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Obama, un enigma para México


Editorial Revista Siempre!

El primer presidente negro de Estados Unidos llegará a México el próximo 16 de abril y la pregunta sigue en pie: ¿quién es realmente Barack Obama? ¿Un demócrata con tendencias de izquierda? ¿Un neoliberal con disfraz de humanista? ¿Un reivindicador de los derechos de las mino-rías? ¿Un cristiano en la Casa Blanca? ¿O alguien que no quiere mostrar aún las cartas hasta que tenga en sus manos todos los hilos del poder?

Su frase de campaña “quiero cambiar el mundo” hizo vibrar a la sociedad estadounidense. Tesis como aquella de que “no hace falta ninguna encuesta para saber que la inmensa mayoría de los americanos están hartos de la zona muerta en la que se ha convertido la política, en la que intereses que representan a muy pocos tratan de conseguir ventajas y las minorías ideológicas intentan imponer su particular versión de la verdad”, mostraba a un candidato que pretendía llegar a la Presidencia para romper gran parte de las reglas injustas del Establishment norteamericano que rigen a su vez el entramado plutocrático de la vida económica, política y social internacional.

El gobierno de Obama ha lanzado, hasta este momento, señales confusas y contradictorias hacia México. Lo mismo ha ordenado —en un ejercicio inédito de sinceridad— que la secretaria de Estado, Hillary Clinton, repita con sospechosa reiteración que México no es un Estado débil; que su país tiene responsabilidad directa en el tráfico de armas, en la expansión del crimen organizado y el consumo de drogas; que ha tomado la decisión de nombrar como embajador a quien le puso a México el mote de ser un Estado fallido.

Igualmente, resulta un enigma la política migratoria que seguirá Obama con respecto a México. Aunque la designación de Carlos Pascual —ex coordinador para la Estabilización y Reconstrucción del Departamento de Estado— como titular de la embajada norteamericana, hace prever que cualquier decisión que tome Washington en la materia estará supeditada al riesgo que hoy tiene para la seguridad de Estados Unidos un país vecino incapaz de gobernarse.

Independientemente de la retórica del good neighbor
—buen vecino— implementada por Obama, se sabe que sobre el escritorio de los altos funcionarios norteamericanos, México ya tiene una clasificación D, de riesgo y de posible intervención inminente.

El hecho de que México haya sido uno de los primeros países elegidos por el Fondo Monetario Internacional para recibir 47 mil millones de dólares —como parte del plan anticrisis mundial anunciado en el marco del G-20 en Londres—, y que Felipe Calderón festejó como un privilegio, demuestra la preocupación que tiene la Casa Blanca por la acelerada descomposición económica y social que se está generando en el país.

No queda claro, por cierto, el papel que jugó Obama en la cumbre de líderes de los 20. Después de haber dicho que su prioridad no sería salvar a los grandes financieros y banqueros, responsables de la crisis, las conclusiones aprobadas en la capital británica constituyeron un nuevo aliento para los ricos y una profunda decepción para los pobres.

Los 20 jefes de Estado ahí reunidos negociaron y acordaron sobre aspectos que tienen que ver más con la burocracia administrativa de las finanzas que con reformas verdaderamente estructurales y profundas, capaces de corregir el crítico desequilibrio que existe en la economía del mundo, causante del avance de la pobreza, el hambre y la enfermedad.

Aunque el primer ministro británico, Gordon Brown, dijo —con su hiperquinético estilo de ser— que se había puesto punto final al Consenso de Washington, lo cierto es que se dejaron vivos los principios fundamentales del neoliberalismo, sobre todo, los que han propiciado la desigualdad, la competencia desleal y el abuso de los grandes consorcios económicos internacionales. El famoso G-20 se comportó, entonces, más como un amasijo de burócratas que como un grupo de grandes estadistas.

Lo importante, sin duda, es saber si México es o no una prioridad para Obama. Y si lo es, hasta dónde y en qué sentido.

Como candidato, Obama hizo largas y profundas reflexiones sobre países lejanos como Indonesia, Irán, Irak, Pakistán o Medio Oriente, pero nunca volteó a ver a México.

Obama es hombre de ideas políticas novedosas, aunque no se le ve entusiasmado con nuestro país. No hay señales de que vaya a imprimirle un cambio a la relación bilateral, en la cual México siempre ha sido visto más como un problema que como una esperanza.