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¿Debate por la salud o por el Estado?

 

 

Por Carlos Guevara Meza / Revista Siempre!

 

 

 

Desde su campaña electoral Barak Obama manejó la propuesta de una profunda reforma al sistema de salud de Estados Unidos. Con la idea de que así evitaría la utilización de su persona en contra de la propuesta, el presidente se limitó a establecer los parámetros de la reforma que apoyaría, dejando la responsabilidad a los legisladores de armar la ley. Todo indica que se equivocó en ello, pues ya antes del receso de verano en el Congreso, los representantes y los senadores habían propuesto cuatro versiones de ley, ninguna de las cuales satisface a todos los actores involucrados, mientras que el Partido Republicano no ha dejado de utilizar el tema para atacar a Obama con argumentos que rayan en lo absurdo, como que este sería el primer paso para establecer el socialismo en Estados Unidos; o la ex candidata a la vicepresidencia, Sarah Palin, que tildó la reforma de “orwelliana”, mientras el periódico Investors Business Daily de Los Ángeles publicó en un artículo que “personas como el científico Stephen Hawking no tendrían oportunidad en el Reino Unido, donde el NHS (Sistema Nacional de Salud) determinaría que la vida de este hombre brillante no tiene valor alguno debido a sus impedimentos físicos”, en referencia al modelo de salud pública británico que Obama supuestamente busca copiar. Dicho sea de paso, Hawking vive en Gran Bretaña y, según sus propias palabras, debe su vida al NHS.

El debate casi desde el principio ha dejado de lado el tema de la salud para centrarse en cuestiones políticas e ideológicas, como cuál debe ser el grado de intervención del Estado en la sociedad, si esto es un ataque al libre mercado, o si se busca ofrecer servicios médicos a los indocumentados, por no hablar de que los republicanos ven en esto una oportunidad de derruir la presidencia de Obama por completo. Curiosamente no son las empresas aseguradoras, los hospitales o los médicos los que más se oponen a la reforma, o sólo cuestionan algunas partes de la misma. 

El problema de todas formas está ahí: Estados Unidos es prácticamente el único país desarrollado que no tiene un sistema de salud pública propiamente dicho, sólo algunos programas asistenciales que proveen servicios médicos a jubilados, pobres y discapacitados. Las aseguradoras muchas veces rechazan clientes con enfermedades preexistentes, o se niegan a renovar pólizas a quienes contraen males graves. Además el tan defendido asunto del libre mercado no ha sido tan eficiente como se predica: las primas de seguro médico han aumentado el doble en 9 años, así como también aumentan los costos de hospitales y medicinas. Casi la mitad de las bancarrotas que se declaran en el país tienen que ver con personas que no pueden pagar sus facturas médicas, y esa libertad de mercado tampoco beneficia al “contribuyente” pues los subsidios que debe otorgar el gobierno federal más el pago de los servicios que brinda directamente implican el 16 por ciento del PIB, el doble de la media de los otros miembros de la OCDE.

Los criterios manejados por el presidente Obama para su reforma son la reducción de costos generales del sistema, dar cobertura universal de salud y asegurar que los servicios sean accesibles para todos. Esto último ha significado la propuesta de la llamada “opción pública” para aquellas personas que no puedan costearse un seguro médico, es decir, que el Estado directamente provea los servicios, pero esto es cuestionado por los conservadores que piensan que generaría una competencia desleal con las empresas privadas. Ante el atorón, Obama decidió jugársela al todo por el todo y el pasado 9 de septiembre asistió al Congreso a defender personalmente la iniciativa. Sólo el futuro podrá decir si fue un error o no. Por lo pronto, el discurso casi no logró arrancar ningún aplauso de la bancada republicana, generó algunas risas irónicas e incómodas y hasta hubo un congresista que lo interpeló de mala manera.