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Las madrasas desde dentro

KARACHI, Pakistán,  (IPS)  .- Mehboob Illahi, de 15 años, está ansioso por irse de Pakistán y abandonar la Jamia Binoria, la mayor madrasa (seminario islámico) de esta meridional ciudad pakistaní.

Por Zofeen Ebrahim

    Illahi fue traído hace poco más de tres años a este país por su padre, un ciudadano estadounidense de origen pakistaní, para recibir instrucción religiosa y nunca más volvió a Estados Unidos.

    Cuando Illahi egrese será un hafiz, esto es, alguien sabe de memoria los 30 capítulos del
Corán (libro sagrado del Islam) en árabe.

    Sin duda es una proeza, aunque un hafiz puede no entender ni una palabra de todo lo que
memorizó. Pero ese es el principio de la educación religiosa de niños y niñas de entre seis y 15 años en la mayoría de las madrasas.

    "Cuando llegué lloré mucho", reconoció Illahi
con un marcado acento inglés. "Me costó mucho
adaptarme al estilo de vida y el polvo me molestaba mucho".

    Illahi es uno de los 600 estudiantes
extranjeros inscriptos en Jamia Binoria.

    Hussain Abdul Momin, un nigerino de 28 años,
ya es hafiz y hace ocho que estudia en la Jamia
Binoria. Quiere ser maestro de religión cuando
regrese a Níger, pero primero debe terminar el
curso de aalim (erudito), de seis años.

    Momin vino a Pakistán porque "la educación de
esta madrasa es reconocida por su excelencia en el mundo islámico",
señaló.

    El mismo argumento dio Asri Abdel Aziz, un
tailandés de 32 años, que hace uno que estudia aquí.

    Tanto mujeres como varones, con su
comportamiento amable y buenos modales, parecen
lejos del prototipo de estudiante islámico
intolerante y fanático difundido en Occidente.

    "Es un error difundido por el propio
gobierno", señaló Mufti Muhammad Naeem, director y fundador de Jamia
Binoria.

    La madrasa comenzó a funcionar en 1978 y
ahora tiene seis centros en la ciudad. Naeem
niega rotundamente la idea de que estos centros
de estudios religiosos se convirtieran en semillero de radicales.

    "El radicalismo no debe analizarse de forma
aislada. Es una reacción a varios factores", sostuvo Naeem.

    "El fenómeno que ustedes llaman globalización
es un imperialismo occidental, es la cultura
hedonista y de consumo que imitamos de Occidente,
son los daños colaterales incalculables causados
por la guerra contra el terrorismo y el papel del
Estado, percibido como un lacayo de Estados
Unidos, y lo que exacerbó el radicalismo", explicó.

    "Es la peligrosa política del gobierno lo que
causa gran parte del desencanto y la crisis
actual en la que estamos inmersos", señaló,
refiriéndose al aumento de ataques suicidas y con bomba.

    "Los propios extremistas islámicos creados
por el gobierno ahora se vuelven en su contra",
apuntó en alusión a una serie de ataques
perpetrados el año pasado contra fuerzas policiales y de seguridad.

    Hay entre 20.000 y 25.000 madrasas grandes y
pequeñas que brindan educación, alojamiento y
alimento a unos 1,6 millones de niños y niñas,
alrededor de ocho por ciento de la población
infantil de Pakistán en edad escolar, según Naeem.

    La mayoría de los niños van a los seminarios
porque no tienen ningún otro lugar dónde
educarse, a diferencia de Illahi y otros estudiantes extranjeros.

    "Los pobres mandan a sus hijos a las madrasas
porque el Estado no les da apoyo en materia de
educación", indicó el analista político Hasan Askari-Risvi.

    Estos seminarios ofrecen una vía de escape
para la opresión feudal. La exclusión social y
las privaciones económicas son las principales
razones por las cuales muchos jóvenes se ven
empujados hacia la militancia religiosa, añadió Naeem.

    Sin embargo, "las madrasas tienen vínculos
directos e indirectos con el terrorismo", admitió Rizvi.

    En la zona dominada por los miembros de la
etnia "pashtún" (patanes) de la frontera con
Afganistán no hay ni agricultura ni industria.

    La mayoría de los hombres emigraron a las
ciudades y envían remesas a sus casas. Para la
familia que queda, las madrasas ofrecen una
especie de seguridad social. Sus hijos no sólo
tienen la comida asegurada sino también educación y condiciones dignas.

    Cientos de madrasas fueron creadas en los
alrededores y dentro de los campamentos de
refugiados de afganos en Pakistán en los 80, en
relación directa con la resistencia contra la
invasión de la hoy disuelta Unión Soviética a Afganistán.

    "Una gran cantidad de madrasas pakistaníes,
incluso de las provincias de Punjab y Sindh,
mandan a sus estudiantes a ayudar al Talibán en
su guerra contra la OTAN" (Organización del
Tratado del Atlántico Norte), reconoció Rizvi.

    El movimiento islamista Talibán gobernó la
mayor parte de Afganistán entre 1996 y 2001,
cuando fue depuesto por la invasión estadounidense.

    La Jamia Binoria, perteneciente a la escuela
de pensamiento Deobandi (un movimiento sufista
iniciado en India), fue una de las pocas que ayudaron al Talibán, según
Rizvi.

    "La mayoría de las madrasas contribuyen de
forma indirecta con el extremismo y el terrorismo
al crear un estado de ánimo entre sus estudiantes
muy cerrado y que los deja vulnerables a los
extremistas islámicos", explicó Rizvi.

    "Ese estado de ánimo es la principal causa
por la que los pakistaníes se dejan llevar por la
intolerancia religiosa y cultural", añadió.

    "La cuestión del terrorismo no es con las
madrasas en sí mismas, sino con la ideología que
enseña un sector de la escuela Deobandi",
coincidió Zaid Hamid, director del grupo de
estudios Brasstacks, con sede en Islamabad.

    Pero Hamid advierte del peligro de las
generalizaciones. "No todas las madrasas Deobandi
suscriben a una ideología de violencia", indicó.

    Los estudiantes siguen un régimen estricto y
no tienen mucha idea de qué sucede en el mundo
exterior. No pueden leer periódicos, pese a que
el seminario saca el suyo propio, porque el
director dice que "no quiere que los estudiantes
desarrollen una ideología política y corrompan
sus mentes porque eso ocasiona problemas".

    Tampoco tienen televisión. La escuela tiene
una sala de informática y tienen unas 40
computadoras, pero los estudiantes no pueden
acceder a Internet ni a teléfonos celulares, reservados a los extranjeros.

    En cuanto al tiempo libre, no pueden hacer
casi nada, salvo jugar al críquet o al fútbol en la tarde.

   "Vinimos a aprender. La idea no es distraerse
con el mundo exterior y todas sus atracciones,
sino estudiar religión", señaló Momin, rechazando la noción de diversión.

    Pero Illahi confiesa que cuando en las
vacaciones visita a sus tíos juega a la computadora, mira televisión y
nada.

    La matrícula cayó tras los atentados contra
Nueva York y Washington del 11 de septiembre de
2001 y muchos estudiantes extranjeros se fueron.

    Pero luego la propaganda negativa contra el
Islam contribuyó a que "prendiera en los jóvenes
musulmanes una sed por conocer su religión y
ahora aumentan las inscripciones", señaló Mufti
Abdullah Hazarvi, vinculado a Jamia Binoria desde hace más de 18 años.

    Tras los atentados de 2001 se volcó mucho
dinero y mucho esfuerzo para reformar los
programas de los seminarios, pero sin mucho éxito.

    "La resistencia más dura salió de las
madrasas vinculadas a partidos políticos
islámicos o de las que tienen un marcado perfil político", señaló Rizvi.

    En 2005, bajo fuerte presión de Estados
Unidos, el gobierno de Pakistán desató una
represión contra los seminarios a fin de combatir
el extremismo local que alimenta el fanatismo.

    El gobierno de Pervez Musharraf tomó medidas
drásticas contra organizaciones islamistas
proscritas, las atacó y les confiscó materiales.
Pero parece tropezar en lo que respecta a la reforma de las madrasas.

    Como primer paso, el gobierno quiso que todos
los seminarios se registraran, modernizarán sus
planes de estudio y rindieran cuenta de sus finanzas.

    Hasta el año pasado, 14.656 madrasas de las
alrededor de 20.000 que existen, se registraron
voluntariamente en el Ministerio de Asuntos Religiosos.

    A Mufti Hazarvi le enfada esa interferencia.

    "Al pedir que se enseñen otras materias
distraen a nuestros estudiantes de sus estudios
religiosos", señaló Hazarvi enojado. "Es
realmente injusto que hagan oídos sordos a
nuestros reclamos de que las instituciones
educativas laicas incluyan estudios islámicos".

    "La mayoría de las madrasas estaban
dispuestas a registrarse en 2005 y muchas, como
la nuestra, ya revisaron sus planes de estudio.
El problema se suscitó cuando la mayoría de
ellas, incluidos nosotros, se negaron a ser auditados", indicó Mufti.

    Jamia Binoria gasta unos 83.000 dólares al
mes en impartir clases a unos 4.000 estudiantes,
incluidos 600 extranjeros, darles comida,
alojamiento, algunos pagan, y en atención médica.

    Además cuenta con unos 3.000 especialistas al
día. No dependemos de ningún gobierno, señaló el director.

    "No queremos divulgar nuestras fuentes de
financiamiento porque muchos de los donantes no
quieren que sus contribuciones de beneficencia
sean de dominio público", indicó Mufti Naeem.

    Muchos filántropos pakistaníes en el
extranjero dejaron de enviar dinero por temor a
ser vinculados con el terrorismo, apuntó.

(FIN/IPS/traen-vf-rp/ze/rdr/ap ip cr ed/08)