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Extinción Cultural es Igual a Extinción Natural

ARCATA, California,  (IPS) .-    Los humanos tenemos varios miles de

idiomas, la gran mayoría en las bocas de pequeñas poblaciones de

selvas y montañas aisladas, y apenas un puñado en las de miles de

millones de personas.

Por Mark Sommer (*)

 

Las lenguas, y sus correspondientes culturas, desaparecen a un ritmo

alarmante: la mitad podrían extinguirse en la próxima generación. Lo

mismo pasa con las plantas y los animales. Ambas tendencias están

estrechamente vinculadas.

 

En abril, científicos de primera línea se reunieron en una conferencia

pionera en el Museo de Historia Natural de Nueva York para analizar

estas extinciones gemelas. En mapas multicolores del planeta, los

etnobiólogos dibujaron la correlación entre la diversidad biológica y

la cultural, a las que llaman “diversidad biocultural”, en una

resplandeciente faja que rodea las zonas tropicales de la Tierra.

 

En selvas y tierras altas, el aislamiento ha coadyuvado a que la

gente desarrollara sus propias formas de decir y hacer, sus maneras

únicas de ver e interpretar el mundo. De modo análogo, plantas y

animales en aislamiento se adaptan a las peculiaridades de sus ambientes.

 

Pensemos en la remota isla ecuatoriana de Galápagos y sus raras

tortugas gigantes. En un mundo de progresiva desaparición de las

fronteras, inclusive esas tortugas peligran.

 

Pero tenemos muchas otras tortugas, ¿verdad? ¿Por qué importa la diversidad?

 

Los antropólogos y biólogos confirman que la diversidad de vida

vegetal y animal es crucial para la riqueza de la cultura humana y

para su supervivencia.

 

Las monoculturas, como los monocultivos, pueden ser muy eficientes en

buenas épocas, pero son más vulnerables a los ataques de enfermedades

y pestes. En la diversidad descansa la capacidad de un organismo o

sistema para mantenerse vital y viable aun cuando pierda algunos de

sus componentes.

 

Así como el inversor astuto diversifica su portafolio, la naturaleza

se prodiga en diferentes especies de flora y de fauna, de modo que si

unas se pierden otras tomen su lugar.

 

Como especie, hemos sido notablemente desatentos a este axioma.

 

“La naturaleza ya no confía en nosotros”, dice Vyacheslav Shadrin,

cabeza del Consejo de Ancianos de los yukaghir, en el extremo norte de

Rusia. Es un comentario fascinante sobre cómo la modernidad ha

traicionado las antiguas formas. Al igual que miles de pueblos

aislados, el suyo puede ser tragado por el enorme imperio que lo rodea.

 

Sin embargo, las técnicas modernas también pueden ofrecer una de las

pocas vías para preservar culturas y ecosistemas moribundos y para

difundir su conocimiento y sabiduría a un mundo que necesita de ellos.

 

Vyacheslav se comunica con su par Tero Mustonen, del norte de

Finlandia, por correo electrónico, Internet y teléfono celular. Y

viajan en avión a Nueva York para establecer estrategias comunes con

otros pueblos aislados en defensa de sus ambientes y culturas amenazadas.

 

Nos guste o no, no hay aislamiento posible ni de las plagas ni de las

bendiciones de la modernidad.

 

La mayoría de los adolescentes, en Manhattan o en Mumbai, anhelan

tener o tienen un iPod o un MP4 y escriben mensajes de textos a sus

amigos desde teléfonos móviles.

 

Es un único mundo, opina Eleanor Sterling, directora del Centro para

la Biodiversidad y la Conservación del Museo de Historia Natural de

Nueva York. Ella se mueve fácilmente entre culturas antiguas y

modernas, y más que la pureza, le interesa la vitalidad, ese intenso

intercambio que se produce cuando las culturas se encuentran, se

mezclan y generan algo nuevo y vivo por derecho propio.

 

"No me interesan las culturas como piezas de museos", me dijo Sterling

mientras paseábamos por el ala dedicada a América Central, poblada de

antiguas estatuas aztecas y mayas. "Las culturas son cosas vivas. No

desaparecen. Evolucionan".

 

Llegué a la conferencia pensando que íbamos a documentar la doble

desaparición de culturas y ecosistemas frágiles y aislados en una

suerte de acción de retaguardia para detener la avalancha de lo

moderno. Pero me fui con una impresión muy diferente.

 

Es cierto y trágico que culturas y ecosistemas de gran riqueza y

diversidad son enterradas y asimiladas a un ritmo asombroso. Es cierto

que se llevan con ellas soluciones para un futuro más viable que no

deberíamos perder, como hierbas medicinales y costumbres sabias que

nos podrían ayudar a soportar cambios impredecibles.

 

Pero es igualmente cierto que no podemos evitar el cambio del mismo

modo que no podemos alterar el curso del río Amazonas. No podemos

impedir que nuestros jóvenes ni los de etnias tradicionales deseen los

muchos bienes, y los males, de la vida moderna.

 

Quizás lo mejor a lo que podemos aspirar sea una sabia mezcla de

tradiciones y lo moderno, que apele a las técnicas más avanzadas para

proteger, promover y diseminar los mejores valores de todas las

diferentes culturas humanas.

 

Nuestro tiempo nos ofrece herramientas que, usadas de modo correcto,

pueden ayudarnos a "rediversificar" culturas y ecosistemas. Volvamos a

la diversidad dentro y entre nosotros, para que cada uno pueda mezclar

y combinar la irrefrenable riqueza de la variedad biológica y

cultural.(FIN/COPYRIGHT IPS)

 

(*) Mark Sommer, columnista y director del premiado programa radial A

World of Possibilities.