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Los Tudor

Después del enorme éxito obtenido por la cadena y productora HBO con Roma, se dice que la serie televisiva más cara de todos los tiempos y que por lo mismo sólo alcanzó su segunda temporada, desde el Primer Triunvirato de Pompeyo, Julio César y Craso hasta la gloria de Octavio Augusto, las grandes sagas se han convertido en un buen instrumento para promover el conocimiento popular de la historia.

Por Mario Saavedra / Revista Siempre!

Esta espectacular serie, en derredor de uno de los periodos más esplendorosos pero a la vez conflictivos de Roma, de su abortada República a su contrastante Imperio, con todo lo que ello implicó de luz y de sombra, según escribió alguna vez Toynbee, vino a corroborar que la televisión comercial puede tener un mucho más noble uso que el acostumbrado. Y para prueba un botón, pues por sus enormes ganancias e insospechado rating, por arriba de cualquier pronóstico, Roma nos permite suponer lo que está todavía por venir, ya que personajes tan contrastantes como Tiberio, Claudio, Calígula, Nerón y Adriano, otras veces consignados gracias a lo hecho por escritores como Robert Graves o Marguerite Yourcenar, tienen mucha tela de dónde cortar.

 

En este mismo tenor se encuentra Los Tudor, extendida y no menos espectacular serie sobre la famosa dinastía que con Enrique VIII alcanzó también uno de los momentos de mayor magnificencia y a la vez de oscuridad en la consolidación de la monarquía inglesa, creada para la televisión por Michael Hirst y producida por Peace Arch Entertainment para Showtime en asociación con Reveille Productions, Working Title Films y la Canadian Broadcasting Corporation. Rodada en Irlanda en formato de cine, la serie empieza cuando el heredero de la enorme fortuna acuñada por el primero de los Tudor (Enrique VII) se casa con Catalina de Aragón (hija menor de los reyes católicos Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, hermana de Juana la Loca, tía de Carlos V y viuda de Arturo, hermano mayor del mismo Enrique VIII y heredero natural al trono) y así se consolida una alianza determinante en la historia tanto de Inglaterra como de España, de Europa toda. En realidad se concentra en el brusco cambio de personalidad que va experimentando un joven monarca primero temerario pero inseguro, hedonista y más bien irresponsable, y a quien la imagen paterna de un rey popular e inquebrantable, de un Enrique VII trascendido por su obra pacifista y visionaria, lo va convirtiendo más bien en un rígido e intolerante estadista cuya megalomanía contrasta con la sensibilidad de un humanista finalmente marcado —antes reacio al cambio— por Lutero y la revolución de la Iglesia Anglicana, aun en contra del fuerte ascendente que sobre él había tenido Tomás Moro.

En el escenario aparece por supuesto Ana Bolena, hermosa dama de la reina Catalina e hija de un arribista noble y funcionario de la corona que ocasionará una hecatombe de notorias consecuencias en el curso de la historia de Inglaterra y de Europa, entre otras razones porque será la madre de una Isabel I que jamás dejará acceder al trono a su hermana Maria Estuardo —hija de Catalina y primera heredera natural— y con ello perpetuará la adhesión definitiva de su reino a la Iglesia Anglicana. Ambición, conflicto, traición, esta no menos famosa serie se ocupa del núcleo neurálgico de una Casa Tudor que gobernó Inglaterra por más de un siglo (1485-1603), y cuyo emblema era una rosa, la rosa Tudor, de diez pétalos, cinco blancos en el centro y cinco rojos en el borde exterior, simbolizando la unión de la Casa de York con la Casa de Lancaster y el fin de la guerra civil que ensangrentó la historia inglesa durante el siglo XV.

Otro personaje vital en la historia será el cardenal Thomas Wolsey, interpretado aquí extraordinariamente por el primer actor australiano Sam Neill, otrora quizá el interlocutor más poderoso en el reinado de Enrique VIII, y quien a sus ciegas vanidad y ambición sumaría una no menos creciente altanería —pasividad ante el reclamo de divorcio del rey con Catalina, para contraer nupcias con Ana Bolena— que terminó por llevarlo a la ruina.

Presente desde el gobierno de Enrique VII, este controvertido personaje aparece en el corazón de la historia de una dinastía entrelazada con los acontecimientos más importantes y dramáticos de la historia moderna de Europa y del mundo, pues bajo su gobierno comenzó la exploración inglesa de América.

Todos en casting, al rey le da vida el joven Jonathan Rhys-Meyers, estupendo en la construcción de un complejo retrato psicológico que muestra toda clase de estados de ánimo en un monarca que se decía era bipolar y murió auténticamente recluido en su propia pestilencia física ocasionada por la gota. En otros papeles de peso, Natalie Dormer como Ana Bolena, Maria Doyle Kennedy como Catalina de Aragón, Jeremy Northam como Tomás Moro, Nick Dunning como Tomás Bolena, James Frain como Thomas Cromwell, Gabrielle Anwar como Margarita Tudor y Henry Czerny como el duque de Norfolk.