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Un hombre que no le teme a la verdad

 

 

 

 

 

Quiero confesar que en la medida que corre el tiempo siento más admiración por este Sucesor de Pedro que el Señor ha querido regalar a la Iglesia como un don especial para los tiempos que nos ha tocado vivir. 

Por Lázaro Pérez Jiménez   
 

Del 15 al 20 del mes en curso pudimos seguir el viaje de Benedicto XVI a los Estados Unidos de Norteamérica, viaje que en palabras suyas representaba un momento de gracia para él y para los católicos con quienes tendría diferentes encuentros, a más de otros encuentros programados con personas de religiones diferentes a la católica, incluso con miembros de la comunidad judía.

Pude constatar que a nivel de nuestros medios de comunicación y por tratarse de una gira realizada fuera de México, lo que se informó se redujo a unas pocas alusiones y a enfatizar lo más atractivo de la noticia como, por ejemplo, el triste y doloroso caso de los sacerdotes pederastas.

No obstante, sabiendo que el Papa pronunció 11 discursos, es lógico que como personas adultas surja en nosotros el deseo de acercarnos a su magisterio mucho más vasto de lo que podría parecer. No podía ser coherente que el Papa circunscribiera su doctrina a casos particulares, a sabiendas de que el pueblo católico esperaba mucho más de sus palabras. Se trataba de confirmarlo en la fe.

Quiero confesar que en la medida que corre el tiempo siento más admiración por este Sucesor de Pedro que el Señor ha querido regalar a la Iglesia como un don especial para los tiempos que nos ha tocado vivir.

Recuerdo que encontrándome en una ocasión con el Arzobispo Manuel Castro Ruiz, pastor amado de la Arquidiócesis de Yucatán, quien a su vez acompañaba al Nuncio Apostólico Monseñor Girolamo Prigione, llegó la inesperada noticia de la muerte de Juan Pablo I que sorprendió a todos.

Estábamos en una de las playas de Progreso y la información cayó como un rayo. Nadie podía creer que Dios se llevara al Papa de la sonrisa después de un breve tiempo de pontificado, apenas 33 días.

El señor Manuel Castro nos invitó a elevar una plegaria al cielo dando gracias a Dios por lo mucho que hizo este Papa en unos cuantos días. Fuimos testigos de su sencillez que reflejaba en todo, incluso en su forma de enseñar y de sonreír.

En estas circunstancias y una vez concluida la oración, tomó la palabra monseñor Prigione para decir que lo que pasaba era doloroso pero que Dios no se equivocaba, que cada Papa llegaba en el preciso momento en que el Señor lo requería en determinada circunstancia de la historia y lo llamaba a la gloria para darle a la Iglesia otro Pastor con carismas especiales, capaz de continuar la obra de salvación ante nuevos desafíos. ¡Cuánta razón tenía el Nuncio Apostólico! Quién podía predecir que con Juan Pablo Segundo la Iglesia y el mundo recibirían un caudal de gracias y un camino de esperanza para todo hombre. Su primera Encíclica fue una opción decidida por el hombre a quien había que respetar por el sólo hecho de ser imagen de Dios.

Siempre recordaremos con amor y cariño a este carismático Pastor que inquietó conciencias sacándolas de la actitud burguesa en la que se habían instalado y abriendo los ojos de los hombres a una realidad que por conveniencia nadie se atrevía a mirar. Siempre ha sido cómodo encerrarse en un castillo de cristal y desoír los clamores de los demás, en especial, de los marginados. Muchas cosas comienzan a cambiar gracias a este profeta providencial que fue Juan Pablo II.

He querido compartir esta experiencia porque, a mi parecer, algo semejante sucedió con la elección de Benedicto XVI al papado. Cuánta especulación falsa y qué cantidad de prejuicios y mentiras se dijeron en torno a su persona. Bastaba decir su nombre y de inmediato venían las reacciones de mal sabor; lo lamentable era que quienes intervenían con sus críticas desconocían por completo la trayectoria de un hombre que Dios, en su infinita sabiduría, fue moldeando tiempo atrás.

Se hablaba de Benedicto XVI como de alguien intolerante, frío, calculador, insensible ante la situación del mundo y, peor, que con él la Iglesia iniciaría marcha atrás cancelando los ricos avances del Concilio Vaticano II en el campo doctrinal y pastoral.

Por desgracia, todavía hoy no faltan católicos que, por el impacto de la figura de Juan Pablo Segundo que no se borra de la memoria, se atreven a comparar a los dos y casi siempre Benedicto XVI “sale perdiendo”; así es de pobre la manera como estos católicos juzgan a las personas elegidas por el mismo Cristo y para el mismo ministerio eclesial.

Invito a estos católicos a releer lo que dijo Monseñor Prigione hace más de tres décadas. En pocas palabras, hay que reconocer que cada Papa es de su tiempo y éste es de Benedicto XVI.

Son innumerables los valores que Dios ha regalado al Papa para enriquecer su ministerio pastoral en la actualidad. Nadie duda de su capacidad intelectual porque está a la vista lo que es y lo que sabe en todos los campos.

Me atrevo a afirmar que son contados los hombres con la vasta cultura universal que posee este Sucesor de Pedro.

Cierto lo que digo, pero después de su viaje a los Estados Unidos de Norteamérica, me quedo con la certeza de que estamos ante un hombre de Dios que no teme hablar con la verdad, aunque se trate de casos dolorosos para la Iglesia y que, además, tiene el valor para pedir perdón con humildad a quienes han sido víctimas de sacerdotes pederastas a los que, desde el avión, les envió el mensaje claro: no pueden seguir siendo sacerdotes porque es impensable que aquellos que fueron llamados para mostrar el rostro bondadoso de Dios inflingieran dolor y escándalo a los pequeños.

En conclusión, me queda claro que Benedicto XVI tiene el valor de hablar siempre con la verdad.—

Obispo de Celaya, Guanajuato.