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Periplo del perdón en EU. Ojos acuosos de Benedicto XVI

¿A quién le interesan los viajes internacionales del papa Benedicto XVI y sus demostraciones de vergüenza, contrición y la búsqueda de la purificación, al tiempo que hasta en seis ocasiones en cinco días consecutivos pidió perdón por los brutales abusos sexuales de sacerdotes contra menores de edad que han avergonzado a los católicos de todo el mundo, incluyendo los de México que también sufrieron estos abusos de parte de sacerdotes como el recién fallecido Marcial Maciel que apenas si recibió un “castigo”, que más pareció encubrimiento por parte de la jerarquía eclesiástica?

Por Bernardo Gonzalez Solano de la Revista Siempre!

La respuesta es clara: las actividades del pontífice de la Iglesia católica romana interesan a millones de personas, no sólo a los mil 100 millones de católicos en todo el planeta, sino a muchos otros que valoran la importancia de un símbolo viviente que en principio representa al hijo de Dios, la suma bondad y verdad. En principio, porque en la realidad la Iglesia católica, como institución terrenal, también sufre de los vicios y defectos consustanciales a un organismo dirigido y formado por seres humanos, comunes y corrientes.

No obstante, el Papa es un símbolo de paz que es escuchado no sólo por los mandatarios de la Tierra, sino por toda la comunidad internacional. Razón por la cual pronunció a fines de la semana anterior un discurso en la ONU en el que apoyó el derecho de esta institución a la injerencia humanitaria de los Estados siempre y cuando actúen bajo mandato del propio organismo internacional, señalamiento que se interpretó como una reconvención al gobierno del presidente estadounidense George W. Bush por haber invadido Irak hace poco más de cinco años sin la aprobación expresa de la ONU. Benedicto XVI es el tercer papa en tomar la palabra en la ONU, antes de él lo hicieron Pablo VI y Juan Pablo II en dos ocasiones.

En este su tercer viaje internacional desde que asumió el papado —el primero fue a Alemania, su país de nacimiento, y el segundo a Brasil—, el jerarca católico fue recibido al pie de la escalera de su avión en Washington, por el presidente Bush, acto que sólo ha hecho en dos ocasiones anteriores. Así fue valorada la llegada de Benedicto XVI a territorio americano. Un viaje que duró, además, seis días. La gira papal, de hecho, tuvo innumerables aristas políticas cuyo análisis exceden el espacio de este reportaje. Religioso sí, de arrepentimiento también, pero, sobre todo de política pura.

Aparte de lo obvio: el escándalo de los sacerdotes pederastas, lo que ocasionó a la Iglesia católica estadounidense una grave crisis que tardará mucho tiempo en superar, y el indudable crecimiento del catolicismo en el vecino del norte gracias a las oleadas de inmigrantes ilegales (y uno que otro legal) procedentes de México, Centro y Sudamérica, y no debido a una labor pastoral cristiano, sino por necesidad, el Papa sabe que la Unión Americana es una nación fundada por un anhelo de fe religiosa y en donde desde el principio se dilucidó la relación entre el Estado y la Iglesia.

Opiniones

Como dice Tomás Cuesta en su escrito titulado El imperio y el Papa: “Los Estados Unidos fueron un sueño religioso antes de convertirse en una realidad inapelable. El país más poderoso del planeta es un producto de la fe, y la fe todavía es el sostén de su pujanza. Los puritanos que cruzaron el Atlántico huyendo de una Europa santiguada con sangre buscaban un lugar en el que la ley de Dios no estuviese sujeta a jerarquías ni a cerrojos dogmáticos… De aquel empeño utópico que convertía al individuo en el solo gestor de lo inmediato —la Providencia, obviamente queda al margen— nació una sociedad de ciudadanos libre que acordaban las normas con qué gobernarse. La democracia, vamos, para no hacer el cuento largo… Poco dados a sutilezas preceptivas y a dejarse los sesos en laberintos doctrinarios, los Padres Fundadores resumieron en una única máxima el conjunto de las virtudes teologales: los derechos del hombre han de prevalecer, a toda costa, sobre los intereses torcidos del Estado. Y de esa raíz, aún se sigue nutriendo el árbol”.

A su vez, Juan Manuel de Prada, en Hablando de Dios, dice: “Escribió Chesterton que los Estados Unidos de América eran una nación con el espíritu de una iglesia. Y ese espíritu es el que les ha permitido permanecer unidos aunque las gentes (sic) que componen esa nación pertenezcan a razas diversas, aunque profesen religiones distintas, aunque postulen ideologías antípodas”.

Asimismo, Olegario González de Cardedal, en su interesante ensayo ¿Por qué a Estados Unidos?, explica: “La iglesia en Estados Unidos es la más joven entre las iglesias modernas, surgida en una alianza inmediata en las formas modernas de organización social y política. El cristianismo forma parte de sus entresijos, ya que la Biblia ofreció a los inmigrantes ingleses los grandes motivos heroicos en el tiempo de su implantación: la libertad del Egipto europeo que impedía la libertad de pensamiento y de religión, la travesía del desierto, la marcha hacia la tierra prometida y la conquista del far west. Los episodios bíblicos les ofrecieron los ideales con los que los Padres Fundadores nutrieron el imaginario colectivo del mundo nuevo, manteniéndose después en otras formas a la hora de asumir el proyecto de instaurar la democracia en el mundo y de ser valedores de los derechos humanos”.
Bajo el principio de que la política no lo es todo, pero todo pasa por la política, la gira del Papa en Estados Unidos ha servido para recordar la importancia del disputado voto católico en Estados Unidos. Un bloque de votantes que tradicionalmente ha estado dominado por el Partido Democráta y que llegó a tener como santo patrono a John F. Kennedy. Pero que tras cambiar radicalmente su mayoritaria composición étnica —al pasar de una mezcla de irlandeses, italianos y polacos a una preponderancia de iberoamericanos, la mayoría, mexicanos—, se ha repartido casi a la mitad en las urnas con el Partido Republicano.

De los 300 millones de habitantes de Estados Unidos, la filiación religiosa estadounidense se divide en la siguiente forma: protestantes evangelistas, 26.3 por ciento; católicos, 23.9 por ciento, lo que representa aproximadamente 70 millones de fieles; protestantes, 18.1 por ciento; iglesias negras históricas, 6.9 por ciento; ortodoxos, 0.6 por ciento; judíos, 1.7 por ciento; mormones, 1.7 por ciento; Testigos de Jehová, 0.7 por ciento; budistas, 0.7 por ciento; musulmanes, 0.6 por ciento; hinduistas, 0.4 por ciento; otros 1.8 por ciento; y sin filiación, 16.1 por ciento.

Según el informe Naturaleza y alcance del problema de abuso sexual de menores por sacerdotes y diáconos católicos en Estados Unidos, encargado por la conferencia de obispos al colegio John Jay de Justicia Criminal, se determinó que entre 1950 y 2002, aproximadamente 4 mil 992 miembros del clero (4.3 por ciento del total) fueron acusados de abusar sexualmente de 10 mil
667 menores.

Aparte de la pérdida de confianza de los fieles y la renuncia a continuar siendo católicos, los casos de pederastia le ha costado a la Iglesia católica de Estados Unidos más de 2 mil millones de dólares de indemnizaciones a las víctimas, causando la quiebra de cinco diócesis que tenían que hacer limpieza y colaboración con las autoridades.

En fin, Benedicto XVI dijo a los 350 obispos de Estados Unidos en Washington: “Ninguna palabra mía podría describir el dolor y el daño producido por dicho abuso… Estoy avergonzado y haremos todo lo posible para asegurar que esto no se repita en el futuro… (excluiremos) rigurosamente a los pedófilos del sagrado ministerio”.

En una insólita reunión con varias víctimas de los abusos sexuales por parte de sacerdotes católicos, reunión que podría cambiar radicalmente la imagen del pontificado de Benedicto XVI, Bernie McDaid, que fue abusado cuando era monaguillo en la diócesis de Boston, le dijo al Papa: “Aquello no era sólo abuso sexual, era también un abuso espiritual y quiero que usted lo sepa, Santidad, usted tiene un cáncer en su rebaño y tiene que solucionarlo”.

El Papa bajó la vista al suelo, con los ojos acuosos. Por eso al visitar Estados Unidos tuvo que agarrar al toro por los cuernos, sin mistificaciones. El octogenario pontífice sabe que el tiempo vuela y que la Iglesia debe cambiar en lo sustancial.