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El Fobaproa de Estados Unidos

 

 

 

La semana pasada fue de las más dramáticas desde la crisis de 1929. En el siguiente ensayo el autor hace un somero recuento de los hechos que afectan al mercado financiero de Estados Unidos desde julio de 2007, menciona algunos antecedentes de la crisis, así como el errático actuar de los analistas de Wall Street y la opción pragmática de la administración Bush: adquirir las firmas hipotecarias y aseguradoras estadunidenses, una suerte de  reedición del Fobaproa.

 

Por Edgar Amador / Revista Proceso

 

Tras la caída del Muro de Berlín y de la disolución del bloque soviético, asistimos al regreso inusitado de la economía centralmente planificada. Hoy el socialismo realmente existente se ha desplazado de Moscú a Washington y Nueva York. El Estado estadunidense es dueño de una parte crucial del sistema financiero, pues controla millones de operaciones; mientras que el resto de éstas las realizan los grandes bancos del mundo. Así mismo, está a punto de convertirse en el propietario de un cúmulo activos, casas y bienes inmuebles de millones de ciudadanos de Estados Unidos.

 

Ya sea a través del Sistema Federal de Reserva (Fed) o directamente a través del Departamento del Tesoro, el gobierno del vecino país se convirtió en las últimas semanas en propietario de las dos más grandes hipotecarias estadunidenses: Fannie Mae y Freddie Mac; es prácticamente el dueño y operador de uno de los más legendarios bancos de inversión, Bear Stearns; y en días pasados se estrenó como propietario de la más grande aseguradora del mundo: el coloso AIG.

 

De hecho, la única forma de salir de esta crisis financiera, la más complicada desde la Gran Depresión de los años 30 del siglo XX, es que el gobierno de Estados Unidos, por medio de un "Fobaproa corregido y aumentado", compre a los bancos, casas de bolsa, fondos de inversión e hipotecarias un número incalculable de activos: casas, fincas, terrenos, edificios y centros comerciales, entre otros, para evitar que el sistema financiero se vaya a la quiebra y hunda consigo al resto de la economía.

 

Lo peculiar es estas acciones es que no son producto de una revolución social, ni se deben a que un partido político de izquierda haya conquistado el poder por la vía pacífica, ni a que una potencia extranjera haya orillado al gobierno de Estados Unidos a lanzar por la borda los sacrosantos principios del "Consenso de Washington" (libre mercado, política monetaria sólida, no intervención del Estado en la economía.). No.

 

Lo impresionante es que fue la lógica misma del capitalismo estadunidense, la dinámica producida por dos décadas de profunda desregulación económica, la fuerza de los mercados dejadas a su libre accionar, el laissez faire, lo que ha llevado a Henry Paulson, exdirectivo de Goldman Sachs, y a Ben Bernanke, un académico conservador, a estatizar una parte central de la economía estadunidense. El socialismo parecería ser, citando a un clásico (Lenin), la fase superior del capitalismo.

 

La tragicomedia

 

El origen de esta tragicomedia financiera data por lo menos de hace dos décadas, pero fue en julio de 2007 cuando se prendieron las luces de alarma, por esas fechas un puñado de bancos, entre ellos los más grandes del mundo, el inglés HSBC, el estadunidense Citigroup y la entonces mayor casa de bolsa del mundo, Merril Lynch, anunciaron que tenían pérdidas gigantescas producidas por las subprimes.

 

Las hipotecas subprimes eran créditos otorgados a individuos y familias con ingresos no comprobables (que no tenían un empleo fijo, o bien trabajaban por honorarios y carecen de prestaciones) o de niveles de ingreso medio-bajo. Históricamente este segmento de la población estadunidense había tenido muy poco acceso al crédito, pero en el período 2000-2005 ocurrió algo que cambió esa historia.

 

En el primer lustro del nuevo milenio, la Fed, dirigida entonces por Alan Greenspan, decidió bajar las tasas de interés a niveles no vistos en 60 años, enviándolas hasta el 1%. Su propósito, se dijo, era evitar la recesión que ya se avizoraba, y que fue detonado por los atentados a las torres de Nueva York el 11 de septiembre de 2001.

 

Esas tasas de interés tan bajas tuvieron dos efectos: primero, hicieron accesible el crédito a sectores de la población que habían estado alejados de él (los subprimes), y redujeron la rentabilidad de los bancos de Wall Street, que se vieron obligados a buscar negocios cada vez más riesgosos y esquemas cada vez más descuidados, con el fin de buscar una rentabilidad más alta para el dinero que captaban.

 

La Fed y los principales bancos centrales del mundo bañaron literalmente al planeta con dinero durante el período 2000-2005; no sabían en qué invertirlo. En ese escenario, proyectos o países que antes eran prohibidos para Wall Street, recibieron carretadas de efectivo, y los subprimes, que raramente eran objeto de atención de Wall Street, de repente se convirtieron en la moda con más seguidores del mercado.

 

Prestarle a los subprimes tenía sentido: dinero sobraba, y la tasa de interés que se le cobraba a ese segmento de la población era sustancialmente mayor al rendimiento promedio. Ello provocó que ese sector de la población se convirtiera rápidamente en el más asediado por banqueros y corredores de bienes raíces.

 

Sin embargo, la mayoría de esas hipotecas tenían una característica que resultó letal: empezaban con una tasa de interés muy baja el primero o segundo año, pero tras ese período de "gancho", la tasa comenzaba a incrementarse.

 

Los genios de Wall Street diseñaron créditos en donde bancos especializados (llamados monolines) aseguraban el riesgo de que los subprimes no pagaban. Luego agrupaban varios créditos para venderlos en el mercado estadunidense y mundial en forma de bonos. Esos bonos, respaldados por hipotecas subprimes, fueron el virus que dispersó la enfermedad por todo el planeta. Y este efecto llevó a la quiebra a varias de las instituciones crediticias. Dichos bonos denominados AAA por las calificadoras líderes, fueron comprados por cientos de bancos, fondos de pensión, tesorerías e inversionistas por el mundo entero.

 

Pero súbitamente las tasas de interés comenzaron a subir, pues la inflación se disparó, causando alarma en la Fed y en  los bancos centrales.

 

El alza de las tasas coincidió con el período en que las hipotecas subprimes ajustaban sus tasas "gancho" al alza. Muchos individuos, imposibilitados para pagar sus hipotecas, se vieron obligados a contratar una nueva hipoteca con tasas "gancho", que por lo general eran más altas que la original.

 

Cuando la Fed detectó que casi el 20% de las hipotecas no estaban haciendo pagos de capital -a causa precisamente de la contratación de nuevas hipotecas con tasas al alza-, hizo un par de llamadas a algunos bancos hipotecarios, como Countrywide, y les ordenó no sustituir hipotecas viejas con nuevas.

 

Esa llamada de la Fed fue un pequeño copo de nieve lanzado desde la cima de una cumbre nevada. A partir de entonces se desató la avalancha que viene arrasando el sistema financiero mundial hasta el punto en que el gobierno de Estados Unidos se apresta a poner en marcha una versión corregida y aumentada del Fobaproa.

 

Cuando la Fed decidió ponerle un alto a la sustitución de hipotecas, las moratorias en el sector subprime se dispararon con tal rapidez que antes de que la Fed o los bancos identificaran qué pasaba, la crisis estaba  rompiendo la puerta de Wall Street a patadas.

 

El fin  del dominio de Wall Street

 

Primero fue el británico HSBC, el segundo banco más grande del mundo, el que aceptó que las moratorias de las subprime habían llevado al incumplimiento muchos de los bonos AAA que habían comprado en los últimos años y que se consideraban muy seguros. Luego vino el banco más grande del mundo, Citigroup; le siguió la casa de bolsa más grande del mundo, Merril Lynch, convertida para entonces en inversionista en hipotecas, lejos de su tradicional quehacer de intermediaria entre los inversionistas mismos.

 

Bancos alemanes, casas de bolsa en línea (E Trade), bancos chinos, fondos de inversión de Bear Stearns, de repente todo el mundo tenía inoculado el virus subprime, pero ningún banco sabía si la institución de enfrente estaba infectado, a pesar de lo avanzado de ese mal.

 

La desconfianza entre los bancos cundió de manera dramática, y nadie quería tener contacto con alguien infestado del virus subprime. Los grandes bancos de inversión, que no se financian con depósitos, sino con los grandes bancos minoristas, de fondeo con sus depósitos de sucursal, fueron las más vulnerables al pánico subprime.

 

Primero, dichos bancos de inversión, notablemente Lehman Brothers y Bear Stearns, fueron los más activos emisores de bonos respaldados por subprimes, y como en ese entonces era tan buen negocio, se quedaron con muchos de esos bonos (muchos de ellos garantizados, lo adivinaron, por el gigante asegurador, AIG).

 

Temerosos de prestarle a esos bancos de inversión infestados de subprimes, los otros bancos dejaron de financiarlos. Sin otra fuente de financiamiento, los grandes bancos de inversión fueron cayendo uno a uno. De los cinco grandes bancos de inversión que había antes de esta crisis: Goldman Sachs, Morgan Stanley, Bear Stearns, Lehman Brothers y Merril Lynch, los tres últimos ya no existen.

 

A grandes males, grandes remedios

 

Henry Paulson y Ben Bernanke, quienes ahora abanderan la economía estatizada, tardaron 13 meses en darse cuenta que el mal era mayor de lo que creían. Y tomaron una decisión de Perogrullo: a grandes males, grandes remedios.

 

Primero intentaron inyectar liquidez a carretadas de billones de dólares; no les funcionó. Luego financiaron a JP Morgan para que comprara a Bear Stearns a fin de que esta corporación manejara la cartera; tampoco tuvieron éxito. Y las cosas empeoraron cuando se negaron a salvar a Lehman y a Merril. Su último intento, estatizar al gigante asegurador, AIG también fracasó.

 

Por eso, cuando el jueves 18 los mercados se desplomaban a pesar de que los bancos centrales del mundo inyectaban una cantidad récord de 250 mil millones de dólares, y la Fed compraba a AIG en 85 mil millones, el gobierno se decidió a soltar su última arma contra el enemigo que ellos mismos habían creado: anunció el Fobaproa. Y lo hizo una hora antes del cierre de la sesión del jueves 18, lo que disparó los mercados e hizo que los bancos recuperaran las pérdidas sufridas durante la semana.

 

Lo que viene es un gigantesco Fobaproa: el gobierno de Estados Unidos va a establecer un fondo para comprar, a descuento, la basura tóxica que aún plaga a la mayoría de los bancos de ese país; y dará a cambio a los bancos notas y bonos emitidos por el Tesoro, los cuales se pagarán con la venta de los activos basura que se puedan rematar o con los impuestos de los estadunidenses.

 

De no haber lanzado el gobierno de Estados Unidos su Fobaproa el jueves 18, las perspectivas para México serían ominosas. Pero la rapidez con la que reaccionaron los mercados al simple rumor de que el gobierno compraría los activos tóxicos de la banca estadunidense tranquilizó al gobierno mexicano.

 

Sin embargo, el problema de fondo no está resuelto. Durante los próximos meses o años el crédito será restringido, y el costo del dinero (la tasa de interés) será más elevado, lo que se traducirá en un desempeño mediocre de la economía del vecino país. 

 

Lo anterior impactará de manera directa a México, cuya economía se encuentra ya muy cerca del estancamiento debido justamente a la fragilidad de su vecino; ese impacto será vía el crecimiento de la demanda de los estadunidenses, que no sólo están endeudados sino que ahora están obligados a financiar el rescate del sector bancario y financiero de su país.

 

Así mismo, debe considerarse el comportamiento del mercado petrolero mundial. Si la economía estadunidense sortea la recesión y el precio del barril de crudo se mantiene entre 70 y80 dólares, la economía mexicana tendrá un comportamiento decoroso. Pero si la recesión llega y el precio del petróleo se desploma, el peso, las tasas de interés mexicanas y el crecimiento sufrirán las consecuencias.   l

 

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* Consultor financiero de corporaciones internacionales.