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Un Dios suficientemente grande*


Por SABINA BERMAN / Revista Proceso

Estábamos distraídos este diciembre con nuestros deseos de bienaventuranza para nosotros mismos -para ese círculo que cada cual llama "nosotros" y cuyo tamaño es idéntico al tamaño de su espíritu: yo mismo y los que amo, o bien yo mismo y el resto de los bípedos mamíferos, o bien yo mismo y el infinito de criaturas del Universo- cuando el Papa Benedicto XVI, vicario oficial de Cristo en Occidente, se encargó de hacernos ver que la misión de nuestra generación es "salvar a la humanidad de las conductas homosexuales o transexuales" y "de todas las otras conductas que nos alejan de los roles tradicionales del hombre y la mujer".

"Las selvas tropicales merecen nuestra protección", dijo el súbitamente ecológico pontífice, pero "(la Iglesia) también debe proteger al hombre de la autodestrucción".
Oh Dios, exclamó un palestino católico al oír con la oreja derecha el mensaje del Papa por la radio, mientras con la oreja izquierda escuchaba el rugido de un bombardero israelí sobrevolar a velocidad de rayo el techo de su casa. Oh Dios, exclamó un chino budista, mientras empacaba sus pocas pertenencias, dispuesto a volver al pueblo miserable de su nacimiento luego de haber sido despedido de la fábrica de juguetes donde trabajó los últimos 20 años. Oh Dios, gruñó un oso polar viendo el piso de hielo licuarse bajo sus patas, y Oh Dios, gritó un árbol en la selva tropical al golpe del hachazo. Invento estas imágenes, sin embargo plausibles.
El Papa a continuación pidió a los seres humanos "escuchar el lenguaje de la creación" y abogó "por una ecología del hombre".
Urgente petición. De cierto otro porvenir nos esperaría si escucháramos el lenguaje de la creación y ajustáramos nuestras vidas a la Naturaleza, si disolviéramos la violencia que nos aparta de ella -y de nuestra propia biología-. Y es una lástima que precisamente el Papa, encerrado en su ortodoxia milenaria, no haya abierto alguna ventana y no se haya asomado a escuchar lo que la Naturaleza, en sus hechos, nos dice sobre ella misma, que no es lo que el Papa quiere que la Naturaleza nos diga.
En sus hechos, lo que la Naturaleza nos dice es que la homosexualidad aparece naturalmente entre algunos animales y nos dice también que los roles de las hembras y de los machos difieren de especie a especie. Lo único inalterable en la Naturaleza parece ser que cuando una cría nace, nace de la hembra de la especie, y en adelante todo es posible: quién la cuida dentro del hogar y quién sale a cazar lejos del hogar la comida; quién atrae con sus encantos al sexo opuesto para copular y cuántos minutos o meses dura la unión conyugal; y cómo y entre quién y para qué se forman las convivencias duraderas.
Las ballenas copulan una hora bufando chorros de agua por las cabezas y luego las hembras se llevan a las crías a otro mar para cuidarlas en grupos de hembras, las muy lesbianas y muy promiscuas. Los pavorreales machos despliegan sus colas tornasoladas para atraer, pasivos, el ataque sexual de las hembras, los muy afeminados y coquetos. Las tortugas sueltan miles de huevos en la playa y ahí los dejan al amparo del sol y el azar, mientras ellas regresan al mar, madres desobligadísimas. Las mantas religiosas montan a sus machos y luego se los tragan, sin ninguna conciencia de pecado, las muy heréticas.
No, el Papa se inventa una creación antinatura. Lo que la nueva flexibilidad en las identidades sexuales pone en riesgo no es a la ecología, ni animal ni humana, sino al patriarcado. Es decir, al orden piramidal donde un macho humano captura el Poder y lo ejerce de forma autoritaria y violenta hacia abajo, sobre los otros machos, todas las hembras y las crías. Lo que la nueva libertad para el placer y el amor pone en peligro es ese orden que conlleva la represión de cualquier otro tipo de organización social. Digamos la organización democrática, que ha permitido que la mayoría de las mujeres hayan optado por salir a trabajar fuera de los hogares; donde la diversidad del placer se multiplica con una sola prohibición, el daño al congénere; donde el ser humano se atreve a intervenir su cuerpo, incluso para cambiar sus señales externas de género.
Occidental y caucásico al fin y al cabo, Benedicto XVI lanza su mensaje patriarcal precisamente al final de un lustro en que varias mujeres encabezaron o encabezan los gobiernos de países europeos o americanos; en el mismo año en que varias democracias aprobaron las uniones de homosexuales o están discutiéndolas en sus Congresos; y en el mismo mes en que Bélgica e Italia, tan cerca del Vaticano, se unieron a la petición de Francia a la ONU para despenalizar la homosexualidad en el planeta.
Previsiblemente, las palabras de Benedicto XVI levantaron una ola de molestia en ese Occidente donde la nueva libertad le ha ganado ya la partida al viejísimo autoritarismo, y previsiblemente casi no levantaron protestas en el mundo donde ese viejo orden vive todavía bien afianzado. Digamos África y la parte de Latinoamérica hundida en el subdesarrollo; digamos México, Bolivia, Colombia.
Es en esta parte del mundo donde las palabras del Papa tendrán consecuencias reales. Por un lado, desanimarán aún más a los creyentes católicos con espíritus afines a la democracia -desanimarán su creencia en la Iglesia como institución, que no en Dios-, y por otro lado marcarán la agenda de los conservadores cristianos. ¿A qué luchar contra la pobreza, si los homosexuales, las feministas y los transgéneros son los enemigos del Bien -y además son más fáciles de combatir-?
Quiero imaginarlo. En diciembre pasado el Papa Benedicto XVI se alisó el chal blanco, unió sus bonitos zapatos color cereza, y desde su balcón reiteró su llamado a una cruzada contra el hambre y por la paz. Pero esta vez agregó enfático: "Por una paz en donde todos y todas quepamos". Y así se atrevió por fin a ser relevante para el futuro de la especie.
Y los creyentes de todas las denominaciones sentimos crecer la esperanza en una manifestación de Dios en la Tierra suficientemente grande para que en ella quepamos todos los seres de buena voluntad. l

*La frase es de la teóloga Sara Maitland.
Este artículo se publicó en la edición 1680 de la revista Proceso que empezó a circular el 11 de enero de 2009