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La Vida en Cristo


Columna del Arzobispo José H. Gómez

 

 

Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia. (Fil 1:21) Estas palabras de San Pablo describen no sólo su extraordinaria vida, entregada toda al Señor Jesús; sino que describe lo que debería ser nuestra vida cotidiana como creyentes.

En efecto, ser cristiano no consiste en creer en una ideología o suscribir ciertas prácticas tradicionales. Ser cristiano significa ser de Cristo.

El Papa Benedicto XVI nos recordaba durante la primera semana de Pascua que ser cristianos implica ser hombres y mujeres “cuyas vidas han sido transformadas por la muerte y resurrección de Cristo para siempre”.

Transformadas para siempre por Cristo. Allí está la esencia de llevar el nombre de cristianos.

Así es como San Pablo asumió su vida desde su dramática conversión camino a Damasco hasta su martirio en Roma. Y en el marco de este Año Paulino, nos es de gran ayuda recordar cómo la vida del cristiano, la vida en Cristo, debe ser radicalmente distinta a la de quienes no creen en Cristo.

Cristo, que es la luz, ilumina nuestra vida. Por eso San Pablo nos escribe diciendo que “es ya hora de levantaros del sueño; que la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada. El día se avecina. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Como en pleno día, procedamos con decoro: nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias”. (Rom 13:11-13)

La vida cristiana significa pues no sólo vivir bajo la luz de Cristo resucitado, sino también vivir alejado de las tinieblas.

Si somos hijos de la luz, y queremos vivir “como en pleno día”, es decir, sin nada que reproche nuestras conciencias, debemos preguntarnos siempre qué cosas en nuestra vida amenazan con llevarnos a vivir en la oscuridad.

Se trata de descubrir qué aspectos de nuestra vida diaria, pensamientos, sentimientos, conductas o hábitos no son compatibles con nuestra identidad de cristianos y nuestra dignidad de hijos de Dios, de hombres y mujeres nacidos de la luz.

La luz y las tinieblas son incompatibles. Una siempre desplaza a la otra. Por eso San Pablo insiste tanto en esta imagen tan poderosa: más de cinco veces en sus cartas utiliza esta misma figura o alguna similar; y siempre para explicar la misma lección de vida: que el cristiano que no opta por vivir a plena luz, está eligiendo activa o pasivamente el vivir en las tinieblas.

La imagen paulina de la luz y el día es también importante porque nos explica qué cosa debe mover nuestros corazones: no nos mueve principalmente el temor a la ley o al castigo. Nos mueve la atracción de la luz.

Y porque la luz naturalmente desplaza las tinieblas, el acercarnos a la luz, que es Dios, mediante una vida de oración y familiaridad con Él, naturalmente rechazamos la tiniebla, como un organismo sano naturalmente rechaza lo que lo contamina o daña.

Así, la vida cristiana, como decía el Papa Juan Pablo II cuando presentó su Encíclica “Evangelium Vitae” ante un grupo de jóvenes romanos, “es un gran ‘sí’ a la vida … que implica algunos necesarios y enérgicos ‘no’ a todo aquello que atenta contra una vida plena en Dios”.

Pero el día no llega de un solo golpe. El amanecer es la transición de la oscuridad a la luz. Por eso San Pablo nos dice que “el día está encima”, porque el día pleno llegará solamente cuando veamos cara a cara a Aquel que Zacarías describió como “el Sol que nace de lo alto”. (Lc 1:78)

Mientras tanto, nuestra lucha debe ser por lograr que nuestra vida sea cada vez un amanecer más intenso, diáfano y luminoso.

No somos pues cristianos los domingos y fiestas de guardar. Somos cristianos todos los días, todo el día. Sin duda, se trata de una lucha constante. Pero como nos dice San Pablo, “puesto que nosotros somos del día, seamos sobrios, habiéndonos puesto la coraza de la fe y del amor, y por yelmo la esperanza de la salvación … para que ya sea que estemos despiertos o dormidos, vivamos juntamente con Él”. (1 Tes 5:8-10)

En este tiempo de Pascua, donde el Señor como luz se manifiesta de manera aún más intensa, rezo para que cada uno de los fieles de la Arquidiócesis busque y encuentre los medios necesarios para que nuestra vida cristiana sea cada vez más auténtica, más semejante a Cristo.

Y mientras nos esforzamos, cooperando con la gracia, nos alentamos “los unos a los otros, y nos edificamos el uno al otro, tal como lo estamos haciendo”. (1 Tes 5:11)

 

Fuente: Cortesía de Today’s Catholic Newspaper (Copyright © 2009)