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Las sorpresas de Navidad

Las tradiciones de Navidad son siempre notables tanto en su contenido como en su simplicidad. Las Posadas, por ejemplo, son una antigua tradición que representa a San José en búsqueda de alojamiento.

    Los cristianos celebramos la venida de Dios al mundo para salvar a toda la humanidad, y contamos la historia más importante de todos los tiempos, sobre la madre de Dios que va en un burro y un esposo desesperado buscando un lugar seguro para el nacimiento del Señor de los Señores.

    En el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica vemos como se enfatiza el carácter humilde de este rey recién nacido: “en el Nacimiento de Jesús, la gloria del cielo se manifiesta en la debilidad de un niño” (103).

    La escena del pesebre no es menos gloriosa. Hoy, la decoración de nuestras casas, iglesias y lugares públicos con un sencillo pesebre donde el Niño Jesús, el Rey de Reyes, está acostado y rodeado de animales, contrasta con la realidad de un rey rodeado de guardias en un palacio.
    Esta tradición navideña, formada por imágenes tan humildes, nos muestra la inesperada verdad de “… la alegre noticia que llenó aquella noche en Belén”.

    Dios empezó a poner en acción su sorprendente plan al escoger a María, una jovencita desconocida a los ojos del mundo, desposada con un sencillo carpintero, para ser la madre del Hijo de Dios, y al mismo tiempo, permanecer virgen.
    Cuando Jesús nace, la “Buena Nueva” es proclamada en primer lugar a un grupo de pastores que cuidaban su rebaño.

    El Papa Juan Pablo II nos recuerda que “la desarmante ternura del Niño, la pobreza sorprendente en la que se halla, y la humilde sencillez de María y José transforman la vida de los pastores”. De la misma manera, esta Buena Nueva debería transformar nuestras vidas.

    Dios, quien parece manifestarse siempre de manera inesperada, nos muestra a través de su Hijo que no tenía la intención de acabar con sus sorpresas en Navidad.

    Jesús se nos ha revelado como el camino de salvación, y constantemente nos pone de frente a algunas paradojas que nos ayudan a entendernos mejor a nosotros mismos y a nuestro Dios.
    Bienaventurados son los pobres de espíritu, los sencillos, los que tienen hambre y sed de justicia, como vemos en el premio alcanzado cuando vivimos desapegados de las cosas de este mundo.

    Jesús siempre sorprendía a la multitud cuando les decía que lo encontrarían en los hambrientos, en los enfermos, en los que no tienen casa, en los encarcelados: “alégrense, pues su recompensa será grande en el cielo”.
    Además, Jesús les dio una incómoda noticia, otra revelación sorprendente: “los primeros serán últimos y los últimos serán los primeros.”

    ¡Y cómo reaccionaron los discípulos cuando Jesús les dijo que el camino para llegar a su Reino tenía que pasar por la cruz! Por último, la mayor sorpresa de todas: el sepulcro vacío, Cristo resucitado, la promesa de vida eterna.

    Al celebrar este hermoso tiempo de Navidad, admirable en su pobreza y simplicidad, tenemos que estar preparados para sorprendernos una vez más. Aquí encontramos una definición de rey y reinado que es totalmente opuesta a la del mundo.

    Las sorpresas de Navidad nos son dadas para que podamos conocer la voluntad de Dios en nuestra vida y para que podamos alcanzar su reino. El Compendio nos ayuda a entender el significado del sencillo establo y a seguir su humilde ejemplo: Jesús exige a sus discípulos que le antepongan a Él respecto a todo y a todos.

    El desprendimiento de las riquezas — según el espíritu de la pobreza evangélica — y el abandono a la providencia de Dios, que nos libera de la preocupación por el mañana, nos preparan para la bienaventuranza de “los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (532).

    El Papa Benedicto XVI concluyó su homilía en la Misa de Nochebuena de 2005 con el hermoso mensaje de Jesús, tan importante para nosotros en Navidad así como todos los días de nuestra vida: “Por eso pidamos: Realiza tu promesa, Señor. Haz que donde hay discordia nazca la paz; que surja el amor donde reina el odio; que surja la luz donde dominan las tinieblas. Haz que seamos portadores de tu paz. Amén.” Que las promesas y bendiciones de Navidad llenen sus corazones de paz, para que la sorpresa que traemos al mundo sea de Dios que nos ama y nos llama a estar con Él para siempre.

¡Feliz Navidad!

The surprises of Christmas!
 
    Traditions of Christmas are surprising in their content and simplicity. The Las Posadas, a longtime tradition for many, reenacts St. Joseph’s search for a room at the inn. We Christians celebrate the coming of God into the world to save all of mankind, and we tell this story of the ages, with the mother of God on the back of a donkey and a desperate husband searching for a place of safety for the birth of the Lord of Lords.

    In the Compendium of the Catechism of the Catholic Church, we find it underscores the humble character of this newborn king, “At Christmas the glory of heaven is shown forth in the weakness of a baby.” (103) The nativity scene, then, is no less remarkable. Today our homes, churches and public places are adorned with a humble stable, with the baby Jesus, the King of Kings, lying in a manger, surrounded by barnyard animals, hardly the palace guard. This Christmas tradition consisting of such humble images shows us the unexpected truth of the “joyful news which echoed that night in Bethlehem.”

    God set in motion his surprising plan when he chose a young girl, Mary, anonymous in the worldly scheme of things, betrothed to a simple carpenter, to give birth to the son of God, yet remain a virgin.
When Jesus is born, the “Good News” is first proclaimed to a group of shepherds watching their flock; hardly the select of society. Yet Pope John Paul II reminds us that “The disarming tenderness of the Child, the surprising poverty in which he is found and the humble simplicity of Mary and Joseph transform the shepherds’ lives,” as it should our own.

    God, who seems to revel in the unexpected, shows through his son that he had no intention of ending his surprises at Christmas. Jesus, as he revealed to us the way to salvation, repeatedly catches us off-guard with his uncompromising contrasts that help us to understand our nature and our God. How blessed are the poor, the meek, and those who hunger and thirst for justice, as he shows us the rewards gained when we are detached from the things of this world. The amazement of the crowd was palpable when Jesus told them they will find him in the hungry, the naked, the sick and the imprisoned. “Rejoice and be glad, for your reward will be great in heaven.”

    Jesus proclaimed the unsettling news, “Many that are first will be last, and (the) last will be first,” just one more surprising revelation. How stunned the disciples were when Jesus told them that the way to his kingdom had to pass through the cross. Then the greatest surprise of them all, the empty tomb, the risen Christ, the promise that we will live forever.

    So as we celebrate this magnificent season of wonder and joy, breathtaking in its poverty and simplicity, we should be prepared to be surprised anew. His definition of king and kingdom turns that of the world’s explanation upside down.

    The surprises of Christmas are given so that we may find God’s will in our life, so that we may share in his kingdom. The Compendium helps us understand the meaning of the startling stable and its obvious call to follow this humble example; Jesus calls his disciples to prefer him to everything and everyone. Detachment from riches — in the spirit of evangelical poverty — and self-abandonment to divine providence free us from anxiety about the future and prepare us for the blessedness of the “poor in spirit, for theirs is the kingdom of heaven.” (532)

    Pope Benedict XVI concluded his 2005 Midnight Mass homily with the contrasting wonder of Jesus’ message so central to our lives at Christmas, and every day, “And so we pray: Lord, fulfill your promise!     Where there is conflict, give birth to peace! Where there is hatred, make love spring up! Where darkness prevails, let light shine! Make us heralds of your peace!” May the promises and blessings of Christmas fill all our hearts with that peace, so that the surprise we bring to the world is that God loves us and calls us to be with him forever.

Merry Christmas! 

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