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Por olvidar a Dios la vida es despreciada

A lo largo de los últimos días, hemos recibido noticias contradictorias; por un lado, las Olimpiadas celebradas en China nos han dejado un buen sabor de boca por la belleza del espectáculo, por la noticia de la conquista de dos medallas de oro logradas por dos compatriotas nuestros y, en particular, por la amplia difusión que se dio a la cultura y el desarrollo de un país que ha sabido encontrar el camino correcto para salir de la pobreza y darle a sus ciudadanos bienestar.

 

Por Lázaro Pérez Jiménez / Obispo de Celaya

 

Cierto que en China todavía se encuentran alrededor de quinientos millones de personas que están en la indigencia pero, sin duda alguna, el progreso económico llegará pronto a todos sus habitantes. Sólo hay lamentar que en medio del desarrollo social y económico, falta algo esencial como es la libertad religiosa que es la gran laguna. Existe un iglesia nacionalista con la estructura de la católica pero sometida totalmente al poder.
 

Pero no todo fue bello porque también conocimos acontecimientos tristes como, por ejemplo, el accidente aéreo en el aeropuerto de Barajas en Madrid, España, en el que perdieron la vida ciento cincuenta personas que nunca pensaron que la muerte les llegaría de forma inesperada y, además, trágica.
 

En México no hemos tenido hechos análogos que lamentar pero se han vivido momentos que han impactado a la ciudadanía y que han hecho reaccionar a las autoridades de los diversos niveles de gobierno. El narcotráfico y sus consecuencias nos han llevado, por desgracia, a vivir con indiferencia; parecería que nos vamos acostumbrando a aceptar este fenómeno y sólo hay reacción cuando nos vemos personalmente afectados por él. El escuchar el número de muertos va siendo lo más común cada día; a pocos conmueve y, desgraciadamente la cultura de la muerte avanza y uno se pregunta hacia donde va nuestro país envuelto en este clima de violencia y de muerte. Y lo peor es saber, como nos informan las autoridades, que nuestro país ha dejado de ser un lugar de tránsito de la droga que llega al país del norte para convertirse en lugar de consumo. Son cada día más los jóvenes y adolescentes que ingresan al mundo de las dependencias a causa de la droga.

Recientemente, hemos abierto los ojos ante el fenómeno del secuestro que siempre ha existido en nuestro país pero la noticia del secuestro de un adolescente hijo de un connotado empresario que después de haber pagado el rescate se devuelven muerto, ha llenado de indignación a la inmensa mayoría de conciudadanos. El hecho conocido ha creado una indignación total y un rechazo por parte de la sociedad que se pregunta hasta dónde ha llegado el descaro de sacrificar a un inocente de parte de gente sin conciencia ni un mínimo de sentimientos humanos. La muerte de Fernando ha logrado unir a toda una nación que se niega aceptar vivir en estas circunstancias inhumanas.
 

También nos ha tocado escuchar la solicitud de una madre angustiada que en el nombre de Dios ha suplicado a los secuestradores de su hija que se la devuelvan viva. Llamado desgarrador pero acompañado de una tranquilidad de espíritu y fortaleza interior que sólo puede provenir de una fuerza especial que los católicos llamamos gracia de Dios, con la cual todo es posible. Ha habido personas que, sorprendidas por el modo como la señora Silvia expresa sus sentimientos, me han preguntado acerca de su extraño proceder y sólo he tenido una respuesta, la gracia lo puede todo, incluso saber poner la confianza en Dios en circunstancias especiales.

Después de la reunión celebrada en el Palacio nacional presidida por el Presidente Felipe Calderón con la asistencia de gobernadores y responsables de la seguridad en la que se asumieron setenta y cinco compromisos para responder al crimen organizado, los mexicanos queremos confiar y esperar que las acciones próximas a llevar a cabo durante los próximos noventa y tres días, sean como el horizonte, pleno de esperanza para una sociedad que ya no está dispuesta a soportar más de lo mismo. Ya es tiempo de que las promesas de nuestros gobernantes se aparten de intereses políticos de partido; cuando se procede de este modo, sólo se suscitan expectativas falsas y dejan después frustración en la población que comienza a desconfiar, lamentablemente, de las instituciones llamadas a velar y a construir las bases para la sana convivencia y el bien común.
 

Ante hechos indignos han surgido reclamos de todas las capas sociales. No han faltado quienes han querido aportar análisis serios para tratar de explicar la existencia de un fenómeno que mantiene en zozobra a la gente que en inmensa mayoría es inocente y piensa que tiene el derecho de vivir en paz. El padre de Fernando culpó a los gobernantes irresponsables de haber permitido que el crimen avanzara y no haber tomado medidas más enérgicas. Tuvo el valor de solicitar con energía a los responsables del gobierno de renunciar a sus cargos si descubrían su incapacidad para afrontar una semejante situación. A raíz de lo acontecido en el Distrito Federal, la sociedad comienza a organizarse y da un primer paso, convocar a la población civil a una marcha pacífica.

Quizá una de las opiniones más frecuentes en los debates va en la línea de la falta de un legislación más vigorosa que castigue con severidad a los criminales y, de esta forma, acabar con la impunidad que cobija a quienes han cometido delitos muy graves y sin embargo con facilidad recuperan su libertad. Se dice, y con justa razón, que la mejor aliada de la impunidad ha sido la corrupción que impide la aplicación de la justicia.
 

Me parece que lo que se diga con intención de encontrar caminos para terminar con el clima de violencia y muerte debe ser tomado en consideración porque se intenta hablar con la verdad. No obstante, en el caso del secuestro y del narcotráfico pienso personalmente que existen otros factores a tomar en cuenta. Primero, no descarto que la sociedad de consumo induzca a buscar por todos los medios el dinero para adquirir bienes que se presentan como satisfactores necesarios y no lo son. Se quiere el dinero fácil a costa de todo, aun cuando se corren diversos riesgos, inclusive la cárcel u otra pena. Segundo, lo más grave, es que se ha perdido la conciencia de pecado, fruto de haber excluido a Dios de la vida social. Si Dios es superfluo, si no se respetan sus leyes, si la vida del inocente no nacido puede ser eliminada, si Dios estorba a la felicidad, entonces podemos esperar todo tipo de atropellos en contra de la persona humana.
 

Con esto quiero terminar: excluido Dios la vida no tiene sentido y se cometen contra ella las más grandes aberraciones

Fuente: CEM