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Los sueños de mi padre

 

 

 

 

 

 


BARACK OBAMA

 

Barack Obama realiza un viaje a su pasado: con pluma ágil, se describe como un joven afroestadunidense lleno de dudas e inquietudes que trata de conciliar su herencia cultural y familiar –fragmentada entre Estados Unidos, Hawai, Indonesia y Kenia–, así como de hallar su sitio en una sociedad donde clase y etnia marcan el destino. 

 

El resultado: Los sueños de mi padre, libro autobiográfico que Obama publicó en 1995, cuando fue presidente de la revista Harvard Law Review y cuya versión en español circula ya en México con el sello de Debate. Con autorización de esta editorial, Proceso publica fragmentos significativos del libro.

 

 

-Lo primero que hay que aprender es cómo protegerse.

 

Lolo (Soetoro, segundo esposo de su madre) y yo estábamos frente a frente en el patio de atrás. El día ante-rior, me había presentado en la casa con un chichón del tamaño de un huevo. Lolo dejó a un lado la limpieza de su motocicleta, alzó la vista y me preguntó qué había pasado. Le conté mi forcejeo con un muchacho mayor que vivía carretera abajo. El chico se había escapa-do con la pelota de futbol de mi amigo en mitad del juego. Cuando corrí tras él para alcanzarlo, cogió una piedra. No era justo, le dije, mientras la tristeza ahogaba mi voz. Había hecho trampa.

 

Lolo me apartó el pelo con los dedos y examinó en silencio la herida. “No tienes sangre”, dijo finalmente, antes de volver a su moto.

 

Pensé que el asunto había terminado. Pero al día siguiente, cuando volvió del trabajo, traía consigo dos pares de guantes de boxeo (…) Cuando terminó de atarme los lazos de los guantes dio un paso atrás para examinar el resultado. Mis manos se balanceaban a los lados como bulbos de finos tallos. Agitó la cabeza y me levantó los guantes para cubrirme la cara.

 

–Ahí. Mantén los puños arriba.

 

Ajustó la posición de mis codos, luego se agazapó y comenzó a balancearse.

–Tienes que moverte sin parar, pero quédate siempre a distancia, no te pongas a tiro. ¿Qué tal?

 

Yo asentía con la cabeza imitando sus movimientos lo mejor que podía (…) Levanté los brazos y comencé a lanzar suaves directos a las palmas de Lolo, mirándole de cuando en cuando y dándome cuenta de lo familiar que había llegado a resultarme su cara después de dos años juntos, tan familiar como la tierra sobre la que nos asentábamos.

 

Tardé unos seis meses en aprender indonesio, sus costumbres y sus leyendas. 

 

Sobreviví a la viruela, al sarampión y al dolor de los golpes propinados por mis maestros con sus cañas de bambú. Los hijos de los granjeros, sirvientes y burócratas de bajo nivel se convirtieron en mis mejores amigos, y juntos corríamos por las calles noche y día, realizando algunas chapuzas, atrapando grillos, luchando con rápidas cometas de cuerdas que te cortaban los dedos (…) 

 

Con Lolo aprendí a comer guindillas verdes crudas en la cena –con abundante arroz– y, fuera de casa, me introdujo en la experiencia que suponía el comer carne de perro (dura), de serpiente (más dura todavía) y saltamontes a la brasa (crujientes). 

 

Al igual que muchos indonesios, Lolo seguía una rama del Islam donde había sitio para antiguos remanentes de fe animista hindú. Me explicaba que un hombre asumía el poder de todo lo que comía: y me prometió que, algún día, muy pronto, traería a casa un trozo de carne de tigre para compartirla conmigo.

 

Así es como eran las cosas, una larga aventura, la recompensa de la vida de un chico. Todo eso quedaba fielmente reflejado en las cartas que escribía a mis abuelos (…) Aun-que algunas cosas, las más difíciles de explicar, quedaron en el tintero. Ni a Toot ni a Gramps (abuelos maternos) les conté lo de la cara del hombre que llamó a la puerta de casa con un agujero abierto en el lugar donde tendría que estar su nariz, ni el sonido silbante que producía cuando le pedía a mi madre algo de comida.

 

Tampoco les escribí sobre el día que uno de mis amigos me dijo durante el recreo que su hermanito pequeño había muerto la noche anterior porque se lo había llevado un espíritu maligno que vino con el viento, ni del terror que por un instante se reflejó en los ojos de mi amigo antes de que se riera de manera extraña y me diese un puñetazo en el brazo para luego salir a todo correr. 

 

Había una mirada vacía en la cara de los campesinos el año que no llegó la lluvia, cuando deambulaban descalzos con la espalda encorvada por sus áridos y resquebrajados cam-pos, agachándose una y otra vez para desmenuzar la tierra entre sus de-dos; y su desesperación al año siguiente, cuando la lluvia duró todo un mes, desbordando el río y anegando los campos hasta que el agua, que corría a raudales por las calles, me llegaba a la cintura y las familias tenían que rescatar cabras, gallinas e incluso trozos de sus cabañas arras-tradas por la riada.

 

Estaba aprendiendo que el mundo era violento, imprevisible y, con frecuencia, cruel (…)

 

Hawai: desenfreno

 

Me serví una copa y paseé la mirada alrededor de la habitación: cuencas con migajas de pretzels, ceniceros a rebosar, botellas vacías que dibujan un skyline contra la pared. Fue una gran fiesta (…)

 

Me recosté en el sofá y encendí un cigarrillo, me quedé mirando arder la cerilla hasta que sentí un cosquilleo en la punta de los dedos y luego un pinchazo en la piel cuando la aplasté para apagar la llama (…) 

 

Pregunta: ¿Cuál es el truco? El truco consiste en no hacer caso del dolor (…) Eso fue lo que hice durante mis dos últimos años de bachillerato, después de que Ray se marchase a una universidad no sé dónde y yo me apartara de los libros, después de que dejara de escribirle a mi padre y él de contestarme. Había crecido cansado de intentar desenmarañar lo que yo no había enredado. Había aprendido a que nada me importara.

 

Lancé unos cuantos aros de humo mientras recordaba aquellos años. Los cigarrillos de mariguana ayudaban, y el alcohol; también una rayita de coca cuando podías permitírtela. Pero nada de heroína, aunque Micky, el tipo que me inició, me pareció que estaba deseando probarla. Se jactaba de que lo podía hacer incluso con los ojos cerrados, pero mientras lo decía temblaba como un motor defectuoso (…) 

 

“Pacheco”. “Mariguano”. Esa era la meta a la que me dirigía: a desempeñar el papel definitivo y fatal de joven aspirante a negro. Excepto que el consumo de droga no había sido motivado por nada de eso: yo, un hermano, intentando demostrar lo tirado que estaba. Al menos no por aquel entonces. Me drogaba justo por lo contrario, porque así evitaba preguntarme quién era, porque suavizaba el relieve de mi corazón y difuminaba las esquinas de la memoria.

 

Descubrí que no había diferencia alguna entre fumar mariguana en la nueva y reluciente furgoneta de un compañero blanco de clase, o en la habitación de la residencia universitaria de algún hermano que hubiera conocido en el gimnasio, o en la playa con una pareja de críos hawaianos que habían abandonado la escuela y ahora pasaban la mayor parte del tiempo buscando una excusa para armar bronca. 

 

Nadie te hacía preguntas sobre si tu padre era un ejecutivo ricachón que engañaba a su esposa o un tipo en paro que te pegaba cada vez que se dignaba volver a casa. Podías estar aburrido, o solo. Todo el mundo era bien recibido en el club de los descontentos. Y si el consumo de una dosis de droga no podía resolver lo que te hacía sentir mal, al menos haría que te rieras de la locura en la que se había metido el mundo y ver la hipocresía, la mierda y la moralidad de pacotilla.

 

Al menos eso era lo que creía por entonces. Tardé un par de años antes de ver cómo los destinos comenzaban a materializarse, las diferencias que podían establecer el color y el dinero, quién sobreviviría, o cuán dura sería la caída cuando por fin ocurriera. 

 

Pero claro, en ambos casos se necesitaba tener suerte. Justo lo que le había faltado a Pablo el día que no llevaba su licencia de conducir y se encontró con un policía sin nada mejor qué hacer que registrar el maletero de su coche. O a Bruce, que no encontró el camino de vuelta tras uno de sus muchos viajes de ácido y acabó en una granja de rehabilitación (…)

 

En cierta ocasión traté de explicar mi teoría a mi madre, el papel que jugaba la suerte en el mundo, la rueda de la fortuna. Ocurrió al comienzo de mi último curso en el bachillerato. Ella había finalizado su trabajo de campo y estaba de vuelta en Hawai. Ese día entró en mi habitación para enterarse de los detalles del arresto de Pablo. Le dirigí una sonrisa tranquilizadora y, acariciándole la mano, le dije que no se preocupara, que no cometería ninguna estupidez. 

 

Era una táctica que solía funcionar, otro de mis trucos: la gente quedaba encantada siempre que fueses cor-tés, sonrieras y no hicieses ningún movimiento sospechoso. Aunque más que encantada la gente quedaba aliviada: qué agradable sorpresa encontrarse con un joven negro tan bien educado que no parece estar siempre enfadado.

 

Sólo que mi madre no pareció quedarse encantada. Se sentó escrutando mis ojos, con una cara tan triste como si fuera a un funeral. 

 

–¿No crees que te estás tomando el futuro un poco a la ligera? –dijo. 

–¿Qué quieres decir?

–Sabes perfectamente lo que quiero decir. Uno de tus amigos ha sido detenido por posesión de drogas. Tus notas son peores. Ni siquiera has mandado tu solicitud para ingresar en la universidad. Y cada vez que intento hablar contigo, actúas como si yo fuera simplemente el Gran Hermano.

 

Era lo último que necesitaba oír. No es que fuese a suspender el curso. Empecé a decirle que había estado pensando que quizá no iba a seguir estudiando, que me podría quedar en Hawai, matricularme en algunas asignaturas y trabajar a tiempo parcial. 

 

Pero me interrumpió antes de que pudiera continuar. Me dijo que si me esforzaba un poco podría ir a cualquier universidad del país.

 

–¿Recuerdas lo que es eso? ¿El esfuerzo? Maldita sea, Bar, no puedes quedarte ahí sentado como un inútil “viva-la-virgen”, esperando a que la suerte llame a tu puerta.

 

–¿Un viva-la-qué?

 

–Un inútil “viva-la-virgen”, un vago.

 

La mire allí sentada, tan honesta, tan segura del destino de su hijo.

 

Para ella, la idea de que mi supervivencia dependiera de la suerte era una herejía; insistía en que yo tenía responsabilidades: ante ella, ante Gramps y Toot, incluso ante mí mismo. 

 

De repente sentí como si hubiera desinflado esa seguridad de un pinchazo cuando le dije que su experimento conmigo había fracasado. En lugar de gritar, me reí.

 

–Un inútil viva la virgen, ¿eh? Bueno, ¿por qué no? Tal vez es eso lo que espero de la vida. Quiero decir, fíjate en el abuelo. Él ni siquiera acabó el bachillerato.

 

La comparación tomó a mi madre por sorpresa. Su cara acusó el golpe, sus ojos vacilaron. De repente lo vi claro.

–¿Es eso lo que te preocupa –le pregunté–, que acabe como el abuelo?

 

En seguida negó con la cabeza.

–Tú ya tienes una educación mucho mejor que la de tu abuelo –dijo.

 

Pero la certeza acabó desapareciendo de su voz. En vez de insistir en el tema, me levanté y salí de la habitación (…) 

 

Sin embargo, me sentí mal después de aquella discusión; era el truco que mi madre siempre guardaba en la manga, la forma que ella tenía de hacer que me sintiera culpable. Y tampoco lo disimulaba.

 

–No puedes hacer nada para evitarlo –me dijo una vez–. Lo puse en tus primeras papillas. Pero no te preocupes –añadió mientras sonreía de oreja a oreja–, una saludable dosis de culpabilidad no hace daño a nadie. La civilización se ha construido sobre la culpa (…)

 

Chicago: activismo social

 

Puse mi informe de la tercera semana sobre la mesa de Marty y me senté mientras él lo leía.

–No está mal–dijo una vez que hubo terminado.

 

–¿No está mal?

–Sí: no está mal. Estás empezando a escuchar. Pero todavía es demasiado abstracto… como si estuvieras haciendo una encuesta o algo así. Si quieres organizar a la gente debes evitar las cuestiones periféricas e ir directo a sus corazones. A lo que les hace vibrar. De otro modo no conseguirás establecer la relación que necesitas para que se involucren.

 

Marty empezaba a ponerme nervioso. Le pregunté si nunca le había preocupado convertirse en alguien demasiado calculador, si la idea de sondear en la psique de la gente y ganarse su confianza simplemente para construir una organización no sería una manipulación. Suspiró.

 

–No soy poeta, Barack. Soy organizador comunitario.

 

¿Qué quería decir con eso? Me fui de la oficina de un humor horrible.

 

Más tarde tuve que admitir que Marty tenía razón. Todavía no tenía ni idea de cómo transformar lo que escuchaba en una movilización. Lo cierto es que fue casi al final de mis entrevistas cuando se me presentó una oportunidad única.

 

Fue durante una reunión con Ruby Styles, una señora corpulenta que trabajaba como directora de una oficina en el norte de la ciudad. Habíamos estado hablando de Kyle, su hijo adolescente, un chico brillante pero difícil que comenzaba a tener problemas en la escuela. Fue en este momento cuando ella mencionó el incremento en la actividad de las pandillas. 

 

A uno de los amigos de Kyle le habían disparado la semana pasada, dijo, justo enfrente de su casa. El chico estaba bien, pero ahora Ruby estaba preocupada por la seguridad de su hijo.

 

Presté atención: esto sonaba a interés común. Durante los días siguientes conseguí que Ruby me presentara a otros padres que compartían sus temores y que se sentían frustrados por la falta de respuesta de la policía. 

 

Cuando sugerí que invitásemos a la autoridad del distrito a una reunión de vecinos para que la comunidad pudiera manifestar sus preocupaciones, todos estuvieron de acuerdo; mientras hablábamos de cómo informar de la reunión, una de las señoras mencionó la existencia de una iglesia bautista en la manzana donde habían disparado al chico y que su pastor, el reverendo Reynolds, podría estar dispuesto a comunicárselo a sus feligreses.

 

Estuve una semana haciendo llamadas, y cuando por fin di con el reverendo Reynolds, su respuesta me pareció prometedora. Me informó que era el presidente de la alianza ministerial local (iglesias que se unen para predicar el evangelio social). Me dijo que el grupo celebraba al día siguiente su reunión habitual, y que estaría encantado de incluirme en el orden del día.

 

Colgué el teléfono lleno de entusiasmo y a la mañana siguiente, temprano, llegué a la iglesia del reverendo Reynolds. Dos mujeres jóvenes, vestidas con togas blancas y guantes, me recibieron en el vestíbulo y me acompañaron hasta una gran sala de reuniones, donde unos 10 ó 12 negros de cierta edad hablaban de pie, formando un círculo. 

 

Un caballero de apariencia particularmente distinguida se acercó a saludarme:

–Usted debe de ser el hermano Obama –dijo mientras estrechaba mi mano–. Soy el reverendo Reynolds. Llega justo a tiempo, estábamos a punto de empezar.

 

Nos sentamos en torno a una gran mesa y el reverendo Reynolds nos invitó a orar antes de darme la palabra. Controlando mi nerviosismo hablé a los ministros de Dios de la creciente actividad de las pandillas, de la reunión que habíamos planeado y les pasé unas octavillas para que las distribuyeran entre sus feligreses.

 

–Con su liderazgo –dije mientras iba entrando en el tema principal– éste puede ser un primer paso para la cooperación en todo tipo de asuntos. Arreglar las escuelas, devolver el empleo al barrio…

 

Justo cuando pasaba las últimas octavillas, un hombre alto, de piel tostada, entró en la habitación. Llevaba un traje azul de chaqueta cruzada y una gran cruz de oro sobre la corbata escarlata. El pelo estirado y peinado hacia atrás a la pompadour.

–Hermano Smalls, se acaba de perder una presentación magnífica –dijo el reverendo Reynolds–. Este joven, el hermano Obama, quiere organizar una reunión sobre el reciente tiroteo de las pandillas.

 

El reverendo Smalls se sirvió una taza de café y examinó atentamente la octavilla.

–¿Cuál es el nombre de tu organización? –me preguntó.

–Proyecto de Desarrollo de las Comunidades.

–Desarrollo de las Comunidades… –arqueó una ceja–.  Creo recordar a un blanco que vino para hablar sobre cierto tipo de desarrollo o algo parecido. Un tipo divertido. Tenía nombre judío. ¿Te has puesto en contacto con los católicos?

Le dije que algunas iglesias católicas de la zona se habían involucrado.

–Eso es, ahora me acuerdo –el reverendo Smalls tomó un sorbo de su café y se recostó en la silla–. Le dije a ese blanco que lo mejor que podía hacer era recoger sus bártulos y marcharse. No necesitamos nada de eso por aquí.

 

–Yo…

–Escucha… ¿Cuál es tu nombre? ¿Obama? Escucha Obama, puede que tus intenciones sean buenas. No me cabe duda. Pero lo último que necesitamos para resolver nuestros problemas es asociarnos a un montón de dinero blanco, a las iglesias católicas y a organizadores comunitarios judíos. No les interesamos. La arquidiócesis de esta ciudad está dirigida por racistas fríos como el mármol. 

 

Siempre ha sido así. Los blancos vienen aquí pensando que saben lo que es mejor para nosotros, contratan a un puñado de elocuentes hermanos, universitarios como tú, que no tienen ni idea de lo que están haciendo pero lo único que quieren es controlar la situación. Es todo una cuestión política, y a nuestro grupo no le interesa.

 

Tartamudeando dije que la Iglesia siempre había llevado la voz cantante a la hora de apoyar asuntos de interés comunitario, pero el reverendo Small negó con la cabeza.

 

–No lo entiendes –dijo–. Las cosas han cambiado con el nuevo alcalde. Conozco al comandante de policía del distrito desde que era un agente que patrullaba las calles. 

 

Todos los concejales de esta zona se han comprometido a potenciar la comunidad negra. ¿Por qué deberíamos protestar y seguir enfrentándonos a nuestra propia gente? Cualquiera de los que están sentados en esta mesa tiene línea directa con el ayuntamiento. Fred, ¿no habló usted con el concejal para conseguir permiso para su aparcamiento?

 

El resto de los presentes en la sala permanecía en silencio. El reverendo Reynolds se aclaró la garganta.

–Obama es nuevo en esto, Charles. Sólo intenta ayudar.

 

El reverendo Smalls sonrió y me dio unas palmaditas en el hombro. 

–No me malinterpretes. Como iba diciendo, sé que tus intenciones son buenas. Necesitamos sangre joven para que nos ayude con la causa. Lo único que intento decirte es que ahora estás en el lado equivocado de la batalla.