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Mejores oportunidades para los jornaleros

 


       Por Peter Costantini


SEATTLE, Estados Unidos,  (IPS)  .- Inmigrantes y

comunidades locales de Estados Unidos aúnan

esfuerzos para organizar el mercado de empleo de

los jornaleros, aquellos obreros, a menudo

extranjeros, que trabajan a jornal y dependiendo

día a día de la cambiante demanda.

 

   Hace 25 siglos, los antiguos atenienses

reservaban parte de la plaza principal de la

ciudad (el ágora) para facilitar el contacto

entre los trabajadores que se ofrecen por el día y sus eventuales 

patronos.

 

   En el Estados Unidos de comienzos del siglo

XXI, ese intercambio se realiza habitualmente en

la calle, es decir en las esquinas frente a los

establecimientos de venta de insumos para la construcción y la jardinería.

 

   En muchos centros urbanos, esa ágora ha

evolucionado, con el esfuerzo de jornaleros, empleadores y ciudadanos 

locales.

 

   A veces, la preocupación que conduce a esas

soluciones surge frente a los inconvenientes que

origina la aglomeración de trabajadores y

patronos en la vía pública, como, por ejemplo, la

congestión del tráfico y falta de seguridad.

 

   La instalación de centros de contratación

impuso cierto orden en ese sentido, así como

justicia en los mecanismos de empleo temporal.

 

   Sin embargo, éstos tienen ciertas

limitaciones. La mayoría de los trabajadores

informales son inmigrantes sin residencia legal.

Esto les dificulta el contacto con los

empleadores formales y con las agencias de

colocación, así como la afiliación a sindicatos.

 

   También es restringido el alcance de estos

centros: un estudio de 2006 calculó que su cuota

en el mercado nacional de trabajo jornalero era

de aproximadamente 20 por ciento, mientras que 80

por ciento buscaba trabajo en las esquinas.

 

   La mayoría de estas organizaciones crecieron

durante el auge económico de los años 90 y

primera mitad de esta década, cuando el mercado

de la construcción residencial estaba

recalentado. Ahora se esfuerzan por adaptarse al desgarrador colapso 

económico.

 

   Cada vez más trabajadores, sean inmigrantes

con residencia local o no, recurren al mercado

informal de trabajo luego de perder empleos regulares.

 

   En general, las organizaciones de jornaleros

no se involucran directamente. Se limitan a

conseguir un lugar seguro para que trabajadores y

empleadores se reúnan, ayudan a los trabajadores

a fijar salarios mínimos y reglas, verifican la

capacidad del jornalero y ayudan a resolver disputas.

 

   En parte bolsa de trabajo sindical, en parte

cooperativas obreras, en parte organizaciones sin

fines de lucro, los centros de trabajadores

combinan varias modalidades para construir

comunidades de apoyo a los trabajadores eventuales.

 

   No son sindicatos, pero desempeñan algunas de

sus funciones. Imponen salarios básicos, brindan

capacitación y defienden los derechos de los trabajadores.

 

   Los jornaleros dependen de ellos para

conseguir trabajo, de modo similar a la bolsa de

trabajo de un sindicato, y participan en la toma

de decisiones. Los sindicatos exploran maneras de cooperar con ellos.

 

   No son organizaciones de beneficencia, pero

la mayoría carecen de fines de lucro y no les

cobran ni a los trabajadores ni a los

empleadores. Algunos se financian en parte con

dinero que obtienen de fundaciones y organizaciones afines.

 

   No son agencias gubernamentales. Aunque

algunos reciben fondos de autoridades locales,

también pueden tener relaciones conflictivas con ellas.

 

   Los centros de trabajadores, un fenómeno

híbrido, demostraron perdurabilidad y

productividad en unas 60 ciudades de todo Estados

Unidos. El primero abrió sus puertas hace al

menos 18 años en la occidental ciudad de Los Ángeles.

 

   En la noroccidental ciudad de Seattle, sobre

el océano Pacífico, donde tienen sus sedes las

compañías Boeing y Microsoft, el Centro de Ayuda

Solidaria a los Amigos (conocido por el acrónimo

CASA Latina) sirve a los jornaleros desde hace 15 años.

 

   En una de las calles principales, al norte

del centro de la ciudad, CASA Latina atiende a

trabajadores y empleadores en un remolque y en un

edificio de un piso abierto sobre un patio de grava limitado por una 

alambrada.

 

   Cuando el sol comienza a abrirse al cabo de

la madrugada, ya hay reunidas allí un centenar de

personas, la mayoría jóvenes y de mediana edad,

entre ellas unas pocas mujeres, buscando refugio

del intenso viento de la bahía de Elliott.

 

   A las seis comienza el sorteo de trabajos

diarios. Personal de CASA Latina y voluntarios en

el remolque completan los talones de la rifa, a

partir de listas de trabajadores registrados en una computadora.

 

   "Ellos luchan duro para ganarse la vida. Son

muy honestos y trabajadores.   Vienen aquí para

salir adelante. Y muchos se han construido su

casita al regresar", dice la coordinadora del

Centro de Trabajadores, Guadalupe Adams.

 

   Alrededor de las siete, un miembro de CASA

Latina saca un gran recipiente de plástico que

contiene los boletos del sorteo. Adams los retira

de a uno por vez y llama a cada ganador, tachando

su nombre de en una lista numerada. A medida que

son sorteados, a razón de unos 25 por día, los

obreros parten al trabajo en orden.

 

   Para muchos jornaleros se ha vuelto difícil

pagar vivienda y alimentos, y aún más enviar

remesas a sus familiares en México o América

Central, dijo Pedro Jiménez, organizador del Centro.

 

   Cada vez más jornaleros terminan en las

calles o en refugios para personas sin techo,

agregó. Muchos deben recurrir a la caridad para alimentarse.

 

   Hace dos años se podía trabajar dos o tres

días a la semana, recuerda Juan Us Tiquiram,

quien trabajó en la construcción en Guatemala.

 

   "En la última semana y media no he trabajado

en nada. Nunca vi esto tan mal", dijo Tiquiram,

quien no ha podido pagar alquiler ni teléfono.

 

   Los trabajos conseguidos por CASA Latina se

han reducido 70 por ciento desde hace un año,

según la directora del programa, Araceli

Hernández. Para octubre ya habían caído 50 por ciento.

 

   "Aquí las cosas están muy mal, pero en Los

Ángeles los números son aun peores. Es que muchas

personas con empleos permanentes los han perdido", añadió.

 

   De la mayoría de trabajadores que no

consiguen empleo mediante el sorteo diario,

algunos buscan otro en las esquinas. Muchos

jornaleros continúan esperando que alguien les dé

empleo frente al Centro de Trabajadores hasta bien entrada la tarde.

 

   Pero más tarde en la mañana, unos 20

voluntarios vistiendo chalecos naranja se reúnen

para repartir folletos en un barrio residencial

para que los vecinos sepan que sus servicios están disponibles.

 

   Jiménez, que organizó un sindicato en México,

dirige un curso de capacitación de media hora en

español para su equipo. "Estamos todos en el

mismo bote. Hoy ustedes van a distribuir

folletos, la semana próxima será el turno de otros. Es como una cadena", 

dice.

 

   Al profundizarse la recesión en Estados

Unidos, y con una situación aun peor en México y

América Central, unos pocos adoptan una nueva

táctica: se dirigen al norte, a buscar trabajo en Canadá.

 

   Algunos son arrestados en la frontera, pero

otros encuentran trabajo y aseguran que en

territorio canadiense son tratados con más respeto por sus empleadores.

 

 

(FIN/IPS/traen-js/pc/ks/na la hd mi pr lb if fe/09)