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Antipodas Norteamericanas

 

 

 

 


 

Dos candidatos, dos temperamentos, dos visiones del mundo y de su propio país. John McCain y Barack Obama enfrentados en una elección que revela el choque entre formas totalmente distintas de pensar, actuar, encarar los profundos problemas de Estados Unidos y resolverlos.

 

por Denise Dresser / Revista proceso

 

La experiencia vs. la esperanza; la continuidad vs. el cambio; la apuesta a la intuición vs. la apuesta a la razón. El guerrero que fue a Vietnam corriendo contra el profesor que nació cuando la guerra apenas comenzaba. El senador enardecido y enojado corriendo contra el senador que diagnostica los problemas pero no se altera ante ellos. La dinámica reciente de la elección estadunidense ha ahondado la diferencia entre los candidatos; ha hecho más visible la distancia entre sus estilos; ha puesto de relieve las antípodas norteamericanas.

 

Hasta hace un par de semanas, la carrera parecía pareja. A pesar de la impopularidad de George W. Bush y el clima creciente de oposición a su gobierno, McCain había logrado crecer, avanzar, colocarse de manera competitiva en la contienda. Su elección de la popular gobernadora de Alaska, Sarah Palin, como compañera de fórmula fue una táctica brillante que viró momentáneamente la marea en su favor. Con su dinamismo, combatividad y credenciales conservadoras, Palin logró proveerle de energía a una base republicana poco entusiasmada con la opción McCain. Hasta hace diez días, ambos fueron capaces de cambiar los términos del debate político hacia temas culturales y sociales que movilizan al ala ultraconservadora de su propio partido: el aborto, el creacionismo, la intrusión del gobierno y cómo acotarlo. Con Palin de la mano, McCain se erigió en defensor de mainstream America, de la gente común y corriente, de los que ven a Obama como un intelectual-liberal-elitista más.

 

Pero de pronto sobrevino la crisis de Wall Street y cambió -nuevamente – el contexto en el cual ambos hombres se desenvuelven. Y a partir de ese momento, McCain mostró lo peor de sí mismo: la impulsividad, la tendencia a tomar decisiones in promptu, el énfasis en la acción por encima de la reflexión, la propensión a hablar antes de pensar. Y las posiciones que asumió se revirtieron en su contra. El llamado a despedir al principal regulador financiero y el anuncio de que suspendería su campaña electoral para ayudar con el plan de rescate contribuyeron a crear la impresión de un hombre impetuoso, poco disciplinado. Su declaración inicial de que "los aspectos fundamentales de la economía estadunidense son fuertes" se vio desmentida por los eventos de los últimos días. Ambos episodios evidenciaron la manera disfuncional con la cual enfrentaría problemas y momentos críticos: lanzándose como gladiador al ruedo sin haber calibrado con seriedad sus posibilidades reales de ganar allí.

 

Obama también se reveló tal cual es: calmado, serio, distante, con poca predisposición a actuar sin haber tomado en cuenta una multiplicidad de perspectivas y de posiciones. McCain denunció la avaricia de Wall Street mientras que Obama convocó a los principales economistas de su país para solucionar los problemas que aquejan al sistema financiero. McCain gritó mientras Obama reflexionó. McCain reaccionó de manera visceral mientras que Obama mantuvo una posición cerebral.  McCain se presentó como un hombre de acción y Obama como un hombre más cauteloso. Y ante los años de Bush, caracterizados por un estilo de liderazgo basado en las convicciones y en los instintos, más que en la apreciación realista del entorno, McCain parece como una continuación de más de lo mismo.

 

Por ello las encuestas revelan que, hoy por hoy, Obama está en mejores condiciones de ganar la elección que su rival, sobre todo por lo que está ocurriendo en los llamados swing states.  Más de un millón de personas ha contribuido a su Campaña, a veces con cantidades infinitesimales pero simbólicas, como la mujer que le entregó un cheque por tres dólares. Quienes no salían a votar -particularmente los jóvenes- ahora dicen que lo harán. Quienes nunca habían apoyado públicamente a un candidato -el caso de Oprah Winfrey- ahora se suman a la campaña en su favor. Quienes se sintieron algunas vez motivados por Kennedy ven ahora en Barack a la persona capaz de recoger la antorcha que el presidente asesinado dejó tirada aquella tarde en Texas. Ante la tiranía de la política tradicional, Obama enarbola lo que llama "la audacia de la esperanza". Esperanza nacida del amor improbable entre su madre blanca y su padre africano, como escribe en su autobiografía Dreams from my father. Alimentada por las oportunidades que le dio el país en el cual creció. Reforzada por el lugar al que ha ascendido hoy un candidato improbable que se describe a sí mismo como "un chico flaco con un nombre raro que cree que América tiene un lugar para él, también". 

 

En el debate entre los candidatos vicepresidenciales, Joe Biden insistió en que esta elección será la más importante en los últimos 50 años y tiene razón. Hay mucho en la balanza: la permanencia de un estilo y una forma de usar al gobierno que ha llevado a Estados Unidos a una de las peores crisis de su historia, o la oportunidad histórica de trascender el pasado. La continuidad con políticas públicas que han debilitado tanto la economía como la credibilidad de Estados Unidos en el mundo, o una manera distinta de hacer las cosas. Porque Barack Obama gobernaría de una forma con pocos precedentes en la historia de Estados Unidos. Quizás sólo sería comparable con algunos presidentes verdaderamente transformadores como lo fueron Andrew Jackson y Theodore Roosevelt, quienes dejaron huellas profundas y marcas que determinaron el destino de la nación. Obama llevaría the bully pulpit -el púlpito de la presidencia- a un nuevo nivel. Ante cualquier atorón legislativo, convocaría a la ciudadanía a presionar a sus representantes para ponerse de acuerdo. Ante la parálisis divisoria apelaría a la unidad postpartidista. Ante la inacción de la clase política tradicional, recurriría a la movilización de personas que por primera vez sentirían que hay algo en juego. 

 

Y todo esto implicaría un cambio profundo en la democracia estadunidense; quizás la volvería más profunda, más densa, más participativa, menos confrontadora. Obama se concibe como el candidato catalizador capaz de sumar en vez de restar; capaz de remontar los pleitos partidistas en vez de resucitarlos; capaz de restaurar la fe en el gobierno y conectarlo de nuevo con la población; capaz de usar su intelecto y su temperamento para remontar una crisis que -paradójicamente- podría llevarlo a la presidencia.