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Para no seguir contando muertos

 


Por Mario Osava, enviado especial


SOACHA, Colombia,  (IPS)  – La colombiana Viviana perdió a tres amigos 

asesinados, uno descuartizado. Eso la hizo reflexionar. Entró al proyecto 

Legión del Afecto, abandonando seis años de vida en pandillas. Le gusta 

bailar y el teatro y pudo superar sus deseos de venganza. Ahora entiende 

que "somos todos hermanos".

 

A Jerry Leaccot, de 27 años, le mataron a su hermano cuando tenía 15. 

Mientras estaba preso, asesinaron a su madre en un asalto a su casa. "Sin 

el proyecto, saldría de la prisión para matar y quizás ni vivo estaría", 

reconoce.

 

  Juan Carlos Lukumi, cuyo apellido da nombre al sector donde vive porque 

su familia fue la primera en asentarse aquí hace unos 25 años, era miembro 

de un "parche", o pandilla, de 25 a 30 jóvenes. De ellos "quedan tres o 

cuatro, los demás están en la cárcel o muertos".

 

  Miriam Callejos, de 43 años, crió seis hijos limpiando casas de familia 

desde la madrugada hasta la noche. Al segundo, Ronal, de 20 años, lo 

mataron apuñalándolo en marzo de 2006, después de que Legión del Afecto ya 

había empezado con algunas de sus actividades.

 

  La muerte de Ronal fortaleció al grupo. La reacción inmediata fue de 

"muchachos ya armados buscando al agresor o a cualquiera que tuviera que 

ver con él para cobrar venganza", cuenta su madre.

 

  Pero luego, mucha gente, incluso desconocida, vino a abrazarla 

madrugada adentro, cuando ella estaba con aquel "hoyo en el pecho, el 

dolor más profundo que he sentido", relata.

 

  Ese "acompañamiento" empezó a repetirse con otros casos y "estos 

encuentros se confabularon para sacar la rabia, el odio y las ganas de 

venganza", sustituyéndolas por "lazos fuertes entre los muchachos que no 

me dejaron sola" y el deseo de evitar otras muertes violentas.

 

  El índice de violencia bajó en 90 por ciento en Ciudadela Sucre, un 

barrio marginado del municipio de Soacha que linda con Bogotá por el 

sudoeste, según estima Callejos en su relatoría para Legión del Afecto, 

una iniciativa de Acción Social, dependencia del gobierno de Colombia, y 

del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

 

  Esa estimación puede ser exagerada para todo el barrio y un proyecto de 

solo tres años, pero refleja lo que sienten sus participantes. Una 

veintena de ellos dieron su testimonio a IPS una tarde de noviembre, en 

una tienda de plástico transparente donde se reúnen y siembran un pequeño 

huerto, en los altos del sector Buenos Aires del barrio.

 

  Ellos son casi todos sobrevivientes, han vivido pérdidas trágicas y 

otra violencia, el desplazamiento de sus familias expulsadas por la guerra 

o la miseria desde hogares en distintos rincones de este país, que soporta 

un conflicto interno ininterrumpido desde 1964.

 

  Por acoger a los desplazados, Soacha se convirtió en una de las 

ciudades de mayor crecimiento de Colombia. Casi duplicó su población en 15 

años, y hoy tiene más de 45.000 habitantes.

 

  La violencia y la mortandad de los jóvenes resultaron también del 

crecimiento desordenado de barrios como Ciudadela Sucre y Altos de Cazucá, 

donde los recién llegados se van apiñando en las partes altas de estas 

laderas montañosas sin agua, con carreteras precarias, basura y aguas 

servidas corriendo a cielo abierto.

 

  La rivalidad de las bandas juveniles ha costado muchas muertes. La 

confrontación territorial –a tiros, piedras y puñaladas– hizo que cruzar 

la frontera entre los distintos sectores del barrio implicara correr un 

riesgo mortal.

 

  Pero esto se suma a las fuentes mayores de la violencia colombiana, muy 

activas en toda esta zona: el conflicto armado, los grupos paramilitares, 

el narcotráfico y la limpieza social.

 

  Llegaron entonces "unas pintas locas, pelo largo, ropa de colores", 

describe Callejos. Era el Circo Paz, encabezado por José Montoya, 

coordinador de Zona de Legión del Afecto, que promovió el 18 de enero de 

2006 la primera actividad de circo, danza y teatro en las calles de 

Ciudadela Sucre, atrayendo a 600 personas.

 

  "Fue una luz de esperanza", dice, si bien al principio desconfiaba de 

los forasteros que ofrecían "pagar para bailar y conocer otras partes del 

país". Temía que fuesen guerrilleros o paramilitares reclutando jóvenes.

 

  El proyecto ya cuenta con 700 participantes en todo el país y pretende 

alcanzar los 20.000. Les paga un "salario social", de entre 90 y 270 

dólares, como remuneración por servicios a la comunidad, principalmente de 

socialización. En Ciudadela Sucre ya son 75 personas, la mayoría jóvenes y 

algunos adultos, especialmente madres.

 

  Entre los 16 instrumentos empleados para transformar a los jóvenes, 

valorizarlos y hacer que se sientan útiles, para "reconstruir el tejido 

social necrosado" y "visibilizar lo invisible", se destacan los "lenguajes 

alternativos": desde danza y artes marciales a música, deportes y artes 

visuales. Cada uno elige lo que le gusta.

 

  Bailar parece ser la gran preferencia, pero se trata también de 

rescatar la música y los ritmos de la cultura nacional, folclórica, 

explica Jimmy Monroy, uno de los temibles adolescentes que atemorizaban al 

vecindario, hoy un joven bromista y elocuente que carga como recuerdos de 

su vida callejera cicatrices en el cuello y un brazo, y un amigo muerto.

 

  Germán Alfonso entró al grupo para bailar y cantar rap, se sintió 

valorizando y dejó "años de estrago en las calles". Ahora compone temas 

relacionados con la realidad local y sueña con grabar discos, mientras 

canta en fiestas y otras actividades.

 

  "Me gusta conocer otras gentes, como los indígenas" y llevarles 

"lenguajes que divierten", destaca Leaccot, refiriéndose al "viaje a pie": 

los legionarios recorren el país para ejercer el acompañamiento afectivo 

de los "desplazados, emplazados y retornantes" que pueblan Colombia.

 

  Padre de dos hijos ya preadolescentes, que engendró "antes de mi 

prisión", Leaccot, del sector Lukumi, convive ahora con ex "enemigos" de 

Buenos Aires, como el "Lechero", quien "peleaba a diario" por estudiar en 

un colegio de otro barrio, o con Milena Chirivi, que reconoce haber sido 

"muy agresiva".

 

  Me "gustaban los changones", escopeta artesanal popular en Colombia, 

dice Chirivi. Vivió en las calles desde los 11 años de edad, jugaba a la 

ruleta, "vendía marijuana y basuco", subproducto de la elaboración de 

cocaína, y a los 17 ya tenía tres hijos. Su transformación sorprendió a su 

madre, que agradece "a Dios y a los del proyecto", afirma.

 

  Madres precoces hay muchas entre las legionarias. Deissy Bogotá, de 25 

años, hasta hoy llora por "el papá de mi hijo que mataron hace siete" y 

dice haber encontrado en la Legión "el afecto, la familia", cuya ausencia 

la llevó "a la calle, sin cuidado".

 

  El embarazo adolescente se combina con la violencia doméstica y el 

alcoholismo de la madre o el padre, lo que expulsa a la calle a las niñas, 

más tarde acogidas por el proyecto, donde se sostiene que "lo afectivo es 

lo efectivo".

 

  Promover ágapes o banquetes comunitarios con platos típicos y 

tradicionales, socorrer a las víctimas de desastres como derrumbes y 

cultivar el huerto, desarrollando el amor a la tierra y a la 

biodiversidad, son también instrumentos para que los jóvenes descubran sus 

capacidades y un sentido para sus vidas, para que "se sientan héroes".

 

  Es difícil contener el discurso de Gloria Bedoya, de 44 años, que 

descubrió su pasión por la biodiversidad, lee todo lo que puede sobre el 

tema y se convirtió en una ambientalista bien informada, que limpia las 

calles, recoge pilas en el barrio y quiere reforestar los cerros.

 

  La elocuencia torrencial también caracteriza a la más joven del grupo, 

Jennifer Bedoya, de solo 13 años, en sus bien articuladas explicaciones 

sobre la Legión del Afecto.

 

  Es contradictorio que este proyecto, que busca recuperar el "carácter 

sagrado del valor de la vida", sea auspiciado por un gobierno denunciado 

por estimular miles de ejecuciones extrajudiciales perpetradas por sus 

fuerzas de seguridad, los llamados "falsos positivos", hombres jóvenes que 

son secuestrados y asesinados y luego registrados por el ejército como 

guerrilleros o paramilitares caídos en combate.

 

  Precisamente en la zona conformada por los barrios marginados de Soacha 

y de Ciudad Bolívar, una inmensa área superpoblada del sur de Bogotá que 

tiene más de un millón de habitantes, la organización de derechos humanos 

Justicia y Vida registró más de 600 asesinatos entre 2002 y 2006, 

considerando solo cifras oficiales. Casi todos esos crímenes permanecen 

sin ningún tipo de investigación. (FIN/IPS/mo/dcl/la pr ip cb cv sl md/08)