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La vida humana es sagrada

    Pocos mandamientos son tan breves y a la vez tan extensos en sus implicaciones como el quinto mandamiento: No matarás.

Por el Arzobispo de San Antonio Jose H. Gomez

    La esencia de este mandamiento radica en un principio muy simple de entender, pero muy fácil de olvidar: que la vida humana debe ser respetada porque es sagrada. 

    Así no sólo lo reconoció el Antiguo Testamento, sino incluso las leyes paganas más antiguas que conoce la humanidad, como el llamado Código de Hammurabi de los babilonios.

    A nadie le es lícito destruir directamente a un ser humano inocente, porque sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término, porque es gravemente contrario a su voluntad, a la dignidad de la persona y a la santidad del creador.

    Y este principio se extiende no sólo al respeto al derecho a la vida, sino también a los derechos de la persona humana. Por eso los católicos creemos que también constituyen atentados contra la vida los secuestros de personas y la toma de rehenes, la tortura y la violencia como medio para resolver problemas, el deseo de venganza y el odio que lleva a desear el mal al prójimo.

    Entonces, el derecho a la vida es el primer derecho de la persona humana, y es un tema que no es negociable para la Iglesia o para cualquier persona. El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que “la sociedad debe proteger a todo embrión, porque el derecho inalienable a la vida de todo individuo humano desde su concepción es un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación”. (472)

    El Compendio también nos recuerda que el mandamiento de “No matarás” prohíbe “el aborto directo, querido como fin o como medio, así como la cooperación al mismo, bajo pena de excomunión, porque el ser humano, desde el instante de su concepción, ha de ser respetado y protegido de modo absoluto en su integridad”.

    Los pecados cometidos contra el quinto mandamiento son pecados graves, y debemos tomarlos en serio. Al mismo tiempo, no nos podemos olvidar que Dios es misericordioso, y en su divina misericordia nos ha dado el sacramento de la reconciliación, donde nos recibe con los brazos abiertos para perdonarnos y redimirnos de nuestros pecados. Jesús, a través de su Iglesia, que también es una Madre misericordiosa, ha dado a los sacerdotes la facultad de perdonar los pecados en su nombre, y de remover la pena de la excomunión, en el caso del aborto, si hay un arrepentimiento sincero.

    Además, hay muchos otros aspectos relacionados al quinto mandamiento. Algunos, relacionados al respeto por la vida humana, como son la pena de muerte, el homicidio intencional, el suicidio, la eutanasia. Otros están relacionados a la dignidad de la persona humana: el escándalo, la salud personal y la integridad física, el abuso de substancias como el alcohol y las drogas, el respeto a los difuntos. Finalmente, lo relacionado a promover la paz: evitar las guerras, el tráfico ilegal de armas, el tratamiento que se da a los prisioneros de guerra, las excesivas diferencias sociales y economicas, la violencia domestica y el abuso de niños, la ira, la envidia, la falta de confianza, el orgullo, etc.

    “No matarás” pues, es un desafío más amplio del que solemos imaginar. No se refiere simplemente a que no seamos asesinos, sino a que debemos defender la vida, los derechos humanos de la persona, proteger a la familia, promover la paz y vivir la caridad con el prójimo.

    Podemos ver que el quinto mandamiento tiene implicaciones sociales y mundiales; las palabras de Jesús en el Evangelio de San Mateo, “bienaventurados los que construyen la paz” (Mt 5:9), son un llamado a cada uno de nosotros, a esforzarnos por vivir la paz en nuestras familias y comunidades, pero extendiéndola al mundo.

    La paz, para el católico, es la búsqueda del respeto y del desarrollo de la vida humana, y no es simplemente la ausencia de guerra o el equilibrio de fuerzas contrarias. La paz social, en nuestra comunidad y en el mundo, no se puede materializar si nosotros, personalmente y como sociedad, no respetamos toda vida humana, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.

    Pidamos al Señor, por intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, la patrona de los no-nacidos, para que nos permita vivir el quinto mandamiento con fidelidad, no sólo no matando, sino especialmente defendiendo, protegiendo y amando la vida como su don para nosotros. 

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