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Emergencia nacional

Editorial Revista Siempre!

 

 

 

 

El jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, pidió públicamente al Presidente de la República que haga una declaratoria de emergencia nacional y convoque lo más rápidamente posible a todas las fuerzas políticas y económicas del país, a fin de comprometerlas en una estrategia que permita contrarrestar una crisis que está a punto de provocar estallidos sociales.

 

No hace falta ser adivinos para saber que el llamado hecho por Ebrard al Ejecutivo federal caerá en el vacío. Y caerá ahí porque la conducta, estilo y estado de ánimo del presidente Felipe Calderón no es el más idóneo para un país que día a día, minuto a minuto, se acerca más a un punto sin retorno. Muchas revoluciones, revueltas o debacles nacionales han comenzado con la depresión, negación y soberbia de jefes de Estado, líderes o monarcas que se sienten rebasados.

 

El estado nugatorio de Calderón es un síntoma público y evidente. Decir, como dijo, que “hablar mal de México se ha convertido en un esfuerzo cotidiano del cual muchos hasta de eso viven”, y que la mala imagen del país en el exterior no se debe a la realidad sino a lo que muchos mexicanos difunden en materia de violencia e inseguridad, demuestra que el titular de la Presidencia de la República vive y pretende gobernar un país que no existe.

 

No hizo ni hace falta que “alguno” de esos mexicanos que viven de hablar mal del país se ponga el saco. El Banco Mundial, sin proponérselo, le contestó el mismo día a Calderón con cifras secas: México es el país de América Latina con más desigualdad en la distribución del ingreso y con el mayor índice de pobreza a nivel regional. De la población total —107 millones de habitantes—, 54.8 millones de mexicanos, es decir, el 51 por ciento de ellos se encuentra en esa condición. El organismo financiero internacional hizo una precisión adicional: desde 2006 —año en que asumió el cargo Calderón— a 2008 se incrementaron en 5.9 millones los pobres, a los que se agregan otros 4.2 millones, producto de este año recesivo.

 

Para decirlo en unas cuantas palabras: la administración calderonista es un rotundo fracaso. A falta de un gabinete competente —para algunos historiadores, uno de los más ineficientes en la historia del país— se agrega el desprecio enfermizo que siente este gobierno hacia los actores políticos, sociales y empresariales más importantes de México. Un desprecio que se traduce en lejanía, marginación y obviamente en falta de esos acuerdos y alianzas nacionales que deben tejerse para construir un pacto anticíclico.

 

Dicen quienes lo conocen que al Presidente sólo le gustan los halagos. Ciertamente, este no es momento para cultivar egolatrías. Decirle, exigirle, que corrija la dirección de su gobierno, que sus decisiones van en sentido contrario a lo que otros países hacen para superar la crisis, que su estado de ánimo no corresponde al de un estadista, constituye, sin duda, una obligación. Hacerlo no es hablar mal de México, sino de un gobierno sumido en la ineficacia y depresión.