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Fracasó la línea de la claudicación

 

MARTí BATRES / Revista Proceso
 

El gran perdedor de las elecciones del 2009 es Felipe Calderón. Él solito convirtió la jornada electoral en un referéndum sobre su gobierno, al conminar a los ciudadanos a definir si apoyaban o no su guerra contra el crimen. De origen ilegítimo, no pudo sin embargo recuperarse políticamente a la mitad de su administración. El país carga como a un fardo a su gobierno: ni lo eligió en 2006 y no lo reivindicó en 2009. Prácticamente, sólo 10% de los electores sufragaron para respaldarlo.

El PRI aparece como el victorioso de una jornada electoral mediocre, sin pasión, sin figuras. Igual que en 2003. Nos vende el espejismo de su resurrección, igual que en 2003. Nos amenaza con llegar a Los Pinos, igual que en 2003. Se le olvida al PRI que es el campeón de las elecciones intermedias y el perdedor de las contiendas ciudadanas. Cuando baja la participación ciudadana sube el voto por el PRI, sus estructuras arrasan en despoblado. Cuando participan los ciudadanos arrasan los símbolos del cambio y la esperanza.

Sin embargo, es el PRI el que capitaliza por el momento la reprobación a la gestión calderonista. El PRD es el gran ausente. Después de su espectacular ascenso en 2006, se perdió pronto en una prolongada batalla en contra de sí mismo. En contra del excandidato a la Presidencia de la República que más votos le ha dado, en contra del mejor gobierno local que tiene, en contra de sus liderazgos más respetados y convocantes, en contra de los propios postulados que le han significado identidad propia y base social, en contra de sus aliados, en contra pues de todo lo que le ha permitido avanzar históricamente.

La cronología es larga y el daño es profundo. En 1997, en la voz de Porfirio Muñoz Ledo, el PRD desafió al presidencialismo y le dio voz a la sociedad en el Congreso. En 2007, 10 años después, el PRD llegó otra vez a la Presidencia de la Cámara de Diputados, pero entonces para hacer política cortesana tradicional, y lo que es peor, con un Ejecutivo surgido de un fraude, y para combatir desde ahí al propio movimiento que le dio la más grande bancada de toda su historia. Es una ironía trágica.

En 2006, la convocatoria avasalladora del perredismo en la ciudad le dio la mayoría a este partido por tercera ocasión en la Asamblea Legislativa, pero desde ahí, el liderazgo de la misma asume como misión principal denostar, insultar y obstruir al gobierno emergido de sus propias filas.

Ante el peligro de la privatización, los perredistas eligen a Alejandro Encinas como su presidente. Pero el aparato del partido pacta con el Tribunal Electoral la imposición de otro dirigente.

Todos firman, frente a la multitud agolpada en el zócalo capitalino, un manifiesto en el que se desconoce a Felipe Calderón como presidente de la República, pero poco después algunos se desesperan por acercarse al gobierno que llamaron ilegítimo.

El partido que ha perdido a más de 600 de sus militantes, asesinados por el abuso despótico del poder, termina votando a favor de la famosa Ley Gestapo, legislación que asfixia el ejercicio de los derechos humanos en aras de una supuesta batalla contra el crimen.

El movimiento de 2006 pone en crisis a los órganos electorales, pero la cúpula del PRD los avala a cambio de una cuota de magistrados y consejeros que en nada cambia la perversidad de sus decisiones.

El ascenso de 2006 es resultado de un gran abanico de alianzas. Pero la reforma electoral pactada por el PRD tiene el propósito de exterminar a sus aliados.

Gobierno espurio, ineficaz, conservador,  neoliberal. La mesa puesta para avanzar. Pero no sucedió. Fracasó una línea política, una conducta. La línea de 2006 le dio al PRD 15 millones de votos, 35% de la votación, las bancadas parlamentarias más grandes de su historia. La línea de Nueva Izquierda no sirve, no da triunfos, no da confianza, no da votos.