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Entre traidores y niños cagones


Editorial Revista Siempre!

Andrés Manuel López Obrador y Germán Martínez Cázares se han convertido en los personajes clave del proceso electoral actual. Ambos se han encargado de agudizar las contradicciones, acrecentar los vicios y evidenciar los vacíos que existen en el sistema y en la cultura político-electoral mexicana.

Entre la izquierda y la derecha, cada uno representa los extremos. Las puntas, como se sabe, se juntan: fanáticos, fundamentalistas, mesiánicos, irracionales, poseedores de la verdad absoluta, destructivos, léperos, entrometidos, soberbios, puritanos y, al final del día, practicantes de la doble moral.

López Obrador acaba de dar en Iztapalapa un espectáculo digno de un país bananero. “El autodenominado presidente legítimo —rezan las crónicas— eligió por dedazo al candidato «ganador» de la delegación Iztapalapa en la persona del petista Rafael Acosta y lo instruyó a que renuncie, una vez que ocupe el cargo, para que después Marcelo Ebrard nombre en su lugar a Clara Brugada”.

En un solo acto, López Obrador se desnudó, aventó las máscaras y se dejó ver como aquellos dictadores africanos, famosos por su tiranía que —como el tabasqueño— se iniciaron en la izquierda democrática y terminaron creyéndose emperadores. En Iztapalapa le dio la razón a sus adversarios. El, como presidente, hubiera sido un peligro para México. Tal vez hubiera terminado como aquel general de Guinea Ecuatorial, Francisco Macías, que se declaró presidente vitalicio e implantó una dictadura genocida. Dictador corrupto y brutal que cuando lo derrocaron saqueó la bóveda del Banco Central y se escondió en la selva con la totalidad de las reservas. Cuando rodearon su escondite, antes de entregarse, hizo una hoguera y quemó todo el dinero.

A este tipo de personajes recuerda el Andrés Manuel López Obrador de hoy. Se le ve aprovechándose de la ignorancia, la pobreza y los sueños de quienes aspiran a un cargo para salir de la marginación. La fotografía donde se ve al candidato del PT a la delegación Iztapalapa, Rafael Acosta, con una cinta tricolor en la frente, vistiendo un traje a rayas, con el brazo extendido para tomar protesta y aceptar prestarse a la farsa lopezobradorista, retrata la descomposición y el desplome moral de la izquierda mexicana representada por López Obrador.

La caída de un ídolo que había crecido tanto está arrastrando inexorablemente al PRD y al resto de los partidos de izquierda. Jesús Ortega ha sugerido la expulsión del traidor. Sin embargo, eso no bastará para recomponer el daño profundo y devastador que ha hecho López Obrador no sólo a un partido, sino a una ideología que, en este momento, debería estar a la vanguardia del cambio nacional.

¿Locura, demencia, enfermedad? El “presidente legítimo” se ha convertido en un caso de psiquiatría y en un cáncer que explica en buena medida el deterioro de la democracia mexicana.

El otro problema se llama Germán Martínez Cázares. ¿Dónde está el niño cagón? Ese que escogió para limpiar la escoria del país, no una escoba, sino un ventilador. ¿Dónde quedó, después de haber señalado con su dedo flamígero —sin pruebas ni investigación— a los narcos de México y a untar agua bendita a los candidatos de su partido?

Evidentemente, la guerra sucia por él implementada con la aprobación y el apoyo de la maquinaria oficial se le ha comenzado a revertir. El presidente del PAN ya perdió el aura de santidad al darse a conocer testimonios donde candidatos y gobernadores de su partido aparecen implicados en una serie de actos de corrupción, nepotismo y complicidad con el crimen organizado. Aunque su repentino silencio tal vez se deba a que ya le enseñaron pruebas que involucran a funcionarios de más alto nivel.

Por cierto, la suspensión del debate entre Martínez Cázares y Beatriz Paredes hizo feliz a la sociedad mexicana. Muchos hubieran pagado por no ver ni oír al niño cagón.