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Ahumada y las carcajadas de Salinas


Por ÁLVARO DELGADO / Revista Proceso

MÉXICO, D.F.,  (apro).– Carlos Salinas debe estar feliz desde alguno de sus escondrijos, carcajeándose, porque el escándalo detonado con el libro de Carlos Ahumada, Derecho de réplica, consuma el objetivo central que diseñó con precisión: Acreditar que todos los políticos de México, no sólo los priistas y panistas, son iguales.

 

         Todos, ambiciosos, corrompen y se corrompen.

 

         Todos, mezquinos, traicionan y son traicionados.

 

         Todos, arrogantes, justifican la inmoralidad.

 

         Todos, cínicos, niegan las evidencias.

 

         Todos, en suma, forman parte de la misma escoria.

 

         Pero no sólo los políticos son idénticos: En el libro de Ahumada –un contratista de medio pelo del que se ríen otros de su misma ralea, los traficantes de influencias como Claudio X. González o Ricardo Salinas Pliego– se despliegan deleznables conductas de empresarios, clérigos, encuestadores, directivos de medios y hasta de periodistas que son colocados en un nivel análogo.

 

         Ya desde el inicio de su sexenio negro, y aun desde antes, se sabía: Salinas corrompía hasta las piedras y, de no lograrlo, procedía a la represión, que en cientos de casos se tradujo en asesinatos políticos.

 

         El mismo día de su toma de posesión, el 1 de diciembre de 1988, ordenó a tropas del Ejército secuestrar y desaparecer personas, que fueron torturadas en el Campo Militar Número 1.

 

         Nada de raro tiene que después del catastrófico fin de su sexenio –que lo fue más para los mexicanos– rumiara, no la reivindicación personal y política de su gestión –imposible por su origen ilegítimo–, sino la venganza, en especial por el encarcelamiento de su hermano Raúl, y poner a salvo los grandes intereses que él fortaleció.

 

         Hay que decirlo claro: Esos grandes intereses no corrían ningún riesgo con Vicente Fox y el Partido Acción Nacional (PAN), como ha quedado demostrado en casi nueve años, y tampoco parecían correrlo en mayor grado con una eventual gestión de Andrés Manuel López Obrador, pero un político como Salinas sabe que no hay que dejar margen de error.

 

         Por eso cuando Ahumada lo enteró del material que poseía, consistente en filmaciones sobre cómo entregaba dinero a policastros perredistas, no procedió como lo hacen los demócratas, dando vista a las autoridades para que investiguen si se cometió un delito, sino como un mafioso, tal como lo describe el propio Ahumada, la noche en que, acompañado de la amnésica Rosario Robles, vio los videos, entre otros los de René Bejarano. 

 

         "Salinas prendió su computadora, puso el disco y comenzaron a aparecer las imágenes de Bejarano en la pantalla. Debo confesar que durante el tiempo que lo traté, nunca lo vi tan emocionado: Le brillaban los ojos y sonreía. Dijo algo así como: ‘Es muy, muy duro, devastador. Con esto están acabados’. Aunque hacía todo por disimular su emoción, ésta lo sobrepasaba. Después puso el de Carlos Ímaz, al que ya no le prestó tanta atención, aunque también le pareció muy bueno, y bajamos a reunirnos con Rosario. Él había quedado totalmente complacido con la muestra que le había dado, tan lo estaba que la reunión se alargó hasta las 5 de la mañana, acompañada de varias botellas de vino francés que nos ofreció".

 

"Esa noche, Salinas estaba muy entusiasmado, muy alegre". Y cómo no si tenía la coartada perfecta: Si el principal personaje que parecía filmado, que era candidato a diputado local, había sido secretario particular de López Obrador, entonces éste no era el político honesto que se promovía y, por tanto, era como todos, corrupto, y no merecía gobernar la capital del país.

 

         Esa fue justamente la demanda que siguió a la exhibición de los videos, en marzo de 2004, y la hizo nada menos que quien era presidente del Senado, Diego Fernández de Cevallos, a quien se identifica como cómplice de Salinas desde mucho antes de que Ahumada lo denomine "títere".

 

         La asociación de estos personajes, ya cuajada para 2005, desembocó en la elección de 2006: La coalición de intereses, de la que Ahumada sólo describe una parte, recurrió hasta el fraude para imponer al que fuera, menos a López Obrador. Puedo haber sido Roberto Madrazo, pero resultó más funcional Felipe Calderón, aunque –como es obvio– bastante más inepto.

 

         Salinas, sin embargo, logró otros de sus propósitos: Liberar a su hermano Raúl, quien lo había amenazado con decir públicamente que parte de los más de 100 millones de dólares depositados en Europa provenían de la partida secreta si no lo sacaba de la cárcel –un episodio que confirmó Luis Téllez–, y demostrar que no hay políticos que no operen al margen de la corrupción.

 

         Políticos, empresarios, clérigos, encuestadores y  periodistas, todos iguales, hasta en negar las evidencias, como ocurrió en cascada desde que se dio a conocer parte del libro, incluyendo al propio Salinas, que lo hizo a través de Fernández de Cevallos: "Lo volvería a hacer." 

 

         Por cierto, no extraña el comportamiento de los habituales amanuenses del poder: Los que han sido exhibidos por batirse en la corrupción y en las componendas creen –como pretende Salinas– que todos tienen que ser iguales que ellos…

 

Apuntes

 

El corresponsal del diario El Universal en Argentina se entrevistó allá con Ahumada, quien presuntamente reveló que tiene todavía mucho… Es inaudito: Un impostor como Vicente Fox, otro subordinado de Carlos Salinas, recibió el pasado lunes 11 el doctorado Honoris causa de la Universidad Emory de Atlanta, Estados Unidos, "por su liderazgo internacional en temas de democracia y por sus iniciativas emprendedoras". Ni unas ni otras son auténticas… El PAN decidió poner fin al pacto de impunidad con el gobernador de Puebla, Mario Marín, quien operó a favor de Calderón en 2006 y, al menos en esta campaña, ya reactivó las grabaciones con Kamel Nacif para evitar la debacle. Tiene razón Sartori: "La derecha hace de la imagen su única oferta."

 

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