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El amor por la verdad

    El viaje apostólico del Papa Benedicto XVI a los Estados Unidos terminó el domingo pasado en la ciudad de Nueva York. Ha sido un momento especial de gracia para los católicos y las personas de buena voluntad en todo el país. Su visita ha sido una reafirmación de los valores y creencias que tenemos en común con todos los americanos. La respuesta al Santo Padre, y aún de mayor importancia, a su mensaje, es una señal de la profunda fe y esperanza que define el pueblo de esta gran nación.

Por el Arzobispo Jose H. Gomez

    Una de las enseñanzas del Santo Padre a las personas de los Estados Unidos que más llamó la atención fue su insistencia en el don de la libertad que tenemos en nuestra sociedad.

    En la Casa Blanca, la semana pasada, el Santo Padre dijo que la libertad es un don, “pero también una llamada a la responsabilidad personal”.

    Con estas palabras, el Santo Padre nos puso ante un desafío, de despertar en nuestros corazones nuestro llamado individual a ser instrumentos de paz en un mundo oscurecido por el miedo y la incertidumbre.

    Luego, en su homilía en el estadio de los Yankees en la ciudad de Nueva York, él dijo que “la verdadera libertad es un don gratuito de Dios, fruto de la conversión a su verdad, a la verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32). Y dicha libertad en la verdad lleva consigo un modo nuevo y liberador de ver la realidad”.

    El mandamiento que se refiere a la importancia de la verdad en nuestra vida es el octavo mandamiento: “No darás falso testimonio ni mentirás”. La mayoría de las personas suele reducir este mandamiento a no decir mentiras.

    Pero como nos explica el Compendio del Catecismo, “toda persona está llamada a la sinceridad y a la veracidad en el hacer y en el hablar. Cada uno tiene el deber de buscar la verdad y adherirse a ella, ordenando la propia vida según las exigencias de la verdad. En Jesucristo, la verdad de Dios se ha manifestado íntegramente: Él es ‘la verdad’. Quien le sigue vive en el Espíritu de la verdad, y rechaza la doblez, la simulación y la hipocresía” (Compendio 521).

    Muchos autores espirituales señalan, por esta misma razón, que el pecado más grave de Poncio Pilato no fue declararse inocente de la sangre de Jesucristo, sino el preguntar “¿Qué es la verdad?” sin esperar la respuesta de quien era la Verdad misma encarnada. Al darle la espalda a la Verdad, Pilato puso en marcha la maquinaria que terminaría con la muerte de Jesús.

    Amar la verdad no sólo significa no decir abiertas mentiras. Significa evitar toda forma de ofensa a la verdad.
Como nos enseña el Catecismo, se peca contra la verdad con la maledicencia, la difamación, la calumnia y hasta con las insinuaciones que perjudican o destruyen la buena reputación y el honor, a los que tiene derecho toda persona.

    Es conocida la enseñanza — que algunos atribuyen a San Felipe Neri — según la cual la difamación es como lanzar miles de pequeñas plumas en todas las direcciones: es muy fácil arrojarlas; pero después resulta casi imposible recogerlas.

Cuando difamamos, o formamos parte de una cadena de transmisión de difamación y chisme, estamos andando por un camino que es muy difícil de desandar.

    También se falta a la verdad con el vicio contrario: con la adulación o la complacencia, sobre todo cuando mediante ellos se buscan beneficios inmorales.

    Por eso, la Iglesia enseña que toda culpa cometida contra la verdad debe ser reparada. Y este principio de justicia no sólo obliga a los individuos: también los medios de comunicación deben saber orientarse por esta virtud fundamental del amor a la verdad, informando los hechos de manera veraz e íntegra, respetando los legítimos derechos y la dignidad de las personas; sin insinuar ni inducir a juicios negativos injustificadamente.

    El octavo mandamiento, por tanto, supone el amor a la verdad por encima de cualquier cálculo o pasión. Como nos dice el Catecismo “La verdad es bella por sí misma”, y es esa belleza de la verdad la que debe movernos a buscarla, amarla, defenderla y anunciarla.

    “El cristiano — nos dice al respecto el Compendio del Catecismo — debe dar testimonio de la verdad evangélica en todos los campos de su actividad pública y privada; incluso con el sacrificio, si es necesario, de la propia vida. El martirio es el testimonio supremo de la verdad de la fe”. (Compendio 522)

    Amar y defender la verdad, en medio de un mundo de creciente relativismo, no es algo menor o irrelevante. Y por eso el Catecismo nos habla de algo tan radical como el martirio.

    En nuestra vida cotidiana, sin embargo, no necesitamos llegar tan lejos. Usualmente no estamos entre la vida y la muerte cuando se trata de defender la verdad. Pero nuestra actitud frente a ella no puede ser indiferente.

    El primer viaje apostólico del Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, se quedará con nosotros por mucho tiempo. Él nos ha traído la presencia de Cristo, nuestra esperanza y un renovado entusiasmo por nuestra fe católica.

    Pido a nuestro Señor, por la intercesión de María, nuestra Santísima Madre, que nos de la gracia de seguir reflexionando en las claras, profundas y entusiasmantes enseñanzas de nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, para que con alegría renovemos nuestro compromiso de ser apóstoles de Jesucristo, quien es el camino, la verdad y la vida en el siglo XXI.

 
Fuente: © Today’s Catholic Newspaper, 2004