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Escribir sobre viejos me resulta más atractivo



Brenda Lozano / Autora de Todo o Nada.

Por Eve Gil / Revista Siempre!

Brenda Lozano afirma no ser ya tan joven —está por cumplir veintiocho años—. Sin embargo, aparenta todavía menor edad (México, 1981) de la que tiene. Lo asombroso en su caso es que escribe como si tuviera muchos años más.
Como bien señala Guillermo Fadanelli respecto a su novela Todo nada (Tusquets, 2009), “Nada que ver con los arrebatos líricos tan comunes en una primera novela.”
Exaltación de la juventud
“Me parece que hay una exaltación por la juventud en todas partes, muchas cosas que se enfocan hacia los jóvenes” señala la narradora, mejor conocida hasta ahora por su faceta ensayística a través de publicaciones como Letras Libres y Día Siete.
“Como idea para un personaje —agrega—, me resulta mucho más rica la de un viejo. Estoy condenada a tener la edad que tengo, y en un acto de sinceridad decidí narrar desde el punto de vista de la nieta, pero el personaje central, a quien ella relata, es el abuelo.”
Todo nada es la historia de un prominente gastroenterólogo llamado Emilio Nassar, que un buen día decide cortar por lo sano y dejarse morir de inanición. La única persona que percibe sus intenciones es su nieta, Emilia, quien decide respetar la decisión del abuelo y acompañarlo fielmente en sus últimos días.

Novela dedicada “a mis abuelos”

El abuelo —se lee en la página 51 de Todo nada— adoptó el papel de mi padre, pero esto es sólo un decir. El abuelo se sentía padre de todos. Padre de los ancianos y padre de los niños, padre de los no nacidos y padre de los muertos. Padre, incluso, de sus padres. Era, en resumen, un patriarca.
La novela está dedicada “A Jesús (1924-1996) y a Juju (1923-2008)”, abuelos de la autora. Como se verá, la muerte del último es demasiado reciente.
Dice Brenda: “Para diseñar el carácter de mi personaje me inspiré en mis abuelos que, curiosamente, tuvieron vidas muy simétricas: ambos armaron familias numerosas, con la mujer en la casa; eran hombres de trabajo, cien por ciento dedicados a su profesión, y el abuelo de mi novela, un médico, es muy parecido a estos hombres con los que crecí, aunque a él lo abandona su mujer, la abuela de Emilia, cuando ya son maduros. También es un ejercicio de imaginar lo que pudo haber sido, lo que mis abuelos pudieron haberme dicho ahora.”
Sin embargo, subraya Brenda, es la joven quien narra la historia y reproduce “los refunfuños del anciano”. La brecha generacional, el parentesco y la diferencia de géneros, a fin de cuentas, no son obstáculo para que la nieta y el abuelo establezcan una complicidad preciosa.
“Esto tiene que ver, en primer lugar —dice la autora—, con los temperamentos y las historias que comparten. Si compartes, por ejemplo, la literatura y las anécdotas diarias, se crea un lazo. Si nosotras estuviéramos en la misma celda o camináramos por la misma calle, tendríamos una historia en común. Estos personajes no solo tienen una suma de anécdotas compartidas, sino también lecturas en común, y eso genera una complicidad y un lazo muy poderoso.”
Brenda destaca, sin embargo, que la imaginación jugó un papel mucho más activo que sus recuerdos personales: “Tuve que preguntarme qué diría este anciano ante determinadas circunstancias. Incluso evocaba a un amigo cincuentón pero con temperamento de viejo, y a veces pensaba al mismo tiempo en él y en alguno de mis abuelos, imaginándome qué diría cada uno en esa situación. Por supuesto, indirectamente, tomaba frases que les escuchaba decir a los viejos, como esa de «de cuándo acá los patos le tiran a las escopetas»”.
Emilio Nassar, naturalmente, es más “clásico” en sus gustos literarios que Emilia, pero ésta termina enamorada de los autores rusos del siglo XIX, como la propia Brenda: “Se menciona mucho, por ejemplo, a Sándor Márai, el escritor húngaro que se suicidó en 1989, a los ochenta y ocho años, y está muy presente en la narración.”
“Emilia —prosigue Brenda— está más abierta que Emilio, porque él está casado con la idea del Hollywood clásico. Piensa que después de 1950 no se ha filmado una sola película que valga la pena. Está muy aferrado a su época, por decirlo de algún modo, y ella se limita a escucharlo, muy divertida… ¡y a aprender de él! Hasta cierto punto ella también es un poco conservadora, al menos en sus gustos, por eso se complementan tan bien. Aunque autosuficiente, ocasionalmente Emilia se doblega a los caprichos del abuelo, que es uno de esos patriarcas cabrones que abrazan a sus hijos, aunque sean impositivos.”

La escritura es un arte económico

Brenda, quien habla sobre su oficio de escritora con gran naturalidad, sin grandilocuencia, afirma haber disfrutado mucho la escritura de esta espléndida primera novela, aunque asumiendo los riesgos.
“Había días —recuerda Brenda— en que estaba muy bien, pero al día siguiente me pegaba duro el no tener un ingreso fijo. De cualquier manera disfruté mucho encerrarme en mi casa para hacer esto. La escritura es, a fin de cuentas, el arte más económico: bastan un bonche de hojas bond y un lápiz. Cincuenta pesos, más o menos. Escribiendo me siento muy cómoda, en el género que sea… hasta la lista del súper. Leyendo también soy feliz. Mientras desayuno, por ejemplo, me gusta leer la caja de cereal. Es difícil esto de los géneros, decir «prefiero la narrativa, etcétera». Disfruto escribir hasta los correos… es tan cálido como escribir un ensayo.”
Todo nada es una novela a un tiempo fresca y clásica, con interesantísimos giros lingüísticos y personajes entrañables que no se querrán irse nunca de la memoria del lector.

 

www.eve-gil.blogspot.com