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La verdad siempre estuvo del lado de Solyenitzin

Alexander Issaievitch Solyenitzin, el escritor ruso, Premio Nobel de Literatura en 1970, murió el domingo 3 de agosto en su casa de Moscú, en la calle Troitsa-Lukovo, cuando preparaba la edición de su obras completas en 30 tomos —bendita muerte—, víctima de una insuficiencia cardiaca, a los 89 años de edad. Autor de una inmensa obra, a la medida de su país, como disidente conoció el Gulag y el exilio en más de una ocasión.

Por Bernardo González Solano / Revista Siempre!

El próximo 11 de diciembre recibiría un homenaje con motivo de su nonagésimo cumpleaños, pero la muerte se lo impidió. El escritor no temía morir, pues estaba consciente de que había cumplido su destino en la vida.

El mundo conoció la palabra Gulag —acrónimo de Glavnoie Upravlenie Laguerei: Dirección General de Campos de Concentración— por el valor y la literatura de Solyenitzin, con la que denunció los campos de concentración estalinistas, sobre todo en su trilogía Archipiélago Gulag (1973-1978), verdaderos infiernos donde el ser humano sufría la sevicie del dictador José Stalin y de toda la burocracia del Partido Comunista de la Unión Soviética. 

Capilla ardiente

La capilla ardiente se instaló en la Academia de Ciencias de Rusia, donde la viuda, Natalia Dmitrievna y sus tres hijos, —Ignati, Yermolai y Setepan— recibieron el pésame del presidente Dmitri Medvedev y del primer ministro, Vladimir Putin. Ya eran otros tiempos, muy diferente a cuando fue enviado al exilio y al Gulag. La vida no le fue fácil al escritor.
La publicación en Francia de la primera parte de su principal obra, Archipiélago Gulag, y la concesión del Premio Nobel de Literatura en 1970 le costaron a Solyenitzin 20 años de exilio.
Poco antes de su regreso a Rusia, en 1994, el diario Niezavisimaya Gazeta publicó un artículo asegurando que “nadie en Rusia necesita ya a Solyenitzin”. El articulista sostenía que el ex disidente “hace tiempo que dejó de comprender lo que sucede, no sólo en Rusia, sino también en Occidente”.
Al finalizar su vida, el respeto y el recuerdo que dejó en sus coterráneos habían cambiado mucho. Sólo por citar el caso del último dirigente de la URSS, Mijail Gobachev, dijo: “Solyenitzin fue hombre con destino único, el primero en denunciar el carácter inhumano del régimen estalinista”.
Aparte del reconocimiento que ya le había tributado Vladimir Putin en 2007 cuando le otorgó el Premio del Estado, la más alta distinción nacional de Rusia, como patriota y creyente, Solyenitzin tuvo el derecho a los homenajes de la Iglesia Ortodoxa rusa. El portavoz del patriarca de Moscú, Vsevold Tchapline, manifestó: “Las palabras de Solyenitzin le faltarán a Rusia; el escritor es y continuará siendo para las generaciones futuras un modelo de libertad interior y de dignidad humana”.

Opiniones

En el editorial de El País, del martes 5 de agosto, titulado “El testimonio y el testigo”, se dice: “Solyenitzin fue un habitante excepcional del siglo XX, capaz de resumir sus más dramatices contradicciones. Pocos escritores demostraron como él que se puede acertar y al mismo tiempo defender ideas lúgubres o autoritarias. Por eso quienes se conformaron con reprochárselas se equivocaron más que él, intentando absolver en nombre de una ideología opuesta, aunque también autoritaria, un sistema que, junto al nazismo, perpetró las mayores matanzas de la historia”.
Por lo mismo, Liudmila Saraskina, una de las biógrafas más cercanas al Premio Nobel de Literatura, explica acertadamente la importancia de Alexander para la literatura y para Rusia, elemento inseparable: “Solyenitzin no consideraba su literatura como un asunto privado, una diversión, un ejercicio literario o una forma de realizarse, sino como algo más sentido y él fue uno de los que mejor que nadie en el siglo XX confirmó la tradición de que un escritor en Rusia es más que un escritor, ya que su literatura sale del marco del relato o de la novela. El se planteó y cumplió la tarea de devolver la memoria a Rusia. Por eso es imposible dividirlo en escritor y activista social. En eso reside su grandeza”.
A su vez, el español Ignacio Camacho, en “Solyenitzin, el melancólico”, dice: “Acaso la peor amargura de la muy sufrida conciencia de Alexander Solyenitzin, o la evidencia más desconsoladora de su torturada existencia, fuese la de comprobar que sobrevivir a la invasión nazi y a la represión estalinista no basta para merecer un horizonte de plenitud democrática. Tenia motivos el viejo para mostrar siempre ese aire trastornado de ausente melancolía gogoliana; después del infierno de fuego y metralla en Kursk y del purgatorio de hielo y soledad del Gulag; al otro lado del exilio y de la incomprensión de la sedicente izquierda occidental, le esperaba la farsa corrupta de la Rusia de Yeltsin y Putin, una caricatura del capitalismo envuelta en los ropajes de una democracia de mentirijillas que ofendía su comprometido humanismo religioso. Dicen que el alma rusa, acostumbrada al sufrimiento, es de buen conformar. Quizás por eso Solyenitzin, en vez de suicidarse como (Primo) Levi haya muerto en la relativa paz de mal menor; agarrado a la esperanza casi póstuma de eludir el fracaso”.
Mientras tanto, la profesora de la Universidad de Barcelona, especialista en literatura rusa, Anna Caballá, en su análisis “El último círculo de Solyenitzin”, dice: “La publicación de su primera novela, Un día en la vida de Iván Denisovich, había dejado al escritor terriblemente expuesto, tanto dentro como fuera de su país. No era, desde luego, el primer libro que denunciaba las fechorías cometidas por el bolchevismo, pero si fue, en mi opinión, el testimonio que marcó el inicio de su hundimiento histórico. A partir de esa fecha, el comunismo soviético, cuyo desprecio por todo lo que existía en Rusia antes de su llegada puede calificarse de asombroso, no pudo hacer frente a su falta de credibilidad, más que entre una izquierda acéfala, que despreciaba a Solyenitzin, como si este fuera un vulgar mitómano, deseoso de atraer la atención sobre si mismo. Y es que un hombre solo, con su palabra, describiendo los rigores de la vida en un campo de concentración siberiana, había conseguido poner en evidencia la maquinaria destructiva del estalinismo. El asunto del libro es claramente autobiográfico: Iván Denisovich, un joven oficial del Ejército Rojo, como el propio Solzhenistin, es arrestado en 1945, al volver a la Unión Soviética, después de haber tenido un comportamiento heroico en la batalla de Kursk (en el sitio de Leningrado). El motivo, una ligera critica a la política estalinistica (sic) mencionada en una carta a sus familiares de oficial de Artillería Denisovich/Solyenitzin pasó a convertirse en un depreciable Zek (prisionero en un campo de concentración), sometido a las mayores vejaciones. Que el mundo occidental las conociera sería una de sus principales preocupaciones… El joven matemático (la literatura llegaría mas tarde) tenia 27 años cuando de pronto vio mutiladas todas sus expectativas, al verse arrojado al más estricto de los círculos informales. Cualquiera se hundiría en una situación así, pero no Solyenitzin. Podría decirse que el terror ruso que aniquiló a millones de personas a él le hizo crecer como ser humano, pues le forzó a enfrentarse a sus propios límites…

Y de nuevo la pregunta: ¿Quién decía la verdad? Ahora sabemos que la verdad siempre estuvo del lado de Solyenitzin. Su lección no puede ser más clara: el bien y el mal dependen de decisiones humanas y esas formas no existen a priori sino que se desarrollan en cualquier condición, por difícil que sea. Descanse en paz”.

Dos pasiones guiaron toda la vida de Solyenitzin: su amor por Rusia y la verdad. No le importó que en 1970 le dieran el Nobel y lo recibiera hasta 1974.