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Televisa-Univisión, la guerra de telenovela

 

Por Jenaro Villamil / Revista Proceso



MÉXICO, D.F.,  (apro).- Un nuevo capítulo en el matrimonio por conveniencia que firmaron en los noventa Univisión y Televisa, los dos gigantes de la televisión de habla hispana, está a punto de desembocar en un verdadero culebrón, al estilo de Las tontas no van al cielo y sin el sentido del humor de Betty, la fea. Por supuesto, ninguno de los protagonistas está Destilando amor.

En el fondo, se trata de la disputa por el mercado más importante -en términos publicitarios y de crecimiento- de audiencia en la televisión norteamericana: la población hispanoparlante. Por lo menos 26% de esta comunidad de 40 millones de personas -la mayoría de origen mexicano- se ha convertido en un sector de alto poder de compra. Y son los latinos de segunda generación los que tienen las tasas de crecimiento en consumo y aprovechamiento más altas del país.

La historia del melodrama se remonta a los orígenes de la incursión de Televisa en el mercado norteamericano. La empresa de los Azcárraga siempre visualizó su mayor crecimiento en el país vecino. Sin embargo, Emilio El Tigre Azcárraga se equivocó de socios, quiso tratar a sus trabajadores de Spanish Internacional Network (SIN, el origen de Univisión) como lo hacía en México y siempre tuvo el candado legal de la nacionalidad para poseer el control directo de una cadena televisiva en suelo yanqui.

Amo y señor de los favores políticos en México, El Tigre pretendió construir en territorio norteamericano un monopolio a escala de lo que es Televisa en México, pero el sistema estadounidense no era igual al PRI ni el presidente norteamericano podía intercambiar favores por lealtad. Azcárraga tuvo que buscar socios y ceñirse a las reglas del juego en territorio americano.

La sociedad más exitosa fue con Joe Perencchio para fundar Univisión en 1986, año en el que SIN cambió de nombre. El esquema no sonaba mal: ante la imposibilidad legal de que Azcárraga tomara el control, Perencchio fue la cara legal, administró la compañía y Televisa suministró los contenidos fundamentales para ganar rating y publicidad. Los Azcárraga tuvieron el 11% de las acciones de Univisión y firmaron en 1992 un contrato de exclusividad para proveer contenidos hasta el 2017. 

Gracias a las telenovelas y a otros programas del corte típico de Televisa, Univisión alcanzó el 65% del control de la audiencia hispana en Estados Unidos y se convirtió en la cuarta cadena televisiva más importante -después de NBC, CBS y ABC. Su competencia, Telemundo, adquirida después por General Electric-Universal-NBC, no pudo sobrepasar el 27% de las audiencias hispanas.

En 2004, Emilio Azcárraga Jean, El Tigrillo, decidió que la sociedad con Perencchio era más benéfica para la parte norteamericana que para Televisa. Buscó adquirir un control mayor de Univision, a pesar del candado de la Comisión Federal de Telecomunicaciones (FFCC), que le impide a un extranjero tener más de 25% de las acciones de una industria estratégica, como es el caso de los medios de comunicación masiva.

Adquirió una residencia en Miami con miras a tener la nacionalidad estadounidense e intentó nombrar a Bernardo Gómez, su hombre de confianza, como presidente y director ejecutivo de Univision.

El "factor Bernardo" se convirtió en parte sustancial del melodrama. Hubo una revuelta interna en Univisión y Perencchio decidió nombrar a Ray Rodríguez en lugar de Gómez, desafiando al Tigrillo. 

La ruptura sobrevino en febrero de 2005, cuando Azcárraga Jean demandó a Perencchio en una Corte de California, por al menos 1.5 millones de dólares, por supuesta violación de contrato en el pago de regalías y el pago de 115 millones de regalías por los espectáculos, telenovelas y transmisiones deportivas que Televisa provee a Univisión.

En paralelo, Perencchio decidió poner a la venta su participación accionaria -de más de 50%- en Univisión. En junio de 2006, en pleno proceso electoral en México, Televisa recibió un duro golpe: perdió la posibilidad de comprar Univisión ante la oferta de 12,300 millones de dólares que presentó un grupo capitaneado por Haim Saban, creador de los Power Rangers, y un conglomerado de fondos de inversión.

Televisa siguió adelante con la demanda presentada en 2005 y con el proceso de venta del 11% de sus acciones en Univisión. En abril y en julio de 2008 se suspendió en dos ocasiones el juicio, pero ahora, 6 de enero de 2009, el desenlance del divorcio comienza a escribirse.

Televisa alega que Univisión le debe 118 millones de dólares -de los que a regañadientes le han pagado 8 millones de dólares-, más 80 millones de dólares por daños y perjuicios por comerciales no vendidos que fueron usados por subsidiarias de Univisión.

Si la televisora estadounidense pierde, no sólo deberá pagar, sino que se anulará el contrato de exclusividad hasta 2017, con lo que Televisa puede destinar sus 8 mil horas de programación anual a otra televisora en Estados Unidos. Y todos los observadores apuntan a que ese posible beneficiario sería Telemundo, la cadena rival de Univisión.

Telemundo y Televisa se convirtieron en socios después de un frustrado intento de la empresa de General Electric por adquirir en México la "tercera cadena" televisiva. Pudo más el veto y la bota de Televisa que la aspiración de Telemundo. 

El desenlace de este melodrama puede ser mucho más complicado del que ambas partes esperan. Sobre todo porque no está en juego la calidad de los contenidos, sino el control de las audiencias y del rating, en medio de secretos empresariales que, como los secretos de familia, comenzarán a ventilarse como en un final de telenovela.

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