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El PAN: ¿y sus principios?

 

Editorial de EL UNIVERSAL 

 

 

 

 

Por muchos años pensamos que en el PRI radicaba el monopolio de la corrupción, el clientelismo, el uso de las instituciones para provecho propio, la privatización de los recursos públicos, entre otros muchos males. Se creyó por tanto que mágicamente ocurriría un “cambio” cuando un partido distinto al tricolor llegara al poder.

Durante los últimos 9 años el PAN se ha encargado de derrumbar ese mito: después del PRI sobrevivieron los valores y la cultura política mexicana.

El pragmatismo y la poca dignidad de la política son elementos que estaban ya en México antes del arreglo político inaugurado por Plutarco Elías Calles. El Partido Acción Nacional arrebató al Revolucionario Institucional el poder presidencial, pero hizo lo que sus fundadores jamás hubiesen imaginado: continuar con los modos, las formas y las alianzas que ellos se habían prometido derrumbar en beneficio del país.

A 70 años de la creación del PAN, muchos herederos de Manuel Gómez Morín se preguntan: ¿dónde quedó la ética originaria? ¿Por qué se perdió el rumbo del partido apenas tocaron sus representantes los recintos del poder? La respuesta es simple: como dijera Max Weber, no es lo mismo la ética de la responsabilidad, que la ética de la convicción. Enfrentados a la responsabilidad de gobernar, a la dificultad de combatir los intereses enraizados en las estructuras nacionales, los panistas optaron por hacer a un lado sus convicciones o —por lo pronto— las arrinconaron en el discurso.

Tiempo es, quizá, de dejar de hablar de la reforma del Estado para comenzar a formular la reforma de la sociedad. Hasta que los mexicanos no mutemos de cultura política y transformemos la manera como nos relacionamos con el poder, los partidos que nos gobiernan —sin importar sus siglas— se seguirán pareciendo entre sí.