menos asiduos a la reflexión pasarían inadvertidos detalles con alto grado de importancia, líneas que soportan el resto de la trama y que fueron colocadas allí con esa intención, con un ritmo y una intensidad propicias para la reflexión.

Ya en la introducción titulada “¿Pero qué existía en realidad antes del Big Bang?” nos da las señas particulares de sus reflexiones: “Todo principio de relato es siempre una especie de contrato entre escritor y lector”, pero qué se firma en ese documento, cuál es la responsabilidad, el compromiso adquirido por ambos. Qué está en juego, cabe preguntarse, y el autor de No digas noche da una posible respuesta: “el juego de leer exige al lector que tome parte activa, que aporte su propia experiencia vital y su propia inocencia, así como prudencia y astucia”.

Los casos a los que recurre en sus ensayos corresponden a los inicios de las novelas: Effi Briest de Theodor Fontane, En la flor de la vida de S. Y. Agnón, Un médico rural de Franz Kafka, El violín de Rothschild de Anton Chéjov, preliminares de Mikdamot de Smilansky Yizhar, La historia. Una novela de Elsa Morante, El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, y de los cuentos La nariz de Nikolai Gógol, Nadie decía nada de Raymond Carver y Un leopardo particular y muy temible de Yaakov Shabtai.
En cada caso revela los pormenores de los ingredientes, mira lo que otro lector no ve, intenta desmenuzar la intención del autor, desvela sus mecanismos de seducción, donde a veces, una contradicción es la justificación del hecho, o una frase en otro ritmo es la clave que accionará el mecanismo del resto de una trama.

Las páginas de La historia comienza también son un homenaje a aquellos pequeños detalles que se presentan en todo libro, a las figuras y a las curvas, a los guiños, al cuidado que hoy se está perdiendo en el acto de leer, pues no se da espacio a la reflexión, al respiro que exige una lectura, al análisis de la pregunta clásica pero quizás aun necesaria de qué me dejó esa obra, además de un nuevo registro en mi CV de lecturas. No en vano Amos Oz recuerda en la conclusión: “los placeres de la lectura, como otro goces, deben consumirse a pequeños sorbos”.

Si bien la lectura es un acto gozoso y de placer, no por eso se debe tomar a la ligera en el sentido de sólo posar los ojos y arrastrar la mirada por las letras sin comprender su significado (sin querer ahondar por el momento en los parámetros de instituciones internacionales que colocan a los estudiantes mexicanos en los más bajos promedios en asignaturas como precisamente la comprensión de lectura), no es gratuito este fenómeno, el cual ubica diversos motivos que tienen que ver, además con la razones académicas, con cuestiones relacionadas al espacio, lugar y tiempo.
La entrega reciente de Amos Oz es pues un saludo a los lectores sin prisas, y también al ya citado tiempo, debido a que cada vez se vuelve más complejo tenerlo, así como el espacio para leer con calidad, sin intensos movimientos, con calma, evitando las aglomeraciones radiales, el silencio al servicio del lector ahora se ubica en menos sitios que antes, y es que, a decir del también autor de El mismo mar, “sin una observación prolongada no podemos oír la totalidad del silencio y la inmovilidad”.
El ejemplo en primera persona le da el pretexto puntual para el certero dardo que atina en el blanco, de allí que merezca su transcripción in extenso: “Todos los días, mi buzón rebosa invitaciones a dar conferencias en toda clase de congresos y simposios sobre «La imagen del conflicto árabe-israelí en la literatura», o «El reflejo de la nación en las novelas», o «La literatura como espejo de la sociedad». Pero si no se quiere más que mirar en un espejo, ¿para qué leer?”.

Amos Oz, referente de la literatura contemporánea, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007, remata de manera clara, concisa y precisa con el perfil o la característica principal que todo lector debe tener, o mejor aún, del elemento de accesible ubicación para identificar a quien lee y separarlo de los charlatanes que abundan: “es en el interior, no en el exterior, donde debe estar el buen lector cuando lee”.

Amos Oz. La historia comienza.
Ensayos sobre literatura, FCE-Siruela, México, 2007; 119pp.

Fuente: Revista Siempre!