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¿Un zapatazo? Poca cosa para un criminal


Editorial revista Siempre!

 

El zapatazo del primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de la URSS Nikita Jruschov dejó de ser el más sonado de la historia moderna, para dar paso al del periodista iraquí Muntader al-Zaidi, quien repudió así la política exterior de George W. Bush y la invasión de Irak por parte de tropas norteamericanas.
 

Bajo el actual contexto internacional, el zapatazo de Jruschov tiene un significado no sólo distinto, sino menor frente a lo que se atrevió a hacer un periodista desconocido contra el jefe de Estado más poderoso del planeta, quien además de haber ordenado una de las guerras más crueles e inútiles, ha llenado de cárceles y centros de tortura a Irak.
 

Pero Bush es un político con suerte o con un poder tan ilimitado que, a diferencia de Richard Nixon, no ha tenido un Watergate que lo enjuicie y lo exhiba públicamente como uno de los mandatarios más corruptos y sanguinarios que ha tenido Estados Unidos. El Premio Nobel Joseph Stiglitz revela que los fraudes financieros cometidos por los amigos, socios y colaboradores del mandatario es de aproximadamente 10 billones de dólares. Hecho que ha incidido en los orígenes de la crisis que hoy enfrenta la humanidad entera.
 

Bush ha quebrado los cimientos económico-financieros de su país. Y ha roto, por igual, los pilares morales de un imperio que se ha jactado frente al mundo de ser el emblema de la democracia y la defensa de los derechos humanos. Un parlamentario de Bagdad ha detectado la existencia de 426 centros de detención secretos donde las fuerzas de ocupación, en complicidad con las autoridades iraquíes, humillan y torturan lo mismo a prisioneros de guerra que a mujeres, hombres y niños que, de acuerdo a testigos, han sido arrancados brutalmente de sus hogares.

 

Apenas el 24 de octubre, el funcionario de la ONU Manfred Nowak, encargado de investigar casos de tortura en Irak, dijo que estaba esperando que llegara a la Casa Blanca el nuevo presidente de Estados Unidos, Barack Obama, para ver si Washington le autorizaba visitar las prisiones donde se mantienen detenidos a miles de iraquíes sospechosos de estar involucrados en actos terroristas contra las tropas norteamericanas.
 

Ni la ONU, ni nadie, ha logrado convencer al gobierno norteamericano de que cumpla con las leyes internacionales mínimas en materia de derechos humanos y abra las cárceles a observadores para constatar que los presos no son torturados.
 

Todo esto explica el significado de las palabras que pronunció el periodista Muntader al-Zaidi al lanzarle sus zapatos a Bush: “¡Este es un beso de despedida, perro! Esto es por las viudas, los huérfanos y todos los muertos en Irak”.
 

Aunque Obama ya se adelantó al zapatazo anunciando el cierre de la cárcel de Guantánamo, la pregunta es qué más va a hacer para reconstruir la deteriorada imagen de su país. ¿Cómo va a lograr borrar de la mente del mundo las imágenes que constaron el trato brutal y despiadado ordenado por el ex secretario de Defensa Donald Runsfeld en la prisión de Abu Ghraib?
 

La experiencia de Estados Unidos en Irak provocó una terrible mutación en la potencia. Nadie puede negar que se ha convertido en un poder sádico. Las repercusiones han llegado al terreno del arte donde un pintor, como Botero, lo denuncia a través de esculturas y los grupos de rock se unen para demandar a los militares estadounidenses que dejen de tocar sus canciones en los centros de detención.

Los encargados de torturar prisioneros acostumbran amplificar el sonido y repetir durante veinte horas al día la misma canción a fin de provocar desesperación entre los prisioneros.
 

Los polvorientos y gastados zapatos de Al-Zaidi han pasado a la historia. Ante la opinión pública mundial se han convertido en un símbolo de valor y dignidad. Lástima que con todo y que son del número 10 —como lo dijo el cínico Bush— no sean suficientes para enjuiciar a uno de los criminales más grandes de la historia.