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La esperanza y la Pascua

    El Santo Padre, Papa Benedicto XVI dijo que “la fe en la resurrección de Jesús es una afirmación de que existe un futuro para cada persona humana”, pero aún con lo especial que debería ser la celebración de la Pascua, nuestra cultura secular trata de reducir su valor espiritual.

Por el Arzobispo Jose H. Gomez

    En Pascua la Iglesia proclama el hecho más importante y radical para la vida de la humanidad y de cada hombre: la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo ha traído la felicidad y la salvación al mundo entero. Al mismo tiempo, el ambiente comercial de nuestra sociedad moderna ha convertido a esta fiesta en una celebración secular, una nueva oportunidad para tener grandes rebajas en las tiendas de departamentos o simplemente para que sea un día en que está permitido tener un picnic o comer mucho chocolate. La diferencia entre una celebración y otra es abismal. Es la diferencia entre nada y todo. La Pascua debe ser un tiempo para renovar nuestra esperanza. Es una fiesta que da sentido a toda nuestra vida. En su reciente Encíclica titulada “Spe Salvi” — “Salvados por la Esperanza” — el Papa Benedicto XVI nos explica la importancia de los misterios que acabamos de celebrar en la Pascua.

    “Cristo — dice el Santo Padre — ha descendido al ‘infierno’ y así está cerca de quien ha sido arrojado allí, transformando por medio de Él las tinieblas en luz. El sufrimiento y los tormentos son terribles y casi insoportables. Sin embargo, ha surgido la estrella de la esperanza, el ancla del corazón llega hasta el trono de Dios. No se desata el mal en el hombre, sino que vence la luz: el sufrimiento — sin dejar de ser sufrimiento — se convierte a pesar de todo en canto de alabanza. (Spe Salvi, 37) Así, gracias al misterio de la Resurrección del Señor, podemos tener esperanza, esa virtud que muchas veces pasamos por alto, pero que es una de las virtudes teologales, recibida de Dios con la fe y la caridad, y sin la cual no podríamos crecer en nuestra vida espiritual.

    El conocido converso francés Charles Péguy describía en un poema el valor de la esperanza y su relación con las otras dos virtudes que recibimos de Dios, la fe y la caridad: “La fe es una esposa fiel, la caridad es una madre ardiente, toda corazón … Y la esperanza es una niñita de nada. Pero, sin embargo, esta niñita de nada, ella sola, llevando consigo a las otras dos virtudes, es la que atravesará los mundos llenos de obstáculos. Como la estrella condujo a los tres Reyes Magos desde los confines del Oriente, hacia la cuna de mi Hijo, así una llama temblorosa, la esperanza, ella sola, guiará a las virtudes y a los mundos, una llama romperá las eternas tinieblas”.

    Esa llama que nos trae la “pequeña” esperanza, ese fuego ardiente, que en la celebración de la Vigilia Pascual representábamos con el cirio pascual, es el Señor resucitado. “Él es nuestra paz”, (Ef. 2,14) como nos dice San Pablo. Y es nuestra paz porque nos ha traído el don de la esperanza, que alumbra cualquier tiniebla de nuestra vida.

    Comparemos esta maravilla, este don de Dios, con la frivolidad de una fiesta secular y preguntémonos si para nosotros la Pascua es el evento decisivo de nuestras vidas que debería ser, el milagro que deberíamos acoger, atesorar y agradecer infinitamente, o una fecha que celebramos, pero por las razones equivocadas.
Aunque se suele decir que el conejo de pascua es un símbolo pagano-escogido por su fertilidad, existe una tradición europea que ha visto en el conejo — más precisamente en la liebre — un símbolo cristiano de la Pascua.

    Según esta tradición, la liebre posee poderosas patas traseras que le permiten no solamente correr, sino especialmente subir cuesta arriba. Sus débiles patas delanteras, en cambio, le hacen difícil descender. Y por eso la liebre prefiere huir ascendiendo que descendiendo. De manera semejante, el cristiano, gracias a la Resurrección del Señor, se siente atraído a subir, a ascender hacia Cristo; y en cambio, se siente desalentado a descender hacia el pecado. Oremos para que el Señor resucitado y Santa María, la Virgen de la Alegría, nos ayuden a vivir este tiempo y el resto de nuestras vidas de la misma manera que las liebres de la tradición cristiana: siempre hacia arriba, hacia Dios y hacia las virtudes cristianas. ¡Feliz Pascua!

The hope of Easter 

    Pope Benedict XVI said, “Faith in the resurrection of Jesus is an affirmation that there is a future for every human person,” but as special as the celebration of Easter should be, said the Holy Father, our secular culture tries to take away its spiritual value.

    On Easter, the church proclaims the most important and radical fact in the life of humanity and of every human person: the resurrection of our Lord Jesus Christ has brought a new hope of happiness and salvation for the whole world. At the same time, the commercial environment of our modern society tends to make this holiday into a secular celebration: one more opportunity for a big department store sale or simply a day to indulge in a cookout or eating chocolates.

    The difference between one celebration and another is enormous. It’s the difference between nothing and everything. Easter must be a time to renew our hope. It is a feast day that gives full meaning to our lives.
In his recent encyclical titled Spe Salvi — “Saved by Hope” — Pope Benedict XVI explains the importance of the mysteries that we just celebrated at Easter.

    “Christ — the Holy Father says — descended into ‘hell’ and is therefore close to those cast into it, transforming their darkness into light. Suffering and torment is still terrible and well — nigh unbearable. Yet the star of hope has risen — the anchor of the heart reaches the very throne of God. Instead of evil being unleashed within man, the light shines victorious: suffering — without ceasing to be suffering — becomes, despite everything, a hymn of praise.” (Spe Salvi 37)

    So, thanks to the mystery of the resurrection of our Lord, we can have hope, a virtue that we can easily neglect but one of the theological virtues, infused by God together with faith and love, and without which we cannot develop our spiritual life.

    The well-known French convert, Charles Péguy, described in a poem the value of hope and its relation to the other two virtues we receive from God, namely, faith and charity: “Faith is a faithful wife, charity is a passionate mother, all heart… And hope is a tiny little girl. But, nevertheless, this tiny little girl, she alone, bringing along the other two virtues, is the one who will go through worlds of obstacles. As the star led the Magi from the far corners of the east to my Son’s cradle, so a flickering flame, hope, she alone, will guide the virtues and the worlds, a flame will break the eternal darkness.”

    That flame that brought us the “little girl” hope, that passionate fire, which in the Easter Vigil celebration was represented by the Easter candle, is the risen Lord. “He is our peace,” as St. Paul said. (Eph 2:14) And he is our peace because he has brought us the gift of hope, which lights any darkness in our lives.

    Let’s compare this wonder, this gift from God, to the frivolity of a secular celebration, and let us ask ourselves whether Easter is in our lives the decisive event that it should be, the miracle that we should welcome, treasure, and be infinitely thankful for, or a date that we celebrate, but for the wrong reasons.

    Although it is often said that the rabbit is a pagan symbol — chosen for its fertility — there is a European tradition that has considered the rabbit — more precisely the hare — a Christian symbol of Easter. According to this tradition, the hare has powerful rear legs that allow it not only to run, but especially to go uphill. Its weak front paws, on the other hand, make it difficult to go down. And that is why the hare prefers to escape uphill rather than downhill.

    Likewise, the Christian, thanks to the Lord’s resurrection, feels attracted to going uphill, to ascending towards Christ; and on the other hand, he feels discouraged when descending towards sin.

    Let us pray that the risen Lord and Mary, our Blessed Mother, cause of joy, will help us to live this time and the rest of our lives the same as the hares of Christian tradition: always uphill, towards God and towards the practice of Christian virtues. Happy Easter!

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