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Conversión: el momento adecuado es ahora

    Este año, la Cuaresma, es decir, los cuarenta días que van desde el Miércoles de Ceniza, que celebraremos este 6 de febrero, y la Pascua, comienza más temprano que otros años.

    Como saben, la Pascua, y por tanto el tiempo de Pascua y la Cuaresma que la precede, se guían en la Iglesia según el antiguo calendario lunar judío, y por eso su fecha varía más temprano o más tarde en el año.

    Siempre sin embargo, la Cuaresma nos recuerda que somos peregrinos en el mundo y que nuestra meta definitiva está en el mundo futuro. Sin embargo, lo que suceda en el mundo futuro dependerá de lo que hagamos en éste: cuánto cooperemos con la gracia que Dios nos da.

    Fray Pedro de los Reyes, un famoso autor espiritual español del siglo XVI, escribía un breve poema que, con el lenguaje de su tiempo, expresaba la realidad que los católicos muchas veces olvidamos.

    Así escribía: “¿Yo para qué nací? Para salvarme. Que tengo de morir es infalible. Dejar de ver a Dios y condenarme, triste cosa será, pero posible. ¿Posible? ¿Qué hago?, ¿en qué me ocupo?, ¿en qué me encanto? Loco debo de ser, pues no soy santo”.

    La Cuaresma pues, es el tiempo que la sabia liturgia de la Iglesia nos ofrece para sacarnos de la “locura” de una vida distraída de lo esencial, y volver nuestra atención al asunto más importante de nuestra vida: nuestra conversión y nuestra santidad.

    La cultura de hoy nos ofrece muchas distracciones, para vivir olvidándonos de la muerte. Y no es que nuestra fe aliente pensar en la muerte. Nuestra fe es una fe que celebra la vida: por eso, el tiempo de Cuaresma concluye con la gran fiesta de la resurrección del Señor.

    Pero los grandes maestros espirituales siempre han recordado la importancia de pensar en la muerte, no porque ella sea un tema “atractivo” en sí mismo; sino porque el pensar en la muerte nos recuerda que nuestro tiempo en la tierra es limitado, y que tenemos que aprovecharlo de la mejor manera posible: siguiendo al Señor Jesús.

    Por eso, el símbolo de las cenizas, con las que comenzamos el tiempo cuaresmal, no es casual. La liturgia ofrece dos fórmulas que pueden ser utilizadas al momento de imponer la ceniza, una que dice “conviértete y cree en el Evangelio”, y otra que dice “polvo eres y en polvo te convertirás”. Las dos fórmulas apuntan a recordarnos lo mismo: que la conciencia de lo corto de nuestra vida en la tierra nos ayude a vivir una vida de conversión constante.

La Cuaresma también nos recuerda que la conversión no es un momento en nuestra vida al que ya hemos llegado o llegaremos: es una realidad constante que debe acompañar todos los momentos de nuestra vida.
Para este tiempo, la Iglesia nos propone tres medios concretos para convertirnos.
    El primero es la penitencia, que significa aprender a desapegarse de lo placeres y ofrecer a Dios sacrificios, especialmente las dificultades de nuestra vida cotidiana.
    El segundo es la oración: el diálogo con Dios de forma personal y en la celebración comunitaria deben ser parte fundamental de la vida del cristiano.
    El tercero es la caridad: recordemos que la caridad es la virtud por la que seremos finalmente juzgados, porque como dice San Juan en su carta: “El que no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”. (I Jn 4:20) Este es pues un tiempo para revisarnos, para pensar en cómo podemos vivir más la caridad hacia los demás, así como en nuestras faltas de amor a los demás, para corregirnos y especialmente para que aprendamos a perdonar.

    Cuaresma es pues un tiempo de conversión. Y el mejor momento para convertirse es hoy. Porque como decía San Agustín, podemos contar siempre con que el Señor nos dará su misericordia, pero no sabemos si Dios nos dará un mañana para aprovecharla.

    Que el Señor nos conceda vivir cada día de esta Cuaresma con el afán de conversión que tendríamos si supiéramos que es el último día de nuestra vida.