MyCityLinked

Browse By

MyCityLinked

Sínodo de los obispos

 

 

 

Esta semana ha iniciado en el Vaticano la XII asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos, para tratar el tema: “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”. Pensar en este órgano consultivo de la Santa Sede me trae muy gratos recuerdos.

 

Por Julián López Amozurrutia / El Universal

 

Me asombra pensar que fue hace ya once años. Yo era un joven sacerdote, estudiando en Roma el tercer semestre de la licenciatura en Teología Dogmática. Había sido convocada entonces una asamblea especial del Sínodo de los Obispos para América. La primera vez que se esuchó esa intención fue en la reunión de los obispos latinoamericanos en Santo Domingo, de labios de Juan Pablo II: ensanchar la visión, y considerar América como un todo. En la perspectiva de la celebración del gran jubileo del año 2000, se sucedieron varias asambleas especiales para considerar la situación del catolicismo en los diversos continentes. La de América tuvo lugar a finales de 1997. La Secretaría General del Sínodo solicitó la colaboración de sacerdotes del Pontificio Colegio Mexicano. Aún puedo considerar aquel acontecimiento una de las más hermosas gracias que he recibido en el ministerio sacerdotal.
 

El Sínodo de los Obispos es un órgano estable del Vaticano, creado después del Concilio Vaticano II, con la finalidad de prolongar el espíritu del mismo concilio. De carácter consultivo, reúne a representantes del episcopado de todo el mundo con el fin de reflexionar y presentar propuestas de trabajo eclesial. Cuando muchos quisieran vaticinar lo contrario, el Sínodo permite captar la fuerza y la vitalidad con la que late el corazón de la Iglesia. La reflexión, la oración común, la convivencia, todo integraba una verdadera asamblea de comunión y caridad en la preocupación común por la evangelización en nuestro continente.
 

El servicio que se me solicitó hace once años me permitió ubicarme en la perspectiva donde funcionaba el engranaje técnico de la operación del Sínodo. Como no me resultaban ajenos los sistemas de cómputo ni los idiomas, fui asignado a la comisión de Actas. Pude ser testigo entonces de un poderoso instrumento de reflexión colegiada, en el que la libertad de expresión y la pluralidad de inquietudes lograba convergir en una especie de rompecabezas que se iba armando paulatinamente, atendiendo a lo que el Espíritu quería decir a la Iglesia en ese momento.
 

El rigor del trabajo es impecable. Los participantes tienen un tiempo determinado para intervenir; si se extienden, les cortan el micrófono. Imposible olvidar la participación en aquella ocasión del cardenal Ratzinger: serena, leída con detenimiento, profunda, y terminando justo al toque de la campana. No todos nadaban con la misma pericia.
 

El equipo de la Secretaría está bien embonado. De hecho, la base sigue siendo prácticamente la misma. El Secretario general era entonces el cardenal Jan P. Schotte, que de Dios goce. Afable, correcto en el trato, era un capitán sólido del barco, que lo conducía a la vez con soltura y precisión.

 

Pero lo más impresionante entonces era constatar el ritmo de trabajo del Papa. Cuando nosotros llegábamos al inicio de la congregación matutina, él ya había realizado sus oraciones y atendido cuestiones de gobierno. En el descanso que nosotros teníamos a media mañana, él pasaba a atender audiencias. A la hora de la comida, recibía a diversos grupos de los obispos participantes en el Sínodo. En la tarde, el ritmo era semejante. Con todo y la jornada laboral, la luz de su estudio permanecía encendida hasta altas horas de la noche. Alguna vez alguien le comentó que lo veían cansado en la tarde. Y Juan Pablo II contestó: “Mal se vería el vicario de Cristo si no terminara su día cansado”. Su participación en las reuniones era constante. No hablando: escuchando. El Papa prestaba toda la atención a las más diversas intervenciones, que se sucedían con un ritmo constante. Y ello no lo llevaba a perder el sentido del humor. En una ocasión, para la congregación vespertina, se retrasó un poco. Al llegar, antes de iniciar la oración, constató sonriente: “Llueve”. Toda la asamblea rió. Por otro lado, aunque se sometía al ritmo de la misma Secretaría, en ocasiones sus indicaciones no eran para aminorar el paso, sino para acelerarlo: una vez en la que se percibía un cansancio generalizado, pero urgía avanzar, él en persona dio la orden de que continuara la discusión. Por trabajo no paramos. Finalmente, si alguien conocía la importancia del Sínodo era el mismo Papa. Él personalmente había participado en todos, desde el primero.
 

Un lugar especial en aquella asamblea lo tuvo la Virgen de Guadalupe. Su imagen estaba en la capilla del aula sinodal. Para la misa de clausura, fue solicitada la imagen pintada por Cabrera que se encuentra en la capilla del Colegio Mexicano. Ahí estuvo, en la columnata de Bernini, el 12 de diciembre. Meses después, el mismo Papa entregaría su Exhortación Apostólica fruto de aquella asamblea en la Basílica de Guadalupe, “Ecclesia in America”.
 

Habrá oportunidad en estos días de acompañar con el corazón y el pensamiento los trabajos que se llevan a cabo. De hecho, es posible darle seguimiento a los mismos temas en discusión; reflexionar sobre el lugar central que la Biblia debe ocupar en la vida del cristiano, sobre la necesidad que tenemos de conocerla mejor para ser fieles seguidores de Cristo, sobre la urgencia de que los ministros la prediquen de manera adecuada. La Palabra de Dios está viva, y está cargada de sentido para el hombre que tenga la humildad de escucharla. Un sentido del que los seres humanos estamos sedientos, aunque a veces no queramos reconocerlo.