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En recuerdo de Elena Garro. Una disidencia saludable

Nunca imaginó que una simple huelga pudiera traer tantas complicaciones sórdidas y criminales…
 Elena Garro

Por Mario Saavedra de la Revista Siempre!

El autoexilio resulta más doloroso que el destierro. Una gran parte de la obra de las generaciones del 98 y el 27, sobre todo la poética, si tomamos en cuenta que la mayoría de los autores de esas dos promociones literarias españolas se mostraron esencialmente líricos, y que la poesía representa el canal más idóneo para expresar los temores y las angustias interiores, fue manifestación dolorosa de lo que se había dejado tras la partida. Después de la instauración de la dictadura, varios de esos poetas hispánicos se expatriaron, casi todos ellos por voluntad propia; abandonaron su tierra, y esa huida, catastrófica y desesperanzada, dio origen a algunos de sus más intensos textos…
La literatura y el arte Ñüel segundo, tomado en todas sus demás expresiones: pintura, música, escultura e incluso cineÑü han albergado en su vientre, cuando está lacerado y oprimido, una gran dosis de quebranto producto de ese hecho: el autoexilio.
Belleza literaria y sufrimiento
La creación artística es uno de los actos más paradójicos de la existencia humana, uno de los más irónicos. ¿Cómo es posible crear belleza, para el solaz ajeno, a partir de un sufrimiento propio que casi siempre desgarra y atormenta? En esa condición se encontró Elena Garro, mujer que muy a tiempo pudo reconocerse a sí misma y dejar de ser apéndice de otra gran figura: Octavio Paz; con esa ruptura acabó de reafirmar su talento, por demás prolífico y sui generis.
Pero el ímpetu de la Garro no se conformó tan sólo con esa urgente e inaplazable ruptura marital, sino que además abandonó, por ánimo personal Ñünada ni nadie la obligó legal o coercitivamente a dicho distanciamientoÑü, su tierra y todo lo que ello representaba. Por más de treinta años vivió en París, y allí hizo su vida, al lado de su hija, lejos de lo que le incomodaba y la ahogaba. Tuvo el carácter para renunciar al yugo de una sociedad mojigata y no pocas veces cursi, sin desmembrarse de su pasado Ñüdel origen no es posible zafarse, por más que se desee—, cúmulo que constantemente se manifestó en sus piezas dramáticas y en sus relatos, y que ahí permanecen como signo distintivo de una de las figuras más talentosas y personales de la literatura mexicana de la segunda mitad del siglo XX.

El teatro, los inicios

Elena Garro fue en un principio dramaturga, género del que nunca se desvinculó del todo; en el teatro encontró terreno propicio para entretejer las diversas voces que la oprimían. Caso extraño, si tomamos en cuenta que la escena es la etapa superior de cualquier escritor, esta autora se inició en el género teatral, y de ahí brincó a la narrativa en un tono no menos estimable.
Su primera producción consistente, Un hogar sólido (1958), recoge seis piezas en un acto, de las que su unidad primordial es la idiosincrasia del mexicano; un sutil costumbrismo las aglutina, y su mayor fuerza está en el rigor de las imágenes: niños que vuelan en caballitos de madera, muertos que buscan sus propios huesos, escupitajos que ruedan como figuras de oro, madres que atraviesan muros y corazones que arden por el aire. Parecería que hablamos de un teatro del absurdo, de un espectáculo de fantasías delirantes; pero no, resulta ser corroboración sublimada de los horrores y búsquedas del espíritu de lo que ha sido nuestra historia, de un ayer Ñünuestra memoria colectivaÑü que no ha muerto.
Un hogar sólido, que marcó la línea dramática de esta polígrafa, una buena dosis de su síntesis poética, impone un escenario como perforación hacia la subconsciencia, y en este sentido reafirma una de las intenciones básicas del teatro: “volcar al hombre en su totalidad, enfrentarlo a un espejo incapaz de engañarlo”.
Otras piezas suyas, como La señora en su balcón (1963), se definen por su intensidad poética y su prodigiosa imaginación, impulso que afirmó en varios de sus cuentos y novelas. Ese es el caso de Los recuerdos del porvenir (1963), narración en la que una localidad nos cuenta su historia… Recordemos la Santa María de Juan Carlos Onetti o el Macondo de Gabriel García Márquez, entre otros lugares míticos de nuestra  sacudida y a la vez envolvente atmósfera de nuestro acervo literario latinoamericano.

Cuentos y novelas

Una Elena Garro más fresca, con mayores recursos estilísticos, en vuelos más altos y muchísimo más prolongados, es la de La semana de colores, título que reúne trece formidables cuentos. Uno de los relatos así se llama; los otros, que ayudan a componer una vasto crisol de diversos matices Ñüde ahí que se puedan agrupar, como distintos tonos de ánimoÑü, se bifurcan por múltiples latitudes y tiempos: los tlaxcaltecas, Troya, Guanajuato, Nueva York o Tixtla. El tiempo es su materia principal, un tiempo en el que no se sabe dónde termina la imaginación y dónde empieza la realidad; se va del campo a la ciudad, de un elegante hotel parisino a los más atronadores recuerdos de la infancia. El desdoblamiento es el hilo conductor, en una ruptura proustiana (Bergson) que nos habla de dos mundos: el de la realidad presente (materia) y el del recuerdo (memoria).
Su última novela editada por Grijalbo, poco antes de su muerte: Y Matarazo no llamó…, permaneció inédita por cerca de treinta años. Si bien su planteamiento es sumamente interesante, su redacción no es la de la escritora madura y depurada de tres décadas después; lo raro es que no la haya corregido con mayor detenimiento, quizá por temor a romper la estructura general del texto.
Sin embargo, nos ofrece, y éste es uno de sus mayores atractivos, a una Garro distinta, incursionando una vertiente que no le conocíamos. Es una especie de thriller, género que en este momento sigue estando muy en boga, sobre todo en el cine y en la televisión, y que la desaparecida escritora tapatía llevó hasta sus últimas consecuencias, en un relato acelerado de situaciones turbias y violentas, inclusive tortuosas.
Su personaje central, Eugenio Yáñez, termina rendido ante los más horribles y abruptos descubrimientos, hallazgos a los que lo conduce una pesada ingenuidad; él quiere liberarse de las opresiones de su condición de burócrata y su atronadora soledad, y el puerto al que finalmente arriba lo acaba de aniquilar. Lo que es un hecho casi intrascendente, reducido a un simple obsequio de cigarrillos, se torna en pesadilla insufrible y agónica: “Quería mezclarse con ellos, compartir su huelga, aunque fuera de un modo accidental y lejano, para confundirse un poco con los demás, ya que también él era un desdichado. Se dio cuenta de ello en el momento de pasar por aquel lugar prohibido”.
La inconsciencia neblinosa en la que se va adentrando Eugenio nos recuerda a los tipos literarios del existencialismo, en particular a los de Camus; de la misma manera que Meursault, en El extranjero, Yáñez Ñüsin duda que la Garro todavía se sentía atraída por esa corrienteÑü vilipendia con sus actos la carencia de valores del mundo contemporáneo.
Y Matarazo no llamó… es una de las obras más críticas de Elena Garro, que impone sobre todo por lo que dice y no por el cómo lo dice… La imagen de una mujer aguerrida, de un talento que se ganó a pulso un lugar preponderante en nuestras letras.