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Palabras correctas, acciones imprecisas

 

Por DENISE DRESSER / Revista Proceso

 “Puedes acariciar a la gente con palabras”, escribió F. Scott Fitzgerald. Y eso es lo que hace Hillary Clinton durante su visita a México: acariciar, seducir, calmar, apaciguar. En lugar de críticas unilaterales, la secretaria de Estado ofrece entendimientos bilaterales. En lugar de colocar todas las culpas de la criminalidad sobre los hombros de nuestro país, ofrece pararse a su lado. Después de meses en los cuales México es colocado en el banquillo de los acusados, ella decide sentarse allí. Su discurso es uno de compromiso y corresponsabilidad y por ello se refiere a “la demanda insaciable de drogas en los Estados Unidos”. Por ello reconoce la “incapacidad para prevenir el contrabando a través de la frontera para armar a los criminales que asesinan oficiales, soldados y civiles”. Al hablar así, Hillary contribuye a destensar una relación bilateral que se había vuelto conflictiva; al expresarse de ese modo ayuda a cambiar la psicología tradicional de víctima-victimario prevaleciente. Pero en el futuro, México tendrá que sopesar el impacto real de lo que la secretaria Clinton ha dicho e ir más allá de alabarla por ello. Si no, sus palabras serán sólo eso. 

Sin duda muchos mexicanos cuestionan el repentino interés de Estados Unidos por México. De pronto, México salta a las primas planas de los periódicos y es noticia principal de los noticiarios estadunidenses. De pronto el vecino ignorado –según algunos– está a punto de convertirse en un “Estado fallido”. Así inicia la espiral que motiva el viaje de Hillary Clinton a México: la violencia aquí comienza a crecer y los medios empiezan a prestarle atención; en la medida en que los medios posan los reflectores sobre nuestro país, el Congreso estadunidense voltea la mirada allí; al celebrarse las audiencias en el Capitolio, cada partido y cada político tiene su propia agenda y la promueve, usando a México como vehículo. Una mañana Barack Obama se despierta y descubre que tiene un nuevo frente abierto al sur de la frontera, mientras pelea por cerrar tantos otros en su propio país. Descubre que la violencia mexicana se desborda hacia ciudades como Phoenix y El Paso. Comprende que si no hace algo al respecto, sus enemigos en el Partido Republicano se lo cobrarán.

Mientras tanto, las notas periodísticas y los reportajes y los pronunciamientos críticos encienden focos rojos en México. Algunos hablan del complot que se está fraguando en Estados Unidos; otros subrayan la hipocresía de un país que avienta piedras cuando vive en una casa de cristal. Felipe Calderón desenvaina la espada y se lanza contra el enemigo, porque no entiende qué está haciendo ni qué quiere hacer. En los últimos meses, diversas personas e instituciones en Estados Unidos han enviado mensajes contradictorios sobre México. Y por ello, México no sabe si debe prestar mayor atención a quienes promueven la militarización de la frontera, o a aquellos que se han opuesto a ello, incluyendo al presidente Obama. México no sabe si Estados Unidos hará un esfuerzo real por controlar el tráfico de armas en su propio territorio, o si esa agenda acabará archivada por quienes defienden “el derecho a portar armas”. México no sabe si está siendo criticado para que el Congreso se apreste a ofrecer más ayuda, o si la andanada de reclamos es parte de una estrategia para fomentar la construcción de un muro mayor entre los dos países. 

Por una parte, miembros del gobierno estadunidense hablan de un “nuevo paradigma” en la relación México-Estados Unidos, pero por otra el Congreso recorta 150 millones de dólares a la Iniciativa Mérida. Miembros del equipo de Obama enfatizan el imperativo de una “relación estratégica”, pero después el Congreso pone fin a un programa piloto que le permite a los camiones mexicanos transitar por las carreteras estadunidenses. En represalia, México coloca tarifas sobre 90 productos, afectando así a 2.4 mil millones de dólares de comercio entre los dos socios. Ante imperativos políticos aquí, Felipe Calderón adopta una posición defensiva y nacionalista, porque pocas cosas unen más a los mexicanos que una buena dosis de antiamericanismo. Y en Estados Unidos, el mensaje vis a vis con México comienza a ser dominado por Republicanos conservadores, encantados con la idea de mandar tropas a la frontera y/o cerrarla.

Ese es el contexto que antecede a la visita de Hillary Clinton y explica por qué –sorpresivamente– México asciende en la lista de prioridades. Las tensiones bilaterales crecientes complicaban la posibilidad de enfrentar una situación crítica de forma conjunta. Por primera vez, el gobierno estadunidense lo reconoce y empieza a actuar en consecuencia. La administración Obama anuncia un incremento en el financiamiento para la seguridad fronteriza y un esfuerzo por desmantelar a los cárteles que operan en territorio estadunidense y el envío de más helicópteros y la asignación de más agentes de la DEA. Más aún, manda a la diplomática estelar que desempaca un nuevo lenguaje a lo largo de su visita. Hillary Clinton parece haber entendido lo que Carlos Fuentes sugirió: México no tiene el monopolio de las drogas, el crimen o la corrupción. 

A la luz de ese reconocimiento inusual, la secretaria Clinton carga consigo palabras que sugieren un compromiso para combatir los flujos ilegales de dinero que explican la presencia de El Chapo Guzmán en la lista Forbes; arriba con una promesa para limitar el contrabando de armas a lo largo de la frontera; muestra una disposición a pensar de otra manera. Aún más importante, Hillary intenta demostrar no sólo buena voluntad sino un mensaje consistente. Busca promover lo que ha faltado hasta el momento en la problemática bilateral: un mensaje claro, unificado, sobre lo que Estados Unidos está dispuesto a hacer en cuanto a su relación con México. En ese sentido, el viaje de la secretaria Clinton es un buen primer paso. Pero falta mucho por hacer. 

El corazón del problema reside en dos terrenos clave: el consumo de drogas en Estados Unidos y la venta irrestricta de armas de alto calibre a casi cualquiera que las quiera comprar. En esos dos ámbitos, las palabras de Hillary son vagas, imprecisas. Ella hace un diagnóstico correcto, pero las medidas anunciadas hasta el momento resultan insuficientes para atacar el problema de raíz. Ella dice: “claramente lo que hemos estado haciendo no ha funcionado” y tiene razón. Para que eso cambie, sus palabras tendrán que traducirse en acciones más amplias, focalizadas más en la demanda y menos en la interdicción. Porque el objetivo final de las palabras de Hillary Clinton no debería ser complacer, sino solucionar.