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Malcolm Lowry: De la hermandad al odio

 

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz / Revista Siempre!

 

 

Seguirle los pasos a Malcolm Lowry no es una tarea sencilla, se requiere de la habilidad de un espeleólogo que desentraña pacientemente los intrincados laberintos forjados por el autor. La ruta a seguir en esta travesía que el propio Lowry habría llamado el viaje interminable, se apoya en la azarosa vida que llevó el escritor inglés y, claro está, en su incursión narrativa, poética y epistolar. En lo hecho por Lowry resulta complicado separar su producción literaria de su vida, argumento con el que quizás algunos académicos no estarán de acuerdo pero sí la mayoría de críticos que se han propuesto analizar los mundos contrastantes delimitados por Lowry. “Algunos de sus críticos más sagaces consideran que su realización más profunda es esa notable capacidad de proyectarse hacia el mundo y de dar después la vuelta, reflejando al mundo sobre sí mismo”, refiere su biógrafo Gordon Bowker autor de Pursued by Furies. A life of Malcolm Lowry (Perseguido por los demonios. Fondo de Cultura Económica, México, 2008).
 

Desde 1993, año en que el escritor y periodista inglés Gordon Bowker publicó Pursued by Furies. A life of Malcolm Lowry, lo hecho por Bowker se ha convertido en material indispensable para emprender un camino rumbo al caótico universo lowriano. Ya no sólo fueron necesarias las famosas cartas de Lowry que forman parte del libro El viaje que nunca termina. Correspondencia (1926-1957), sino que a esta azarosa travesía se sumó el ahínco de un activo investigador que dedicó el tiempo necesario para desentrañar los pasajes que conducen hacia ámbitos contrastantes: tanto al paraíso como al infierno que vivió el autor de Bajo el volcán (1947).
 

A Malcolm Lowry le gustaba decir que había llegado a Nueva York tan sólo con una playera de futbol y un ejemplar de Moby Dick. Además de la admiración que sentía por la obra de Melville, desde su juventud adoptó a escritores tutelares: Robert Holmes (cuyos cuentos causaron siempre admiración en él), P. G. Wodehouse (gran ejecutor del humor inglés), Rudyard Kipling (por sus magistrales relatos de aventuras); sin embargo, hubo un autor estadounidense que se convirtió en su maestro, amigo, y cómplice noctámbulo de interminables sobremesas: Conrad Aiken. Cuando Lowry leyó Blue Voyage, novela de Aiken, supo que se trataba de alguien capaz de crear en medio de un estado de angustia interior y de desasosiego. Tras su lectura, Lowry reconoció que “su obra cayó sobre mi psique herida… como un rayo”. Su curiosidad se acrecentó cuando descubrió que el nombre de Conrad Aiken era prácticamente desconocido en Inglaterra y que el libro que tanto admiraba había recibido una muy mala crítica, en donde lo consideraban como un pésimo imitador de James Joyce.
 

En ese entonces tenía 18 años, cuando su conciencia quedó cimbrada por la fuerza de un relato de gran intensidad psicológica y filosófica; su imaginación quedó arrobada y nunca pensó que con el tiempo su obra iba a ser más celebrada que la de su admirado mentor.
 

Arthur Lowry, el padre de Malcolm, costeó el viaje de su hijo a Boston, quien se dirigía a emprender unas clases con el autor vivo que más lo había impresionado. La sorpresa de Aiken fue que el joven inglés sabía de memoria pasajes vertidos en Blue Voyage, incluso Aiken sugirió con ironía que Malcolm conocía sus libros tan bien que debía haberlos escrito en otra vida. Para Lowry fue muy valioso tener a alguien que podría haber sido su padre, con quien conversaba libremente sobre sexo, literatura y, sobre todo, halló a un compañero de interminables y arriesgadas juergas. En cierta ocasión, Aiken le escribió a su amigo Robert Firuski sobre su amistad con el joven inglés: “Lowry es un tipo simpático, pero increíblemente sucio, desordenado y desvalido. Escribe extraordinariamente bien y sin duda debe hacer algo. Es buena compañía, también… aunque… un poco vago”. Años más tarde, Bowker descubre en la autobiografía de Aiken, Ushant, el plan malévolo del narrador estadounidense: “Decidió experimentar con Lowry, haciéndolo una extensión de su propia conciencia”.
 

Tras el primer acercamiento con Aiken, Lowry salió de Nueva York con dirección a Liverpool. Cumplió su deseo: viajó en el barco de vapor Cedric, en donde Aiken escribió Blue Voyage. Así transitó en el imaginario Pequod para, al igual que el capitán Ahab, encontrarse con su ballena blanca.
 

Deslumbrado por el talento de Aiken, motivado por la fuerza narrativa del noruego Nordhal Grieg, autor de la novela Skibet Gaar Videre (La nave sigue adelante) y, por supuesto, bajo la influencia de Melville, Lowry emprendió la escritura de Ultramarina. Aiken leyó el manuscrito y juzgó duramente a su condiscípulo: “Esto es un plagio”. Aseguraba que Lowry había tomado cosas descaradamente de su Blue Voyage.
 

Y el parricidio quedó sentenciado

Otra anécdota interesante es la ocasión en que el tutor le dijo a su alumno que se proponía reinventarlo, y en ese preciso instante emergió la bravura y rebeldía del joven Lowry, más seguro de sí mismo. El discípulo reviró diciendo que absorbería a Aiken hasta el punto de la aniquilación y de esa manera el parricidio quedó sentenciado.
 

El primero de abril de 1933, Lowry realizó un viaje de Tilbury a Gibraltar, a bordo del Ormonde, en compañía de Aiken, su esposa Clarissa y del escritor Ed Burra, quien rivalizaba con Lowry por la amistad de su tutor. Lowry se llevó las pruebas de Ultramarina, el Ulises, su ejemplar de La nave sigue adelante y su inseparable ukelele. Durante ese recorrido por España conoció a su primera mujer, la actriz y escritora Jan Gabrial. Relata Bowker que Aiken se había fijado en la belleza de Jan Gabrial, pero finalmente Lowry se quedó con ella. Esta situación, acaso ignorada por Lowry, hizo que Aiken guardara cierto rencor hacia la mujer de su alumno.
 

Los Lowry se casaron en París. Vivieron en varias ciudades de Estados Unidos. A finales de 1935 se encontraron con Waldo Frank, un intelectual de izquierda, que los animó a conocer México. Jan y Malcolm arribaron al puerto de Acapulco el 30 de octubre de 1936, aunque en realidad a él le agradaba recordar que fue el Día de Muertos, fecha en la que transcurre Bajo el volcán.
 

México fue para Lowry el lugar que inspiró su gran novela, pero también el sitio donde probó el tequila y el mezcal. Así, entre la pluma y el alcohol, transcurrió la vida del escritor. Conocer México del brazo de Lowry es descender a un universo marginal, etílico y voraz, es como estar en un sitio lleno de contrastes: ver el mar y el bosque, experimentar la calma y el estallido de la conciencia, hablar con Dios y, al mismo tiempo, llegar a un escenario infernal.
 

No fue sino hasta ocho años después de su amistad con Aiken, cuando el narrador estadounidense visitó al matrimonio Lowry en su casa de Cuernavaca, que Malcolm se dio cuenta de lo perturbado que estaba su viejo maestro. Según refiere Edward Butscher, autor de Conrad Aiken. Poet of White Horse Vale, a la edad de nueve años poco le faltó a Aiken para que presenciara la muerte de sus progenitores. Estando en la recámara de al lado, presa de un arranque de celos, su padre le dio dos balazos a la madre y después se quitó la vida con la misma arma. Aiken encontró los cadáveres ensangrentados y culpó a su madre de la tragedia. A partir de ese momento, “empezó a ver a todas las mujeres como rameras indignas de confianza, y pasó el resto de su vida vengándose, humillando cruelmente a cuanta mujer pudo”. La presencia de Aiken, con su nueva esposa Mary y Ed Burra, se convirtió en la peor pesadilla para Jan. Aiken odiaba México; sin embargo, la estancia con su amigo Lowry le convenía económicamente mientras lograba divorciarse de su anterior esposa. Como era de esperarse, la relación entre Lowry y Aiken se fue empañando, pasó de la hermandad al odio. Mientras Aiken escribía su novela A Heart for the Gods of Mexico, en donde no perdió la oportunidad de incluir a Lowry como el ridículo y amable Hambo; Lowry se ocupaba de la redacción de Bajo el volcán, y el Cónsul, su protagonista, cada vez adquiría más rasgos de Aiken.
 

En una carta a Jan, Lowry reconoce el otro rostro de su amigo: “Finge la más estrecha amistad conmigo y su admiración a mi obra, pero en secreto sufre de envidia, de falta de razón o de amargura, pero la única medida de nuestra relación es la inconmensurable malicia de su odio; pero odia también la vida. Es la miseria convertida en maldad…”.

 

No sólo el alcohol se convirtió en un demonio que hostigó a Malcolm Lowry, también lo fue su antiguo maestro y amigo Conrad Aiken.