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Todos somos el Quijote


Irma Ortiz entrevista a Manuel D’Rugama

Revista Siempre!

 

Luego de 15 años el pintor Manuel D’Rugama tuvo un reencuentro con la revista Siempre!, al ser, por segunda ocasión, autor de la portada conmemorativa, en esta ocasión del 56 aniversario del semanario. En 1994 dio vida al Quijote que cabalga al amanecer, donde aparece el Caballero de la Triste Figura saliendo de un libro, observado por su inseparable compañero Sancho Panza. El Quijote de este aniversario representa más al Caballero de la Triste Figura que todos llevamos dentro y que busca trascender en el tiempo.

El autor nacido en Guadalajara, Jalisco, y quien estudiará ingeniería en sistemas —carrera que abandonó para convertirse en artista plástico—, es hoy más que nunca un superviviente con un enfoque más humanista de lo que significa nuestro paso por la vida. Su técnica y estilo surrealista lo caracterizan con una gran maestría en la técnica de las veladuras. Sus trabajos resaltan por ser uno de los primeros pintores en realizar un cuadro sin marco, pues considera que la obra debe sobresalir por sí misma y que se reflejan en nuestra portada de este aniversario. 
 

Su visión de El Quijote
 

“El cuadro lo manejó en tres dimensiones: en la primera, nosotros estamos como espectadores fuera de la obra; en la segunda, el Quijote está narrando el cuento y lo vemos como parte de ese sueño, es una dimensión donde el Quijote y Sancho no tienen color porque son el inicio de la historia, y en la tercera es cuando uno entra al lado del cuadro que tiene color, es cuando cobra vida la aventura del Quijote en uno de sus pasajes culminantes, la lucha contra los molinos de viento.

Lo manejo en esas tres dimensiones y por eso tiene la cuerda que como en el caso del cuento de Hansel y Gretel, nos lleva de la realidad a la irrealidad, donde sobresalen incluso las aspas del molino, porque aunque es una fantasía tiene vida y es donde todos nuestros sueños funcionan.

El pasaje de la lucha contra los molinos de viento es desde mi punto de vista el más impresionante. Es la lucha contra los gigantes, la lucha contra algo que no se puede dominar, que es la fuerza del viento, tan elemental y a la vez tan destructiva. La dualidad del ying-yang, todo lo positivo y negativo que nos da la vida, pero que a la vez nos recuerda nuestra situación de seres humanos, incapaces de enfrentar las fuerzas de la naturaleza.

Hoy contamos con todos los adelantos tecnológicos, pero somos incapaces de controlar los vientos, el agua, que cuando llega un huracán todo lo arrasa.

Los seres humanos somos así de frágiles, no podemos sobrevivir a la fuerza de la naturaleza que siempre hemos buscado controlar, sin lograrlo. El Quijote habla de lo positivo y de lo negativo, habla del heroísmo, de las tradiciones pero también rompe con ellas, va de un lado a otro, del blanco al negro. El oyente es su fiel Sancho, al que le narra sus aventuras y nosotros, como observadores, vemos cómo le cuenta esa historia en blanco y negro.

Entonces, comenzamos a imaginar cómo es la batalla, podemos ver muy tenuemente entre las aspas del molino, la cara del monstruo, se le ven los dientes. Quiero imaginarme que así lo veía el Quijote, alguien que lo ataca y él no puede defenderse porque como seres humanos somos tan frágiles y tan endebles que en muchas ocasiones acabamos en la primera batida.

Para mí, el Quijote es ese ser humano que cuenta sus historias pero al tratar de realizarlas, en ocasiones, se ve imposibilitado de hacerlo y sólo se quedan en sueños que trata de llevar al máximo. Con el transcurrir del tiempo, por la edad, ya no las puede desarrollar, especialmente cuando esos sueños son más ambiciosos, ya no ansiamos una bicicleta o una casa sino queremos más y eso a veces es imposible y entonces se los transmitimos a nuestros hijos o a quienes nos escuchan.

Así, el Quijote buscaba que Sancho guardara sus memorias, que trascendiera, que no se perdiera la tradición y a la vez Sancho era el portador de las aventuras del señor que presentaba batallas, que iniciaba una serie de sueños. Hoy existen muchos Quijotes que caminan por esas carreteras o en esos pueblos y que reavivan valores y costumbres que son importantes y que vamos a dejarle a nuestros hijos.
Yo fui muy rebelde cuando era joven, era un Sancho, y mi padre era el Quijote, yo decía: “mi papá está loco”, pero cuando hacía sus obras pensaba no es posible lo que veo. No lo tomé en cuenta, pero cuando me casé y formé una familia me di cuenta que me empecé a convertir en ese Quijote, a pesar de lo avanzado o rebelde que me sentía, caí en lo mismo. Hoy los jóvenes son esos Quijotes del futuro, tal vez más simplificados y con otra simbología más directa.

La historia vuelve a repetirse una y otra vez, no podemos eludirla. A pesar del tiempo, el ser humano es el mismo, con los mismos anhelos, las mismas inquietudes y carencias, lo único que cambia es la ropa, la tecnología, pero somos finalmente los mismos ambiciosos, destructivos y a la vez progresivos e inclusive románticos. Como los romanos, necesitamos ver sacrificios para ser mejores, si lo vemos a la distancia lo necesitamos porque a través de las desgracias logramos resultados positivos. Necesitamos esa serie de evoluciones.