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El Año Sacerdotal

 

Por Arzobispo José Gómez

Este año, con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, el Papa Benedicto XVI ha inaugurado un año dedicado a la oración y a la reflexión sobre la naturaleza y el ministerio de nuestros presbíteros: el Año del Sacerdocio.

La Iglesia dedica un “año especial” para ayudarnos a centrar nuestra atención en un tema específico, para descubrir su importancia, su riqueza y su valor. Hemos terminado el año de San Pablo y ahora tenemos el Año Sacerdotal.

El Papa Benedicto XVI decidió proclamar este año del sacerdocio para conmemorar los 150 años desde el fallecimiento de San Juan Maria Vianney. De esta manera, exalta a este humilde párroco de la parroquia rural de Ars, en Francia, el santo patrono de los sacerdotes: un modelo extraordinario de santidad sacerdotal; un hombre humilde que a través de su prédica como de su ejemplo nos ha dejado un hermoso modelo de santidad.

Tan convencido estaba el Cura de Ars de la importancia del sacerdocio para la Iglesia, que en una ocasión escribió: “¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta de lo que representa, moriría … no de pavor, sino de amor”.

Todos los Católicos participan en el sacerdocio común de Jesucristo, pero solo los sacerdotes comparten en su sacerdocio ministerial, la misión específica que Jesús dio a sus doce apóstoles — la de proclamar el evangelio, perdonando los pecados en su nombre, y llevando a todas las personas a la salvación a través de los sacramentos, especialmente la santa Eucaristía.

El llamado al sacerdocio viene de Dios, como un don de su amor. “El que nos ama … ha hecho de nosotros … sacerdotes para su Dios y Padre”. Estas palabras del libro del Apocalipsis nos dicen claramente que el sacerdocio no es como la elección de una carrera o la decisión sobre un estilo de vida.

Lo que sucede a los sacerdotes a través de este don de la elección es un profundo misterio. El Papa Juan Pablo II llamó la vocación sacerdotal un “maravi-lloso intercambio … entre Dios y el hombre”. Cuando es ordenado sacerdote, “el hombre ofrece a Cristo su humanidad, para que él pueda servirse de ella como instrumento de salvación, casi haciendo de este hombre otro sí mismo”. (Don y Misterio, 72-73)

El sacerdocio es un maravi-lloso don del amor divino. Sin embargo, los sacerdotes son humanos, como todo el mundo. Ellos también experimentan dificultades y tribulaciones en su ministerio de servicio. Necesitan las mismas cosas que todos necesitamos — amor, confianza, comprensión. Son humanos y frágiles, como todos nosotros. Y necesitan de manera especial las oraciones y aliento de todos nosotros. Todos deberíamos rezar más por nuestros sacerdotes, y amarlos más también.

El Papa Benedicto XVI nos dice en su carta a los sacerdotes: “Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incompren-
siones, perseveran en su vocación de ‘amigos de Cristo’, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?”

En nuestra arquidiócesis tenemos la bendición de la silenciosa entrega de nuestros sacerdotes mayores, quienes han trabajado generosamente, sacrificando con alegría los mejores años de su vida en el servicio de Dios y de todos nosotros, así como el entusiasmo de nuestros sacerdotes jóvenes, que inician su ministerio con la ilusión de servir a todos sin condiciones.

Los sacerdotes son esenciales para la vida sacramental de la iglesia; pero al mismo tiempo, tienen un papel importante como testigos, modelos y ejemplo para sus comunidades. En efecto, aunque sabemos que nuestra única confianza está puesta en Cristo, el pueblo cristiano siempre mira a sus sacerdotes.

Es por esta razón que el mismo Papa revelaba la importancia del buen testimonio sacerdotal en su carta a los sacerdotes: “Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal”.

Pidamos mucho para que nuestros sacerdotes reciban la bendición del don de la fidelidad en el seguimiento de Cristo, y que nuestros seminaristas continúen preparándose para ser los San Juan María Vianney del futuro.

Todos los fieles pueden contribuir, como nos sugiere el Papa, ofreciendo las oraciones personales, el rezo del rosario, y la participación en la santa Misa, pidiendo que los sacerdotes del mundo se asemejen cada vez más a Jesucristo, el supremo sacerdote.