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El increíble regalo del Padrenuestro

La última parte del Compendio del Catecismo habla de un tema fundamental en nuestra vida cristiana: la oración del Padrenuestro. Es el “resumen de todo el Evangelio” según Tertuliano, y Santo Tomás de Aquino dice que “es la más perfecta de todas las oraciones”.

Por Monseñor José H. Gomez, S.T.D., Arzobispo de San Antonio

 

¡Habría tanto que decir del Padrenuestro! Pero lo primero y más hermoso de todo es que es una oración de origen divino, que fue enseñada por el mismo Jesús ante la súplica de sus discípulos: “Señor ¡Enséñanos a orar!”

 

Basta comenzar con la maravilla, sin par en otra religión, de poder llamar a Dios “Padre”. En efecto decía San Cipriano: “¡Qué benigno ha sido el Señor, rico en bondad y misericordia hacia nosotros! Ha querido que nosotros oremos ante Dios de manera que podamos llamarlo padre y que, como Cristo es su Hijo, así nosotros seamos llamados sus hijos. Ninguno de nosotros, en efecto, habría osado decir esta palabra en la oración, si no nos lo hubiera concedido Jesús”. Y Dios es un Padre que llamamos “nuestro”, no solo “mío”, porque los católicos nos reconocemos como una comunidad de hermanos en Jesús. Somos la Iglesia, el pueblo de Dios, el Cuerpo Místico de Cristo.

 

Se trata además de un Padre de quien decimos “santificado sea tu nombre”, no porque creemos que Él necesita de nosotros el reconocimiento de su santidad; cuando decimos esta frase, no estamos “informando” a Dios de algo que no sabe, ni le estamos haciendo un cumplido que Él espera o necesita. Lo que hacemos es pedir que su santidad se realice y se difunda en la gran familia cristiana; es decir, que cada uno de nosotros sea santo como Él.

 

Cuando decimos “Venga a nosotros tu reino” le pedimos que venga el mismo Cristo Rey, que es la Palabra del Padre, venga a nosotros. Pidamos que el Reino de Cristo, el Hijo de Dios, esté presente entre nosotros, en nuestra vida, en nuestra sociedad y el mundo que habitamos. “Antes, éramos esclavos, pero hoy hemos recibido el poder de reinar bajo la protección de Cristo”, nos dice San Cipriano. Luego, cuando decimos “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, estamos aceptando con alegría la voluntad de Dios en nuestra vida; estamos dispuestos a dar prioridad a todo lo que Dios ha pensado para nosotros antes que a nuestros propios planes y proyectos. 

 

Un autor católico que reflexionaba sobre el Padrenuestro, destaca algo curioso: que la petición de darnos el pan está en el centro de la oración. El pan es alimento vital y Dios Padre se preocupa del sustento del hombre. El pan que pedimos representa más que el mero alimento material — que no carece de importancia; representa todo aquel entorno, como la familia, la amistad, la comunidad. Su presencia y compañía hacen que la vida sea más agradable y alegre. Y por eso el pan que se pide es “nuestro” no ‘mio’, porque deseamos el alimento material, pero más aun, necesitamos el sustento afectivo y espiritual — que llega a su plenitud en la Eucaristía — no sólo para cada uno, sino para toda la humanidad. 

 

Las peticiones finales: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden y no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”, no son más que el reconocimiento de nuestra debilidad, del misterio del pecado que muchas veces nos domina, pero también de la misericordia de Dios. De otra forma, no nos atreveríamos a pedir que nos perdone. 

 

Los cristianos reconocemos así que tenemos puntos débiles, y que uno de ellos es nuestra resistencia a perdonar a los demás. Sabemos que mientras muchas veces somos indulgentes con nosotros mismos, con frecuencia también no perdonamos a los demás. Y por eso ponemos el pedido del perdón de Dios, que necesitamos mucho y a cada momento, en la misma balanza que nuestro perdón a los demás: para anudar los dos mandamientos que el mismo Jesús quiso que fueran juntos: “Amarás a Dios con toda tus fuerzas … y a tu prójimo como a ti mismo”. 

 

“Después, terminada la oración” nos decía San Cirilo de Jerusalén, “dices: Amén, refrendando por medio de este Amén, que significa “Así sea”, lo que contiene la oración que Dios nos enseñó”. 

 

Como decía, es mucho lo que se puede decir de esta oración central para la vida cristiana. Si reflexionamos sobre las palabras que decimos, nos haremos más conscientes del amor de Dios por nosotros. Si nos detenemos en el significado más allá de las palabras, nos haremos cada vez más conscientes de que estamos pidiendo a Dios que nos ayude a renovar nuestro compromiso de amarlo a Él y a nuestros hermanos y hermanas.

 

De manera especial durante este Año Paulino, espero que el Padrenuestro sea una guía sencilla pero eficaz que nos lleve a una conversión más profunda y a la renovación de nuestro compromiso con Dios, nuestro Padre amoroso y misericordioso.

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