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¿Le creemos a Ahumada?

 

Editorial EL UNIVERSAL 

 

 

 

 

¿Por qué hacerle caso a Carlos Ahumada? ¿Por qué difundir las palabras de un hombre que ha confesado tráfico de influencias? Sencillo. Porque en este país son verosímiles sus acusaciones: manipulación del sistema judicial contra adversarios políticos, corrupción de altos funcionarios, gobernadores que toman dinero del erario a voluntad e injerencia de ex presidentes y otros poderes fácticos en las contiendas electorales. Los dichos de un personaje que tuvo relación con todos esos círculos amerita, aquí y en cualquier país democrático, una investigación periodística.

 

Ahumada mantuvo relaciones con políticos de izquierda y de derecha. Algunos están grabados en video y otros admiten el vínculo aunque descartan delito alguno. A partir de esa certeza cobra credibilidad lo que el empresario cuenta en su libro Derecho de réplica. De entre lo que dice, preocupa sobremanera la supuesta colaboración de priístas y panistas de alto nivel para bloquear a Andrés Manuel López Obrador, quien en 2004 se perfilaba como el candidato presidencial con las mayores preferencias.

 

¿Hubo confabulación? En cierta forma la opinión pública ya ha respondido. Lo que el libro aporta son los detalles que pudieron urdirla. La posibilidad de que Carlos Salinas hubiese intercambiado la libertad de su hermano Raúl y la recuperación de los bienes incautados a éste a cambio de los videos contra varios colaboradores de López Obrador nos arrojaría un México convertido en la caricatura de un Estado de derecho.

 

Esta sola implicación —que involucra a la Procuraduría General de la República— debería al menos conducir a una revisión de la tan criticada subordinación de ministerios públicos ante gobernadores y presidente.

 

Dice Ahumada que un par de gobernadores le entregaron 35 millones de pesos en efectivo. ¿Es descabellado que ese dinero salga del erario? En las entidades están las arcas menos transparentes de México.

 

Como los anteriores hay muchos otros ejemplos. Al mantener las reglas del juego como están, la clase política hace que esas acusaciones, por increíbles que parezcan, tengan verosimilitud. Y por tanto, la seriedad periodística reclama su atención.