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El juramento presidencial de Obama

 

Por Bernardo González Solano / Revista Siempre!

 

El gran espectáculo está a punto. Dios y Alá no han de querer otra cosa. Todo está listo para que el próximo martes 20 de enero preste el juramento a su cargo el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América; el primer mandatario negro (mulato) Barack Husein Obama, de 47 años de edad, del último gran “imperio” de la historia. Según los cálculos, ésta será la ceremonia de inauguración más cara de la Unión Americana, pues se calcula que el número de asistentes puede alcanzar los cuatro millones de personas. La ceremonia anterior, la segunda de George W. Bush, costó 158 millones de dólares. Tan solo el gobierno federal (aparte de la inversión local, la ciudad de Washington) podría dedicar hasta 50 millones de dólares en la ceremonia; el resto son aportaciones de ciudadanos que en forma individual podrían aportar hasta 50 mil dólares por cabeza.
Las expectativas que han originado la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca van más allá de los casi 304 millones de “sobrinos” del Tío Sam, su presidencia tendrá repercusiones mundiales. Como herencia maldita, Obama recibirá el mayor déficit de Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial: más de 1.2 billones de dólares, equivalente al 8.3 por ciento del producto interno bruto (PBI). Gran desafío.
Washington se preparó como pocas veces, para dar la bienvenida a Barack Obama y su “sueño”, que tan bien profetizó el asesinado líder negro Martin Luther King hace poco más de cuatro décadas. El “I have a dream” de Luther King se volvió realidad, ojalá y no termine en pesadilla. Casi todo mundo le desea éxito a Barack Obama y a Estados Unidos de América.
Tal y como lo hizo el presidente Abraham Lincoln en 1861 cuando llegó a la capital estadounidense a bordo de un vagón de ferrocarril, Barack Obama y su familia —su esposa Michelle y sus hijas, Malia, de diez años, y Sasha, de siete, que serán las más jóvenes inquilinas de la Casa Blanca desde que vivió allí Amy, la hija del presidente Jimmy Carter, hace 30 años—, harían lo propio. Es más, Obama prestará su juramento oficial —que no tiene nada que ver con su promesa de dejar de fumar fuera y dentro de la residencia presidencial— sobre la misma Biblia que hace 186 años utilizó Abraham Lincoln. Ningún otro presidente de Estados Unidos lo había hecho después. De hecho, el volumen es uno de los tesoros bibliográficos de la Biblioteca del Congreso donde es guardada como oro en paño. Para la ocasión se hizo un préstamo especial, e incluso esta Biblia se exhibió en público durante algunos días previos a la ceremonia. Por cierto, aunque ya es una costumbre protocolaria, no hay ninguna obligación de jurar sobre la Biblia. Asimismo, la Biblia familiar de Lincoln estaba perdida, revuelta entre los bultos de su mudanza a la mansión presidencial por lo que Thomas William Carroll, secretario del Tribunal Supremo, tuvo que comprar urgentemente otra para la ceremonia. Aun con las prisas, Carroll eligió una preciosa edición editada en 1853 por Oxford University Press, forrada en terciopelo borgoña y con hermosos remates dorados, que actualmente ostenta el sello oficial y la firma de Carroll que da fe de su valor histórico.

Gesto patriótico

Jurar sobre la Biblia de Lincoln podría parecer un gesto patriótico obvio, pero el hecho tiene mayor significado tratándose del primer mandatario negro y del presidente que declaró la abolición de la esclavitud en 1865 después de que la Guerra de Secesión fue ganada por los Estados del Norte; ese mismo año Lincoln fue asesinado. Después de esa victoria, los republicanos estuvieron en el poder durante casi dos décadas y fue hasta 1884 cuando fue elegido el primer demócrata, Grover Cleveland, como presidente después de la guerra civil. Obama sabe utilizar con acierto los símbolos patrios.

Seguridad

A menos de tres kilómetros, frente a la Casa Blanca —situada en el 1600 de la avenida Pensilvania, donde desde Lincoln hasta George W. Bush sus hijos han tenido existencias difíciles lo que popularmente se llama la “maldición de la casa 1600”, lo que no deja de ser una conseja popular aunque hay estudios que demuestran que los hijos del presidente de Estados Unidos sufren mayor tasa de alcoholismo, divorcios y muertes prematuras— se construyó un pequeño escenario en el que se celebrará la llegada del nuevo presidente a su “hogar” y la despedida definitiva —¡Dios gracias!— de George Bush de la residencia presidencial. Sólo los caricaturistas añoraran al Bush Jr.
Para preservar la seguridad del presidente Barack Obama, se movilizarán 7 mil 500 soldados en activo, 4 mil agentes de la policía local, y más de 4 mil guardias nacionales más mil 200 voluntarios listos para actuar en caso de emergencia médica. A esto hay que agregar 5 mil cámaras de vigilancia y tráfico, sin olvidar a los agentes del Servicio Secreto que vigilan desde hace muchas semanas la protección del presidente electo. El general Gene Renuart, comandante del Comando Norte, está listo, como ha declarado, “para todo lo que pudiera suceder”, incluyendo un asalto químico, con motivo de un “acontecimiento tan visible, importante e histórico”.
Por primera vez, el comité de investidura presidencial abrirá al público el paso a lo largo del National Mall que comunica en tres kilómetros al Capitolio con el Lincoln Memorial a la vera del río Potomac. El alcalde de Washington, Adrian Fenty, demócrata, ha informado que cerca de cuatro millones de personas podrían desplazarse para la ceremonia. Esta cifra, incluso calificada como excesiva por el Servicio de seguridad presidencial que calcula dos millones de “invasores” en una ciudad de 600 mil habitantes, permite medir la amplitud del desafío. El récord de afluencia se alcanzó en 1965 con motivo de la investidura del texano Lyndon Baines Johnson: un millón 200 mil personas fueron registradas.
Todos los días anteriores a la ceremonia, Dan Tangherlini, administrador de Washington, recibe nuevas piezas del rompecabezas de la ceremonia. Sin embargo, declaró que estaba listo para todo. Ojalá no haya necesidad de poner a prueba su aserto.
Por ejemplo ¿cómo ubicarán 10 mil automóviles que llegarán de todo el país a una ciudad que no puede recibir más que la mitad, cuando mucho? Sería imposible. Habría que desviarlos hacia los estados vecinos de Maryland y Virginia; por lo menos a una parte, pues estos vehículos colocados unos tras otros ocuparían 137 kilómetros de carretera. Además, tendrán que aplicarse medidas suplementarias para el Metro de Washington a fin de que pueda transportar 120 mil personas por hora.
Lo más difícil será el control y vigilancia de los 240 mil invitados a la ceremonia de juramento que se ubicarán sobre el itinerario oficial entre el Capitolio y la Casa Blanca. Los servicios de seguridad prevén confiscar los explosivos y las “armas de todo tipo”. Eso es lo de menos, pero también incluyen las bicicletas, los animales familiares, las mochilas de espalda e incluso los bolígrafos con rayo láser. Toda una odisea.
Aretha Franklin cantará; el controvertido reverendo Rick Warren, uno de los pastores evangélicos más populares, que congrega dominicalmente más de 20 mil fieles en sus servicios en la iglesia de Lake Forest, en California, pronunciará una oración y pedirá la bendición divina, lo que no ha sido del sagrado de todos dada su posición hostil en contra del aborto y de los casamientos de homosexuales. En este sentido, hasta el momento. Obama no dio marcha atrás.
Acto seguido el presidente Barack Husein Obama prestará su juramento al cargo. ¿Qué le deparará el destino al primer mandatario negro de la Unión Americana?
Seguramente Obama cometerá errores y decepcionará a muchos de sus simpatizantes. Pero sin duda representa la oportunidad de un cambio de Estados Unidos con su propia sociedad y hacia el resto del mundo. En uno de sus discursos de campaña dijo: “Si sienten, como yo siento, que ha llegado el momento de sacudirnos nuestro sopor, deshacernos de nuestro miedo y pagar la deuda que debemos a las generaciones pasadas y futuras, entonces estoy dispuesto a sumarme a la causa, y caminar y trabajar con ustedes”.
Pero, bien se dice que pese a que el mandatario estadounidense se convierte en presidente de Estados Unidos cuando presta su juramento en las escalinatas del Capitolio, realmente lo es cuando abra por primera vez un maletín negro —legendaria y apocalíptica reliquia de la Guerra Fría— de 20 kilogramos de peso, que en la jerga de Washington se le llama “la pelota de futbol” (quién sabe por qué). Que contiene los códigos requeridos para emitir una orden presidencial autorizando al Pentágono el uso de armas nucleares. De cierto, el maletín en cuestión simboliza las responsabilidades de comandante en jefe asociadas con la presidencia de Estados Unidos en un mundo con más de 10 mil cargas nucleares. Los expertos dicen qué, de hecho, el maletín —con toda y su fama de antigualla— parece haber cobrado una renovada vigencia entre predicciones de atentados con armas no convencionales durante los próximos cinco años, las ambiciones de proliferación cultivadas por Irán y Corean del Norte, la cíclica reanudación de combates en la zona del Oriente Medio —el desarrollo de los ataques de Israel contra la Franja de Gaza y el Líbano, contestando el lanzamiento de cohetes y morteros desde bases de Hamas en ambos sitios cuyo desenlace nadie puede saber—, y la expiración en este año 2009 del Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, ratificado por Washington y Moscú en 1991.
En el interior del maletín se encuentra un sofisticado sistema de comunicaciones para conectarse con los centros de mando situados en el Pentágono, Colorado Springs y el “Lugar R”, un búnker de emergencia entre Pensylvania y Maryland. A través de los cuales Obama tendrá acceso a las mil 300 cargas nucleares que mantiene Estados Unidos en permanente situación de alerta.

El maletín

El maletín, fabricado por la empresa Zero Halliburton, dispuesto desde la administración de John F. Kennedy, contiene también un cuaderno negro de 75 páginas con diferentes opciones de ataque, desde una salva hasta un holocausto nuclear. De acuerdo a Bill Gulley, director de la Oficina Militar de la Casa Blanca, en el cargo con Johnson, Nixon, Ford y Cartes, el maletín también contiene una tarjeta con los “códigos de oro”, de autentificación, un sobre que describe procedimientos para mandar una alocución a todo el país y otro cuaderno con diversos lugares a los que el ocupante de la Casa Blanca puede ser trasladado en caso de emergencia. Entonces, Barack Husein Obama ya será presidente de Estados Unidos en pleno uso de sus atribuciones.

La suerte está echada.