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El Dolor de Cuba

 

 

 

 

 

 


LA HABANA,  (IPS)  .-   Trato de ponerme en la situación mental y física

de los cientos de miles de personas de mi país que lo han perdido

todo, y por supuesto que no lo consigo.



Por Leonardo Padura Fuentes (*)

 

Hay golpes tan duros en la

vida, como dijera César Vallejo, que solo quienes los sufren tienen

idea exacta de lo que significan, de lo que pueden doler, de las

secuelas que suelen generar. Y aunque mi oficio es imaginar y

construir historias y vidas, con sus alegrías y sus penas, la realidad

siempre supera a la literatura, y el dolor real derrota al peor de los

pesares imaginado.

 

Las cifras espeluznantes de las pérdidas provocadas por los efectos

demoledores y alevosamente consecutivos de los huracanes Gustav e Ike

sobre la isla de Cuba, quizás pueden comenzar a explicar algo, pero

difícilmente consigan acercarnos a la sensación de desolación de los

que vieron sus casas, construidas con cualquier material, casi siempre

a lo largo de años y esfuerzos inimaginables, convertirse en un montón

de tablas, ladrillos, tejas y esperanzas perdidas.

 

Los datos oficiales publicados hace unos pocos días hablan de 444 mil

viviendas seriamente dañadas y de más de 63 mil totalmente destruidas.

En un país de 11 millones de habitantes donde ya el déficit

habitacional alcanzaba el medio millón de inmuebles, y donde en los

dos últimos años la construcción de nuevas viviendas apenas alcanzó la

cifra de 180 mil, la situación de hoy solo puede calificarse de

desastre de muy, muy difícil solución. Los cálculos de las pérdidas en

la agricultura, la infraestructura eléctrica, las redes viales, las

reservas forestales, las atracciones turísticas son de similares

dimensiones y en muchos casos su recuperación requerirá de plazos

dilatados, a pesar de la voluntad política que expresan los discursos

del gobierno: porque los requerimientos se mueven en la apretada

esfera de la economía cubana, asediada por sus propias incapacidades,

por las presiones reales del asfixiante embargo norteamericano y por

la crisis bancaria y mercantil que recorre el planeta en este mismo instante.

 

Pero en todos esos guarismos, tan reveladores de lo ocurrido, y en las

discusiones políticas generadas antes y después del paso de los

huracanes, nunca será posible incluir, ni siquiera esbozar, la

consternación de las personas que perdieron una parte irrecuperable de

sus vidas: las fotos y las cartas de sus mejores recuerdos, sus

libros, las ropas conseguidas con tanto sacrificio, los pocos objetos

materiales que muchas veces marcaban la importante frontera entre

pobreza y miseria: el cepillo de dientes y las gafas de lectura, por

ejemplo. El poder destructor de la naturaleza se ensañó con un país

donde la realidad económica ha sido dura, a veces extremadamente

complicada, pero donde las personas siempre han luchado por la

dignidad y las gratificaciones de la vida civilizada y por eso las

pérdidas de los bienes espirituales y materiales que completaban sus

existencias cobra una dimensión más trágica y macabra.

 

Luego de vivir la profunda tensión económica de la década de 1990 –el

llamado “período especial” que siguió al derrumbe del socialismo

europeo-, aquellos años oscuros en los que el acto de conseguir

alimentos se convirtió en una odisea cotidiana, la situación de Cuba

parece regresar hoy a aquellos tiempos de carencias indescriptibles:

como entonces, vuelven a faltar la comida, la ropa, los fósforos, los

zapatos, y retoñan el cansancio y la desesperación. Pero si en

aquellos años –que alcanzaron su clímax cuando se produjo el éxodo

masivo conocido como la crisis de los balseros- la búsqueda de

alternativas de supervivencia dominó el espíritu de la mayoría, en

esta nueva etapa de la espiral la desolación y la desesperación

parecen ganar nuevos espacios, minar las conciencias de una cantidad

notable de ciudadanos, agotados de tan duro bregar.

 

En medio de tanto dolor resulta alentador que una parte de los cubanos

practiquen hoy la solidaridad (la verdadera: la solidaridad entre los

que tienen poco) y hagan algo más que conmoverse ante la desgracia de

sus congéneres. Diversas asociaciones religiosas y culturales, por

ejemplo, han llamado a la ayuda maravillosa que es dar algo de lo que

tienen a los que no tienen nada. Desde subastas de obras de arte hasta

recogida de ropas usadas, medicinas, insumos de aseo han sido puestas

en marcha por iniciativas no gubernamentales, como la entidad

religiosa Cáritas y miembros de asociaciones de artistas. Por otro

lado, cubanos radicados fuera de la isla, incluso por razones

políticas, también han expresado y hasta concretado su voluntad de

cooperación y han buscado y hallado los difíciles canales para ponerla

en práctica. Y en cualquier sociedad un gesto así es gratificante.

 

Pero las crisis, ya se sabe, también revelan los lados oscuros de los

individuos, sean públicos o simples ciudadanos privados. Los que no

son capaces siquiera de plantearse el reto de imaginar la desgracia de

los otros, han comenzado a jugar a la especulación. En los

desabastecidos mercados de libre oferta los precios se han duplicado y

hasta triplicado, movidos por la escasez, la oportunidad y el

repentino aumento de los combustibles en más de 30%, justo cuando en

el mercado internacional han bajado más que esa proporción.

 

La gran incógnita del momento es, sin embargo, saber (o poder

imaginar, otra vez la imaginación) si además del reparto en usufructo

de tierras ociosas, el gobierno cubano pondrá en práctica los

prometidos “cambios estructurales y conceptuales” de la sociedad y la

economía que, tal vez, ayuden a hacer más breves los plazos de la

espera y la desesperación. Si antes de que se iniciara esta memorable

y terrible temporada ciclónica del 2008 las expectativas de cambios

que pudieran agilizar e hicieran productiva la economía del país y al

mismo tiempo movilizaran su sociedad por nuevos caminos era una

esperanza, hoy, dos huracanes después y medio país devastado, parece

una necesidad insoslayable.

 

El campesino descalzo que en una entrega de donaciones se aferró a una

zapatilla a la que le faltaba su pareja, confiado en que tal vez al

final del reparto apareciera la compañera de aquella “dama” solitaria,

es una imagen posible de la desesperación y de la necesidad de

buscarle alternativas que vayan más allá de las ayudas oficiales y de

la solidaridad humana. Este dolor puede convertirse en la señal de un

alumbramiento. (FIN/COPYRIGHT IPS)

 

(*) Leonardo Padura Fuentes, escritor y periodista cubano. Sus novelas

han sido traducidas a una decena de idiomas y su más reciente obra, La

neblina del ayer, ha ganado el Premio Hammett a la mejor novela

policial en español del 2005.