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Barack Obama y Hillary Clinton

 

 

Por Marta Lamas / Revista Proceso 

Hillary Rodham Clinton ha sido nombrada secretaria del Departamento de Estado por Barack Obama. Véase por donde se vea, la designación suscita entusiasmo: por lo que Hillary representa y por la congruencia de Obama. Esta lección política ejemplifica la estrategia de Obama, resumida en una frase: "Necesitamos un futuro con más socios y menos enemigos". Es muy alentador ver cómo Obama incorpora a su rival de ayer en lugar de congelarla en el olvido. Es indudable que este acierto cerrará las heridas abiertas entre sus seguidores durante la feroz competencia por la candidatura demócrata. La inteligencia de convertir a su rival en socia principalísima le redituará con creces a Obama, pues capitalizará los importantes y poderosos apoyos que Hillary trae consigo. Seguramente ella aprovechará su fama y posición para poner en la agenda política los temas que le importan, entre los que destacan los derechos de las mujeres. Con esta jugada de altura empieza a tomar forma la esperanza de Obama de un "nuevo amanecer" en las relaciones de su país con el mundo entero. Además de mostrar la importancia de reconstruir alianzas, su gesto augura una nueva manera de hacer política, muy distinta a la cerrazón ignorante y autoritaria de su predecesor. 

El hecho de que Obama haya dado a Hillary Clinton un lugar relevantísimo, con todo lo que esto significa de confianza política y reconocimiento, va en sintonía con su declaración de que, para conformar su equipo, quiere personas distintas a él y con opiniones fuertes. También pone en evidencia la alianza política que ambos han tenido en otras ocasiones. Antes de la durísima confrontación en busca de la candidatura demócrata, Hillary y Obama habían trabajado juntos en un tema que a los dos les importa muchísimo: la salud. 

Aunque Estados Unidos ocupa el primer lugar en el mundo en gasto médico, por la investigación médica y la creación de nuevas tecnologías, está muy por abajo en atención médica al ciudadano común y corriente. El negocio de la medicina y los seguros médicos cada vez más caros han convertido la atención médica en el privilegio de unos cuantos y en un infierno para la mayoría. Cuando Bill Clinton fue presidente, Hillary propuso una sustantiva reforma al sistema de salud. Brutalmente criticada por extralimitarse en sus funciones de primera dama, Hillary tuvo que replegarse. Sin embargo, no abandonó su sueño de ampliar la cobertura, mejorar la atención, bajar el precio de los servicios, dar a los pacientes el control sobre su historia médica, reducir las cuotas de los seguros y otras cuestiones fundamentales. 

Poco después, ella y Barack Obama denunciaron la excesiva judicialización de los conflictos entre médicos y pacientes, y juntos presentaron la propuesta de ley S. 1784, titulada Medical Error Disclosure and Compensation (Medic) Act, donde planteaban abordar los problemas de negligencia médica con una política de reconocimiento de los errores cometidos y mediante una compensación razonable al paciente sin necesidad de litigio. Es poco probable que Obama y Hillary puedan echar a andar su anhelada reforma del sistema de salud, pues tienen en contra no sólo la recesión sino, sobre todo, a las poderosas y voraces compañías farmacéuticas y aseguradoras que se defienden a dentelladas de una posible reducción de sus ganancias. Sin embargo, hay mucho por hacer para la estupenda mancuerna Obama/Clinton. 

Por lo pronto, la designación de Hillary permitirá desplegar su capacidad política para fortalecer la propuesta del presidente electo. El New York Times (1 de diciembre de 2008) subrayó que la senadora Clinton está altamente calificada para ese puesto: su background político y sus habilidades personales la han convertido en una figura internacionalmente respetada. Es una diplomática nata y ha estado en más de 80 países, no sólo en encuentros oficiales con líderes políticos, sino también en visitas a pueblitos y clínicas en lugares remotos y pobres. Su lealtad con Israel es valorada como un asunto tanto negativo como positivo: al mismo tiempo que puede generar desconfianza en el mundo árabe, le da credibilidad para plantear a Israel ciertas soluciones difíciles con el fin de alcanzar la paz en la región. Lo único que se atisba como complicado es el papel que su marido puede llegar a tener, sobre todo por conflictos de interés. Ojalá que ella lo pueda mantener a raya, para que no meta ruido ni empañe su gestión.

Así las cosas, desde México seguimos con atención (¡y admiración!) el proceder de Obama, quien en lugar de ignorar el resquebrajamiento de su partido por la pugna interna de la candidatura, ha optado por fortalecer alianzas que lo curen y vigoricen. Sí, hacer política desde la estructura de un partido requiere superar rivalidades internas, ser capaces de pactar y, sobre todo, tener un trato civil entre adversarios. La civilidad es la cara visible de la cortesía; implica limar la agresión y la grosería al dirimir las inevitables diferencias. En otras palabras, hacer política. Esa es la lección que Obama acaba de dar, con su consabida elegancia